Precios cuidados: entre la economía y el imperativo de lo saludable
El relanzamiento del Programa Precios Cuidados por parte del Gobierno nacional reabrió un debate respecto de la cuestión nutricional asociada a la economía. ¿En épocas de crisis se impone la necesidad de comprar a costos más accesibles que atender lo saludable al momento de elegir los alimentos de la comida diaria?
La iniciativa que el kirchnerismo milita activamente desde sus bases, por cuanto está inserta en el paquete de medidas orientadas a reactivar el consumo y llevar alivio a la clase media, incluye un conjunto de productos alimentarios de la canasta básica a un precio sensiblemente menor al que tendría en las góndolas de no existir el programa, pero al mismo tiempo supone privilegiar más el aspecto monetario que el nutricional al momento de elegir lo que se lleva a la mesa de muchas familias. La gran crítica que recibió la nómina de productos fue en relación a la escasa o nula participación que tuvieron profesionales de la salud al momento de sopesar aquellos alimentos y la escasez de productos considerados saludables.
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El cuestionamiento a la escasa proporción de frutas y verduras en la canasta de los Precios Cuidados y el poco análisis sobre el valor nutricional de los productos incluidos y promocionados en el programa han sido por estos días la pieza angular de no pocas críticas. Si bien hay algunos profesionales del campo de la nutrición que han ponderado ciertas mejoras en relación a lo que se incluía en anteriores versiones del programa, siguen alertando sobre la abundancia de los hidratos de carbono en detrimento de otros productos también necesarios para una alimentación equilibrada. Los representantes de las empresas productoras de alimentos argumentan que parte del acuerdo se sustentó sobre la base de aquellos alimentos de mayor consumo, lo que habla de un modo de comer de los argentinos, algo que escapa a la competencia del Estado.
Aunque a la luz de los problemas que debe enfrentar la Argentina este pueda parecer un aspecto menor, no lo es si se atiende a las alarmas que han encendido importantes referentes médicos al señalar que la correcta alimentación es la base del desarrollo en la primera infancia y un aspecto importante a considerar como prioritario en las distintas etapas de la vida. La salud de ahora y la futura, es decir de los adultos en 20 años, se debate en este tema, sin que voces calificadas en este campo hayan sido parte de una iniciativa que se dirimió entre economistas y empresarios.
Muchos critican que entre los 311 productos solo se haya incluido la manzana en la canasta de Precios Cuidados para frutas y verduras. Y sostienen que este hecho habla del poco aliento que tiene la promoción de una alimentación saludable desde la esfera pública. Tampoco son variados los cortes de carne, ni las legumbres que podrían operar nutricionalmente en su reemplazo.
En lo positivo se valora que está vez se hayan conseguido acuerdos para incluir las primeras marcas entre los productos ofrecidos. En lo negativo hay dudas respecto de por qué se incluyeron bebidas azucaradas, e incluso bebidas alcohólicas, no consideradas productos de primera necesidad. Quizás esto sucedió porque lo que se privilegió para ampliar el abanico de productos fue el acuerdo con productores de distintos rubros, y no tanto el aspecto vinculado a la cuestión de salud. En tiempos de crisis algunas iniciativas se miden con el bolsillo y con la misma variable se evaluará la eficacia. Se busca reactivar el consumo y muchas veces esto se hace a cualquier precio. No es la primera vez que sucede y hay quienes aventuran que no será la última. En un país desvelado por la economía, hay quienes se preguntan si en el restablecimiento de los Precios Cuidados no existía la posibilidad de abrir un debate y contemplar otras cuestiones. Por ejemplo, incluir una canasta de Precios Cuidados para productos saludables. No solo atendiendo al imperativo sanitario de la educación sana sino por la necesidad de aquellas personas que teniendo determinados problemas de salud se ven imposibilitados de consumir lo que sí les propone el programa.
También se interrogan sobre si no hubiera sido para el Estado una oportunidad de favorecer la adopción de pautas de alimentación saludables aprovechando la cuestión del precio como disparador para la compra de determinados productos que suelen comercializarse bajo el argumento de ser saludables a precios onerosos y hasta prohibitivos.
Por estas horas son múltiples las voces que se han vuelto a alzar en torno a la alimentación, fundamentando los argumentos en indicadores poblacionales que preocupan y que están asociados a la prevalencia de enfermedades prevenibles, frente a las cuales la alimentación resulta tanto un elemento de prevención como de control.
Nadie discute que en tiempos en que el hambre es la cuestión urgente, hay que instrumentar medidas y ofrecer alimentos de fácil acceso. Pero no menos importante es que en contextos de alta vulnerabilidad puedan generarse las condiciones necesarias para educar, para promover la inclusión de alimentos saludables y encaminar a la población hacia una alimentación equilibrada, esa que ayuda al cerebro a desarrollarse al tope de sus posibilidades. Hacen falta medidas para que la posibilidad de elegir no siga siendo privilegio solo de quienes tienen poder adquisitivo. La industria alimentaria argentina es variada y produce alimentos de calidad con niveles de rentabilidad importantísimos en muchos rubros. Quizás es tiempo de ampliar los acuerdos, de volverlos sensibles a otras cuestiones que no son superficiales, ya que en el modo en que una sociedad se alimenta también se debate algo del futuro, y eso no debe ser olvidado.













