Problemas en las dos orillas de la política: resistencia al cambio y poca voluntad de poder
En el norte, por estos días dos Argentina se enfrentaron: la de los bárbaros caudillos que asesinan personas y queman legislaturas versus la de los pueblos mansos que esta vez pusieron voz estrepitosa a sus ancestrales silencios, marchando multitudinariamente en el Chaco y gestando una impactante pueblada electoral, a fin de pedir por verdad y justicia para los humildes de esas sufridas tierras.
Jujuy es, en cambio, lo que el kirchnerismo desea ser en caso de perder las elecciones nacionales. Allí se experimentó esta semana de modo absolutamente planificado el golpismo anticipado disfrazado de insurrección. Lo dijo con todas las letras el diputado Eduardo Valdés: "Si la oposición toma el gobierno, habrá convulsión social como hoy existe en Jujuy". A lo que agregó que solo el actual oficialismo "garantiza la paz social". Eso es mucho más que una amenaza, es golpismo explícito, es reconocer que lo que hicieron en Jujuy lo quieren hacer en todo el país.
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Tanto los piromaniacos en Jujuy como las pulsiones criminales del poder en Chaco no hacen más que confirmar que en la Argentina la dicotomía sarmientina entre civilización y barbarie está más viva que nunca. Que algunos aprendices de brujo la han "evocado" no para tratar de entender "la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble pueblo" como anhelaba en gran sanjuanino, sino para reconstruir la barbarie que nunca desapareció del todo de la Argentina y siempre está dispuesta a volver si los aprendices de brujos aprenden a convocarla.
El kirchnerismo quiere expresar la ideología revolucionaria de los '70 puesta al servicio de la manutención de una sociedad decadente en el Siglo XXI. Con un éxito impensado de supervivencia y con un fracaso, no tan impensado, en transformación social.
En síntesis, estamos viviendo en pleno socialismo del Siglo XXI a la Argentina, esa mezcolanza de la vieja adoración por la barbarie que expresaba Facundo Quiroga, del peor peronismo de los '50 y de la sublevación de izquierda contra Perón de los '70.
De tanto en tanto, la sociedad argentina se cansa de meramente sobrevivir y opta por otra cosa, por una "esperancita" de cambio y vota algo distinto. Pero entonces el peronismo se alza con toda su voluntad de poder, no solo para atacar al nuevo gobierno de distinto signo que asume sino, y sobre todo, para impedir que realice cualquier cambio significativo, ya que ese es el ambiente donde crecieron y prosperaron magníficamente bien los gobiernos K a pesar de que el país ha ido decreciendo y decayendo de modo permanente y progresivo.
Mientras dentro del peronismo no se cambie esa lógica, y mientras fuera del peronismo no tengan una voluntad de poder similar a la del peronismo para cambiar esa lógica, nada será posible.
No es fácil, nada fácil pelear contra esa metodología que se ha mimetizado con el país, que en gran medida expresa a un país con fachada civilizada pero con interior bárbaro.
Antes le hacían la vida imposible a los gobiernos no peronistas que gobernaban; hoy se lo hacen aún antes de que gobiernen y sin saber ni siquiera si ganarán. Pero quizás sea más señal de impotencia y de desesperación que de fortaleza porque temen perder el statu quo actual que los ha convertido en las únicas personas exitosas de un país al que estrellaron contra un muro. Algo que no les importa mientras sigan siendo exitosas. Aunque para ello tengan que convocar primero a Alberto Fernández, y ahora a Sergio Massa, los dos camaleones más grandes del país, con la esperanza de ver si siguen convenciendo incautos.
Por estos días el Chaco les explotó en la cara cuando el jefe del "paraEstado" aliado con el gobierno de Capitanich, Emerenciano Sena, cometió un asesinato frente al cual decenas de miles de chaqueños, que nunca ignoraron que Sena y Capitanich son políticamente lo mismo, salieron en paz suprema a exigir justicia. Y en lo que podría considerarse una pueblada electoral, le dieron un golpe feroz al caudillo feudal de la provincia que hasta ahora los mantenía sometidos.
