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Pedro Español, un pediatra de profunda vocación puesta al servicio de su tarea

27 de octubre de 2013 a las 12:00 a. m.

 Pedro Español hizo un recorrido por su historia de vida.

(LA OPINION)

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Resulta difícil entrevistar a Pedro Enrique Español sin hablar de medicina. Es un pediatra de reconocida trayectoria y su perfil de vida se entrelaza con su vocación de médico, nutriéndose de la experiencia adquirida tras muchos años de ejercicio profesional. Esquiva la formalidad y se muestra dispuesto a hablar de él, sabiendo que ello supondrá de algún modo recorrer años y anécdotas de consultorio.

De hecho la charla se desarrolla en su casa, donde apenas se traspasa el garaje aparece el espacio en el que “atiende” fuera de horario, lo que supone sábados y domingos. “Me enojo cuando un papá lleva a un niño a la guardia de un Hospital por no llamarme un fin de semana, no me gusta que se manosee a mis pacientes”, afirma y en esa apreciación ya hay una impronta que habla de él. 

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El lugar tiene una camilla construida por sus propias manos, elementos médicos, algún instrumental, recetarios y una biblioteca de madera con objetos e innumerable cantidad de libros. Tiene las condiciones de un consultorio, pero la calidez de un hogar. Allí se entremezclan las cuestiones de la profesión con algunos hobbies de la vida privada. Los adornos revelan que le gusta el mar y con el discurrir de la conversación lo confiesa. Es un amante del agua, le gusta la pesca y el mar.

Tiene 63 años y los ojos muy claros. Sabe observar.

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Los hitos de su vida privada están marcados por su nacimiento y por los recuerdos de una rica vida familiar. Fue el primer hijo del matrimonio de Pedro Español y Rosa Clara Ratto. Después llegaron Jorge Daniel y Santiago Horacio, sus hermanos.

“Mi papá era chacarero y empleado de comercio, fue presidente de la Cooperativa de Tamberos de Pergamino hasta que se jubiló; tengo muy buenos recuerdos de mi infancia, hasta los seis años vivimos en Mariano H. Alfonzo, hice la primera parte de primero inferior en la escuela del pueblo y cuando nos mudamos a Pergamino empecé en la Escuela Nº 2”.

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En varias partes del relato acerca recuerdos de la casa de su infancia, en Italia 523, un inmueble que aún conserva la familia y donde actualmente funciona el Suteba.

“El secundario fue en el Colegio Nacional, fui abanderado y bastante traga”, señala. 

En el universo de lo privado, están su esposa Adriana, sus siete hijos, sus diez nietos; los amigos incondicionales de la vida; las buenas relaciones con sus vecinos y pacientes y la certeza de saberse una persona querida y valorada.

“Estoy casado en segundas nupcias con Adriana y tenemos una familia numerosa. Yo tenía a Paula, Andrea (mellizas) y Alejandro, Julieta y Mariana (mellizas); ella tenía a Pablo; y juntos tuvimos a Bernardo”, cuenta.

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Se define como un padre comprometido y disfruta de “acompañar a los chicos”.

Mientras la charla transcurre, al otro lado de la puerta se escuchan los ruidos de la casa, la obra que llevan adelante los albañiles, el parque que él mismo mantiene, el estanque donde viven sus peces.

Todo lo demás que ocupa lugar en la entrevista tiene que ver con su vocación de médico. Una profesión elegida y ejercida con pasión.

 

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Una vocación temprana

“La primera vez que dije que iba a ser médico fue en quinto grado, cuando nuestra maestra la señora Bomarito de Tinant, nos preguntó qué queríamos ser; recuerdo que con Leandro Laguía, que era compañero mío, dijimos que queríamos ser médicos. Se ve que la vocación nació allí”.

Estudió en la Universidad Nacional de Buenos Aires, hizo el curso obligatorio de un año y en 1969 comenzó el primer año de la carrera de Medicina. Enseguida se destacó, rindió algunas materias libres lo que le permitió recibirse en menos tiempo; también integró el cuerpo docente de Anatomía. “Siempre fui muy aplicado en el estudio”, recuerda y atribuye esa facilidad al placer que otorga “hacer lo que a uno le gusta”.

Se recibió con diploma de honor y excelente promedio.

Luego de la residencia en el Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez y de algunas guardias, decidió instalarse en Pergamino. Por aquel entonces ya tenía a tres de sus hijos.

“Me vine al barrio Centenario, al consultorio del doctor Villegas que había fallecido unos meses antes en un accidente”, cuenta y recuerda sus comienzos con gratitud.

Más tarde la profesión lo llevó por el Hospital público, la Clínica Alsina, la tarea dirigencial en la Asociación Médica de Pergamino y algunos emprendimientos propios.

“Tuve una empresa de medicina prepaga en Tandil. Fui miembro de la comisión directiva de la Asociación Médica y llegué a ser presidente. Refundamos Osam, fue un trabajo que hicimos con los doctores García Facal y Neffen”.

