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Que el desencanto no reprima el voto para que el sentido común llegue a las urnas

05 de agosto de 2023 a las 12:00 a. m.

Estamos entrando en una época de definiciones. Las tenemos ahí nomás, restan tan solo días, el próximo domingo son las Primarias Abiertas, Simultaneas y Obligatorias (Paso). Lo cierto es que la sociedad exige certidumbres, pero los políticos le responden con incertidumbres.

La sociedad quiere saber los "cómo" y los "cuándo", y la política no se los muestra. Mejor dicho, los políticos no los muestran. La lógica consecuencia es la desconfianza que reina. El hastío y agobio de la sociedad se trasuntan en apatía cívica.

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Sorprende el incremento de los faltazos de los votantes en los comicios provinciales ya realizados, algo con escasos antecedentes en estos 40 años de la democracia. Y esto no es bueno, desde ningún punto de vista. El no hacer nada o dejar de hacer no es una opción superadora precisamente. Nada se va a solucionar desde el enojo. La decisión debe surgir desde la tranquilidad emocional y la paz. Debe volver a buscarse lo mismo que en el '83: la esperanza. Y la esperanza únicamente la podemos buscar y encontrar desde la participación.

El no votar es votar también. No nos engañemos. Si vota la mitad del padrón, cada voto vale doble y eso es muy peligroso para el sistema democrático. Esta ausencia ante las urnas significará el triunfo del oportunismo.

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La sociedad necesita un cambio de rumbo, un cambio de aire, un cambio profundo y la vista hacia un norte seguro. La presencia del ciudadano, de pensamiento pragmático, libre y desprovisto de fanatismos es realmente muy importante. Su ausencia sería grave para el futuro republicano.

Años atrás surgió como respuesta de la sociedad aquello de "que se vayan todos" pero, ante ese reclamo, la política no hizo un mea culpa y siguió tal como si nada hubiese ocurrido. Ahora la sociedad ya no pide: se retrotrae, sacrifica su derecho al voto.

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La sociedad, aunque muchos no lo crean, suele tener actitudes mucho más adultas que la política. Mira asombrada dos comportamientos distintos, del oficialismo y de la oposición, pero ninguno de ellos encomiable, por cierto. El oficialismo apela a la ingenuidad del pueblo cuando se disfraza de democrático mientras continúa eligiendo sus candidatos a dedo, sistema o conducta de permanente vigencia en ese espacio. Pero lo peor es que trata de mostrarlo como que se dio en el marco de un inexistente consenso.

Enfrente, los candidatos compiten democráticamente, pero de un modo por demás "competitivo", valga la redundancia. No es competencia, es batalla campal. Tampoco es bueno. La imagen que muestran a la sociedad no es la que ésta espera. De mil modos esa misma sociedad les está pidiendo armonía en función de un proyecto. Una competencia que se circunscriba tan solo a propuestas.

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Esta es la realidad que la Argentina muestra al mundo hoy. Por sobre todo, una incertidumbre tan grande que borra el futuro y pretende ahogar a los argentinos en un presente sin destino.

Una vez más la Argentina está en medio de una crisis. Pobreza creciente, alta inflación, cada vez mayor cantidad de familias endeudadas y dólar al rojo vivo. Si bien la sociedad está entrenada en sobrellevar los malos tiempos, la ciudadanía percibe un horizonte de expectativas cada vez más estrecho y muestra una actitud cada vez menos reactiva.

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El futuro es incierto pero la oportunidad con la que contamos no depende de nadie más que de nosotros, los argentinos. Esa oportunidad se llama voto.

Sepan ustedes, estimados lectores, que el verdadero temor de todo candidato, especialmente del oficialismo, es precisamente el voto a conciencia.

En ausencia de principios, el verdadero miedo del kirchnerismo no es a la derecha y de Juntos no es a la izquierda ni a los liberales ahora extremos, sino al sentido común de los argentinos. 

El sentido común rechaza las incongruencias, los extremos, los abusos y la sinrazón. Demanda un orden mínimo que haga la vida previsible, sin inflación desbordada ni pobreza extrema, sin violencia callejera ni narcotráfico barrial. Pide cosas sencillas, como pan en la mesa, escuelas abiertas, transporte que funcione, hospitales que atiendan, calles con veredas, barrios con cloacas y policías en las esquinas. En las asociaciones vecinales y las cooperadoras escolares conviven unos y otros, sin distinción de credos ni de ideologías, unidos por la educación de los hijos y la seguridad de las familias. Eso es sentido común.

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El sentido común enseña que no se debe desalentar el trabajo dando planes a quienes no los necesitan, ni ahuyentar a las empresas con matones, piquetes y sometiéndolas a la industria del juicio. Que no se deben cortar las calles para protestar, ni interrumpir los servicios públicos. 

Esas son las reglas en los países donde funciona el sentido común, desde la vecina Uruguay hasta Noruega.

El sentido común exige que la moneda recupere su valor. El sentido común conoce de picardías y advierte cuando lo quieren tomar por zonzo: los regalos que salen caros, los controles que causan escasez, los subsidios para los amigos, las designaciones de amantes, los contratos para socios en las sombras. El verdadero miedo no es a la derecha ni a la izquierda, sino al fino olfato de quienes son ajenos a los tráficos del poder y solo piden ingresos regulares, seguridad, cobertura de salud, educación para los hijos y dignidad para sus mayores.

El sentido común aplaude el mérito y el esfuerzo porque contrastan con la holgazanería de quienes militan a costa de los demás. Las personas corrientes saben que para comer hay que trabajar. 

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El kirchnerismo teme al sentido común, pues sus corolarios, de tan obvios, se imponen por sobre el relato con el lenguaje de la evidencia. En el caos económico social al que condujo el trío gobernante, los reclamos no provienen de la derecha ni de la izquierda. Son transversales, pues las necesidades de comer, vestir y curarse no se identifican con ninguna ideología en particular.

Solo un regreso al sentido común permitirá disfrutar los derechos que han sido vaciados por la impericia, la ideología y la corrupción de sus supuestos defensores. Solo cuando imperen las reglas del equilibrio, la sensatez y la honradez se detendrá la erosión de los ingresos, la expansión de la pobreza, la proliferación de reclamos y la disolución del capital social.

Y, después de ello, hablaremos de izquierdas y derechas con interlocutores que sepan evaluar de qué lado se encuentra el verdadero progresismo.

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