Como con los Saadi de Catamarca durante la presidencia de Menem que encubrieron a los asesinos de María Soledad Morales, como con Rovira en Misiones durante la presidencia de Néstor Kirchner, donde un pueblo convocado por un noble sacerdote impidió la eternización en el poder del bárbaro caudillo, ahora en el Chaco, vio alterada su impunidad absoluta por los reclamos pacíficos de los sedientos de justicia y verdad, que quizá no vencerán todavía definitivamente a tanta maldad enquistada en el poder, pero empiezan. Los humildes de corazón siempre están empezando y nunca dejarán de hacerlo. Porque ni las ideas ni los valores se matan.
Fue tan profundo lo que aconteció en el Chaco, fue tan expresivo de un modo de hacer política, y fue tan fenomenal la reacción popular, que al poder todo eso se le hacía intolerable. Entonces tenía que rápidamente tapar esa Argentina que no quería que los argentinos vieran, por otra Argentina que obedece a su modus operandi de entender la lógica del poder. Para eso practicaron el golpismo anticipado en Jujuy, la tierra donde -como los Sena en Chaco- Milagro Sala creó también un "paraEstado" al que la entonces presidenta Cristina Kirchner fortaleció hasta lo indecible pasando por encima del mismo gobierno peronista de Jujuy.
Esta vez, los que quedan de las huestes de Milagro Sala, recibieron instrucciones del gobierno nacional que llevó a su secretario de Derechos Humanos, Horacio Pietragalla, a Jujuy para organizar la supuesta revolución. Creyéndose estar en épocas del Cordobazo o del Mendozazo, quemaron autos y tomaron por asalto la Legislatura.
Como se vio en estos días, aun llegando al gobierno otras propuestas, no será fácil luchar contra la nueva invasión de los bárbaros. Como no le fue fácil a los convocados durante la Primavera Arabe para luchar contras sus despotismos orientales. Pero la primavera existió. Como en la Argentina a la barbarie se le enfrentaron el obispo Piña, la monja Pelloni, los papás de María Soledad Morales, de Cecilia Strzyzowski y de tantas otras víctimas del poder absoluto. Ellos son la avanzada de la civilización en territorios de la barbarie, contra todos los que, adoptando la ideología del Facundo, han tribalizado el norte argentino. Como faroles dispersos en el campo cuando aún no amanece, las instituciones de la civilización encarnadas en un puñado de mujeres y hombres justos, siguen luchando contra los caudillos de la barbarie. Y no son pocos. Los que sí son pocos son los violentos que apenas expresan minorías intensas, mientras que el pueblo en las calles o en las urnas se cuenta por decenas de miles.
En fin, como en la Primavera Arabe que no alcanzó a imponer el cambio de sistema, faroles dispersos en el campo de la institucionalidad van hiriendo de a poco esa Argentina bárbara y quedan como hitos para algún día alcanzar la definitiva modernidad de esa parte de la Argentina sumida aún en las tinieblas de la opresión con el apoyo cómplice de un gobierno nacional irresponsable.
Por eso, más importante que la rutina de la elección de los candidatos presidenciales, por estos días el país profundo miró hacia el norte y vio violencias ancestrales sin igual, pero junto a ellas marchas de paz, justicia y verdad junto a contundentes puebladas electorales. Dos fotos de dos países que hoy, más que civilización y barbarie, expresan la Argentina del pasado que algunos hacen revolcar en sus tumbas, contra la Argentina del futuro que no vive en los cementerios, sino en los hospitales donde además de curar las heridas que todos los días le infringen los poderosos, también espera el nacimiento de sus hijos, los que cambiarán definitivamente esta Argentina a la que tantas veces mataron pero que sin embargo sigue aquí, resucitando.
