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Actualmente es accionista de la Clínica General Paz, donde tiene su consultorio, que atiende tres veces por semana.

“El resto de los días trabajo aquí, así nadie tiene excusas para sacarme de casa”, señala. 

Convive con rutinas sencillas. Le gusta leer, no sólo materiales de medicina, sino novelas del género policial y “todo lo que tengo a mano”. También le gusta andar en bicicleta, sacar fotos, hacer manualidades, muebles y tareas de herrería.

“En una época se me había dado por hacer cuchillos, tengo muchos, y amo mantener el parque”.

 

La pediatría

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Asegura que su inclinación por la Pediatría se dio en la mitad de la carrera. “Siempre estuve entre esa especialidad y hacer investigación, pero para eso tendría que haberme quedado en Buenos Aires y ya por aquel entonces no era un lugar seguro”.

“Me atrae la conducta de los chicos, el aspecto que tienen, la cara del bebé es atractiva de por sí, pero a mí me llama la atención el comportamiento de ellos, que son muy diferentes del resto de los humanos. Los chicos hasta los 20 años pueden depararnos sorpresas y después ya son adultos y somos todos iguales, simplemente envejecemos”.

 

La relación médico paciente

Es un defensor de la relación médico paciente y considera que es un vínculo que hay que cuidar porque sólo a partir de él se construye la salud. Esa convicción fue la que lo llevó hace varios años a renunciar a su cargo como médico de planta en el Hospital San José. “Me hartó la burocracia, me cansé y renuncié hace ya varios años”, refiere.

“Aprendí, ejercí y siento el ejercicio de la medicina como algo exclusivamente personal. Mi relación con mis pacientes es hasta simbiótica. En el Hospital lo que ocurría era que yo llegaba al consultorio, encontraba un listado de pacientes y no sabía quiénes eran y los pobres pacientes tampoco sabían quién era yo, ni lo que les iba a decir. Me fastidiaba eso. La relación médico paciente es fundamental y por eso este metié no es reemplazable con una computadora, hay cosas que una máquina no puede captar”.

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Enormes satisfacciones

Asegura que la mayor satisfacción que le da su profesión es la sonrisa y las caricias de algunos bebés. “Uno ejerce la pediatría y la puericultura, que es la atención del bebé sano, guiar a la mamá en los cuidados y en la prevención, dedicarle tiempo es la parte más gratificante de mi trabajo; por supuesto que cuando uno logra salvarle la vida a algún bebé es una satisfacción, pero eso ocurre cada tanto, la dicha de todos los días es cuidarlos en su salud”.

 

Comprometido

Durante la entrevista se muestra atento a cada pregunta y se toma el tiempo para responder. La charla tiene varias pausas. Hay una reflexión en cada una de sus apreciaciones y ninguna palabra es pronunciada por casualidad. “Me considero un padre comprometido y un médico comprometido, sin medir consecuencias”, define y reconoce que en el ejercicio profesional “he espantado pacientes por mi insistencia en que los padres aprendan a convivir con sus hijos, ni a padecerlos ni a torturarlos. 

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“Desgraciadamente los papás o padecen o torturan a sus hijos, o son unos psicópatas que los torturan o la gran mayoría los padece por temor a ejercer la autoridad, por miedo a parecer malos, por miedo a perder el cariño de ellos y no se dan cuenta de que es al revés, que un hijo aprecia el límite y aprecia el no cuando está dicho como se debe decir”, plantea.

“En mi obsesión por hacer las cosas como está en los libros, he perdido pacientes, pero no me arrepiento porque soy consecuente con mis ideas y con lo que incorporé en mis estudios y en mi vida”, asegura.

Fruto de esa convicción, así como ha perdido pacientes ha sabido cosechar otros con los cuales establece una relación muy fuerte. “Los que han quedado son dependientes y de hecho muchos de ellos son adultos que siguen consultando al pediatra”.

En este punto refiere que es un fenómeno mundial que a las personas les cueste dejar el pediatra. El acepta esa dependencia. “A la larga el pediatra se convierte en médico de familia, quizás desarrolla una capacidad de escuchar a la familia que el clínico no desarrolla y termina siendo un consejero.

“Debe ser porque a los chicos hay que escucharlos, no sólo cuando hablan sino cuando meten los dedos en el enchufe, cuando rompen cosas, en todo momento se expresan y tienen mucho lenguaje corporal, y uno aprende a interpretar eso”.

 

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Sobre el futuro

Ejerce una especialidad que lo compromete en cada decisión con el futuro. Cuando la pregunta lo lleva a reflexionar sobre su idea de él, bromea con la posibilidad del retiro. “Los jubilados que conocí se murieron todos, así que no pienso jubilarme, en todo caso pienso trabajar menos, irme a la isla, viajar un poco más”.

Lo dice convencido, sin embargo enseguida vuelve sobre su pasión por el trabajo: “Jamás sentí cansancio de ser médico, ni siquiera cuando estaba en el consultorio diez horas por día; es un lindo hobbie atender a los pibes”, finaliza y esa apreciación conjuga la esencia misma de su vida.

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