Particularidades de una elección histórica
Tras 12 años de gobierno entre Néstor y Cristina Kirchner, las elecciones del domingo marcan inexorablemente una bisagra en la historia de la Argentina. Se votará una nueva administración que, cualquiera sea el resultado electoral, tendrá una impronta distinta a la de la última década al cortarse el ciclo de reelecciones que permite la constitución. Lo que viene podrá ser radicalmente o moderadamente diverso, pero la realidad es que no será, en ningún caso, lo mismo que hemos vivido hasta el presente.
El peronismo no fue lo mismo sin Perón, y los años por venir podrán ser justicialistas pero nunca kirchneristas. Y esto no alude a la continuidad o no de un modelo sino a la vigencia de un estilo de hacer, de decir, de confrontar o de acordar.
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Son muchas las cuestiones que se juegan el domingo y grandes las incógnitas que el voto universal, libre y personalísimo de cada ciudadano irá paulatinamente develando.
En primer lugar, podríamos los argentinos votar por primera vez en una segunda vuelta o balotaje. Desde que la Constitución Nacional reformada en 1994 se introdujo esta figura, nunca la hemos puesto en práctica. Recordemos que se llega a un balotaje si el candidato ganador no supera el 45 por ciento de los sufragios positivos válidamente emitidos o no logra el 40 por ciento con una distancia de 10 puntos al candidato que le siga.
Este escenario se dio en abril 2003, cuando Carlos Menem obtuvo el 24,45 por ciento de los sufragios y Néstor Kirchner el 22,24. Pero el riojano retiró su candidatura, lo que automáticamente consagró presidente a Kirchner. Cosa rara la sucedida entonces, puesto que si bien en el mundo ha habido caso de renuncias a la segunda vuelta, nunca fue protagonizada por quien más votos había obtenido en la primera.
Luego vendría la sucesión de triunfos kirchneristas, siempre por más del 45 por ciento, de modo que no hubo que recurrir a una segunda vuelta.
A estas horas, el mayor interrogante es ¿habrá balotaje?
No sólo el escenario electoral es muy distinto si hay o no segunda vuelta, sino que la legitimidad de quien asuma no será la misma en uno y otro caso.
En la segunda vuelta ya no cuenta sólo la convicción de votar el candidato que más nos interesa sino que estamos compelidos a elegir entre dos opciones que pueden no contener al que hemos apoyado en primera vuelta. En ese caso se deberá optar por el que le parezca a cada uno mejor para encarar los desafíos a futuro y los votos de quien resulte tercero se convertirán en la presa a conseguir en los 15 días subsiguientes. Incluso puede haber negociaciones cruzadas de Scioli y Macri con Massa, o de Massa y Scioli con Macri, descontando que el candidato del Frente para la Victoria tiene plafón suficiente como para pasar a una segunda vuelta con cualquiera de los otros dos postulantes con más intención de voto.
Se daría así un panorama al que no estamos acostumbrados porque jamás votamos en una segunda vuelta, pero lo que es seguro es que los teléfonos de operadores políticos de ambos candidatos al balotaje explotarán durante varios días, en medio de arduas negociaciones.
Para mayores males de quienes vayan a la segunda vuelta se encontrarán con un momento muy distinto a una elección general. Veamos: el resto de los estamentos no va a balotaje. Es decir, los legisladores de todos los partidos ya están elegidos (los votos del domingo son los que cuentan para ellos) y no les modifica en nada la nueva elección; los gobernadores e intendentes ya corrieron su suerte para bien o para mal y tampoco les cambiará el resultado la segunda vuelta. Es el momento en que los candidatos presidenciales deberán apelar a la artillería personal y a los dirigentes de sus espacios que tengan compromiso, de verdad, con el proyecto.
Otro de los asuntos en cuestión es el voto en blanco que no reúne todas las calidades que exige la Constitución para ser contabilizado, es decir es un voto válido pero no positivo porque no elige a ningún candidato. Es un tema que puede discutirse pero la jurisprudencia electoral argentina no lo cuenta en la sumatoria de votos.
Y esto es mucho más importante de lo que parece a simple vista, porque si se contaran los votos en blanco (que pueden ir desde el 7 al 14 por ciento) el volumen de sufragios para que Scioli pase los 40 puntos y de Macri o Massa para que pasen los 30 se torna más amplio y difícil de lograr. Por eso, aunque se planteó la discusión en el ámbito de la oposición, finalmente todos convinieron en no hacer intervenir a la Corte Suprema para certificar o rever lo que la jurisprudencia ya estableció, que es no contar como positivos los votos en blanco.
La otra incógnita es cómo funcionará la fiscalización electoral, si todos los partidos quedarán conformes con los resultados que, si es que como se prevé, serán ajustados para un sí o un no al balotaje. Es bien cierto que los espacios mayoritarios han reforzado al máximo sus equipos para que no queden urnas sin la mirada atenta de un fiscal propio. Pero lo más importante es que la Junta Electoral Nacional ha tomado la sabia decisión de dejar ingresar a fiscales especiales por partido para verificar cómo se cargan los telegramas. Esto se hará en todo el país y en cada ciudad, también obviamente en Pergamino donde cada espacio ya ha designado a quien concurrirá al Correo para verificar que los datos se carguen correctamente.
Es de esperar que con estas nuevas herramientas la elección transcurra sin denuncias que pudieran deslegitimar a quienes ganen o manchar las urnas que, en la democracia, deben ser sagradas.













