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Políticas de género: algo más que discursos teñidos de ideología

11 de marzo de 2022 a las 12:00 a. m.

Hace algunos días, la violación de una joven en el barrio de Palermo, a plena luz del día, y el abuso sexual sufrido por una joven en en el contexto de un festejo del Ultimo Primer Día (UPD) volvieron a poner en la agenda pública el debate sobre la violencia de género y expusieron una realidad que a menudo se naturaliza.

Por lo aberrantes, estos hechos, a los que se sumaron otros, como las imágenes de un abuelo abusando de su nieta sordomuda que fueron difundidas por un canal de televisión abierta, tienen gran repercusión y causan estupor en la comunidad. Pero más allá del impacto, poco cambia en las acciones, para que algo de este flagelo quede definitivamente atrás y la sociedad se construya sobre la base de vínculos más sanos.

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Lo que exponen las noticias, que siempre hacen un recorte del universo de cosas que pasan en una sociedad, es solo lo visible, lo que conmueve, lo que alerta en este caso sobre cuán insuficiente siguen resultando las políticas si alguien puede causar una agresión sexual de la magnitud de las producida sin que esa herida de las víctimas sea atendida como corresponde y si la prevención y la acción anticipatoria del Estado no consiguen ganarse un lugar para evitar que sucedan.

Al borde de lo inconcebible, este tipo de delitos se perpetúan, algunas veces incluso al interior de las propias familias, creando daños irreparables en víctimas que por inacción de quienes deben trabajar activamente en políticas verdaderamente eficientes, terminan condenadas a vivir inmersas en un espiral de violencia donde el abuso y el destrato, son la norma. 

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Lamentablemente suelen naturalizarse estos hechos, o ser puestos equivocadamente en determinados contextos. Las agresiones sexuales y la violencia de género no reconocen estrato social. Tampoco se resuelven solo con la acción declamatoria del Estado.

En las últimas semanas, a la sucesión de hechos dramáticos, se le añadieron apreciaciones de funcionarios con alto poder de decisión y responsabilidad que causaron indignación y que mostraron que quienes tienen responsabilidad de gestionar, caen en un debate altisonante del que no surgen alternativas de cambio.

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Oficialismo y oposición abrieron una grieta en torno a estos hechos que por su naturaleza deberían motivar coincidencias colectivas imprescindibles. Así, la titular del Ministerio de la Mujer, Género y Diversidad expresó que los seis hombres que violaron a la joven en un automóvil en pleno día, no deben ser considerados bestias sino "varones socializados en esta sociedad". Si bien luego hubo aclaraciones que intentaron explicar el significado de esta afirmación, la definición por sí sola alcanza para entender el sentido de lo dicho. En el llano, alguien cercano al Gobierno expresó a través de sus redes sociales que para que los hombres no deban salir a violar, hay que reabrir los prostíbulos y aunque la declaración fue repudiada, hizo eco e instalo un debate que en Argentina parecía saldado a la luz de los avances que se han dado en materia de políticas de género y de abordaje de la problemática de la trata de personas.

En el arco opositor y tras las declaraciones de la ministra, hubo quienes aseguraron que había que cerrar el Ministerio de la Mujer. Y así todo el diálogo social en torno a los hechos ocurridos se tiñó de ribetes que poco aportan a habilitar una verdadera reflexión sobre un tema urgente. Como otras cuestiones en el país, la grandilocuencia de algunos dichos y la gravedad de otros, cancelaron la posibilidad del acuerdo. Y las víctimas, volvieron a quedar solas.

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Lo preocupante es que la violencia contra las mujeres y las situaciones de abuso por cuestiones de género se han transformado en la moneda corriente y han pasado a engrosar las estadísticas con indicadores que alarman.

El modo en que se aborda esta problemática, el tono social del debate que genera y una discusión que se detiene en los fondos que maneja un ministerio o en las condiciones que motivaron que alguien pueda cometer un hecho salvaje y primitivo hacen que todo lo demás quede condenado al fracaso.

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Puede decirse mucho sobre las políticas de género. En algunos ámbitos, incluso pudo avanzarse en transformaciones, pero no alcanza con analizar la problemática ni ponerla bajo el prisma de la ideología. No resultan suficientes las medidas "insignia" que hacen suponer que se está trabajando mucho en el acompañamiento a las víctimas, cuando en verdad, nada cambia. Por el contrario, la problemática se agiganta y muestra costados cada vez más deshumanizados.

Tal como ha sido mencionado en este mismo espacio editorial alguna vez, cuando se trata de violencia de género, el tema no se reduce a la agresión física ni siquiera al daño psicológico. El problema es mucho más profundo y compromete distintas dimensiones de la estructuración de la vida misma de las sociedades. Una sociedad que legitima la violencia, que la denuncia pero que se muestra reticente a actuar para erradicarla de fondo y en algunas ocasiones la minimiza. 

El repudio que generan ciertos hechos, la trascendencia pública que toman y el espacio que ganan en los medios, consiguen conmover a la sociedad. Pero hace falta algo más que actuar por espasmo. Hay que acompañar ese sentir con la búsqueda de los verdaderos espacios de representación para ubicar esta problemática entre las prioridades de la agenda común. No hacerlo es invalidar la posibilidad de una construcción colectiva de las soluciones que hacen falta.

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