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¿Qué hacemos con los “polaquitos” de Pergamino?

31 de julio de 2017 a las 12:00 a. m.
¿Qué hacemos con los “polaquitos” de Pergamino?
'' La doctora López Faura abordó un tema candente de la actualidad. (LA OPINION)

Especial para LA OPINION por Norma López Faura, abogada especialista en Derecho de Familia, Infancia y Adolescencia. Asesora Académica del Consejo de la Magistratura de la Provincia de Buenos Aires.


No le va bien al país, porque a los chicos les va mal.

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No hay ninguna posibilidad de avanzar hacia una sociedad mejor si la infancia no es asistida, cuidada, alimentada, educada, protegida y valorada. En los sectores más vulnerables de la población, aun antes de nacer, los niños argentinos tienen un hándicap bajo. Hace varias generaciones que vienen a un mundo que no eligieron, con grandes posibilidades de crecer en un medio hostil. Hasta nacer se ha tornado peligroso, alimentarse puede ser una mezcla de guiso que ensucia el cuaderno de clase y mancha el guardapolvo, porque todo es lo mismo, estudiar que comer. Los resultados no pueden ser peores: estar en 6°, tener 11 años  y no saber leer. ¿Se esconde acaso que por la geografía donde Pergamino se va diluyendo hay aulas repletas de niños que conviven con piojos, pulgas, garrapatas y mugre porque no duermen bajo una colcha Palette de animal print sino al abrigo de un perro que los calienta?

Cómo es que se llegó, en esta rica zona de la pampa argentina, a asistir al espectáculo lamentable de niños pequeños revolviendo los cestos de basura para beber el último sorbo de una Coca-Cola que otro chico desechó después de saciarse, justo en la coqueta  plaza que bordean edificios como la Municipalidad, la Iglesia, un colegio y hasta la agencia de Afip.

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Miseria, ignorancia y hacinamiento en una familia donde no se sabe bien quién es quien y  en la que el golpe es rápido, la comida salteada y la caricia amorosa, una ausencia sin retorno. Esto es lo primero que ven muchos niños al despertarse. Son los mismos niños que, arrastrados por lo más bestial de la caricatura humana, transitan luego el Juzgado de Familia, la Comisaria, la Fiscalía, el Hospital o el Hogar Convivencial sin solución de continuidad.  Este es el periplo del niño maltratado, abandonado, prostituido o violado. Después, más temprano que tarde, aparece el paco, la marginación, la violencia acumulada, el primer robo, el primer revolver, la primera detención, el primer rastro de sangre.  Su psiquismo se construyó entre la vulnerabilidad del desamparo y esa fascinación inquietante que produce apoderarse de lo que nunca se tuvo. Es  rebeldía y sumisión, agresión y apatía, satisfacción y castigo. Para ellos, a veces, lo importante no es lo que se roba o a quien se mata sino el sadismo de la escena del delito, la repercusión que adquiere, el poder que se detenta. No se delinque por placer sino por la necesidad de experimentarse a si mismo como alguien que puede hacer algo importante, aunque sea matar o matarse. Es la descarga más cruel de su frustración infantil. No controlan sus impulsos ni tienen capacidad para autorregular su conducta. La gratificación la necesitan ya, no puede postergarse como la comida en la escuela un día de lluvia.

La génesis de las personalidades antisociales y delictivas en adolescentes ha de buscarse en las primeras relaciones de apego. Un entorno familiar conflictivo, agresivo y anómico se suma a una escuela desorganizada, desmantelada de conocimientos y poco contenedora. Ante esto, las únicas palabras que le salen al Estado son imputabilidad, edad, garantismo, reforma, instituto, drogas, peligrosidad, abolicionismo. En este contexto los “polaquitos” seguirán multiplicándose y deslizándose desde el terreno del espectáculo televisivo  al territorio cenagoso de la justicia para terminar  en la misma villa de donde salieron,  pero potenciados.

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 ¿Alguien cree de verdad que así se respetan los derechos humanos de estos chicos? En una ciudad como Pergamino, no hay dudas que la población juvenil que comete delitos es sobradamente conocida por las autoridades policiales, municipales, legislativas  y judiciales, pero hay una parálisis sostenida provocada por buscar desesperadas y espasmódicas soluciones el día después en vez de promover políticas públicas nueve meses antes.

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