Para recuperar la economía, primero recuperemos la moneda
La moneda nacional es una de las principales instituciones económicas sobre las que se asienta el progreso material de un país. Sin moneda no hay ahorro y sin ahorro no hay crédito ni inversión. Pero tener una moneda estable capaz de cumplir con las tres funciones del dinero (medio de cambio, unidad de cuenta y reserva de valor) requiere mucho más que un "plan de estabilización". Exige contar con instituciones monetarias y fiscales diseñadas para asegurar la estabilidad de precios en el largo plazo.
En los países modernos la institución monetaria por excelencia es el Banco Central. Su función es precisamente regular la cantidad de dinero en la economía. Una moneda estable requiere de un banco central con objetivos e instrumentos claros y con autonomía política y operativa para hacer su trabajo. Su ley constitutiva, o carta orgánica, es el "Santo Grial" de la estabilidad monetaria. Allí se establecen las reglas con las que puede operar la entidad rectora del sistema monetario y financiero. Esas normas vertebran la política monetaria, sus objetivos e instrumentos y el grado de independencia de sus autoridades respecto del gobierno y del fisco. Según como se escriba la ley del banco central, se puede construir una moneda estable o una hiperinflación.
Las mas leidas de Opinión
Frigoríficos exportadores temen una catástrofe con los precios de la carne

Inteligencia Artificial: el reto que enfrenta la humanidad
Los medicamentos “de moda” y el uso responsable de los fármacos
Biorevolución o Muerte

Paradoja de la política: quieren los votos para solucionar y luego no se animan (por temor a perder los votos)
Si alguien pudiese "escribir en piedra" una regla que diga que el Banco Central no podrá financiar al Tesoro ni emitir dinero más allá de lo necesario para mantener estable el nivel de precios y ordenado el sistema de pagos externos (para evitar crisis de balance de pagos), probablemente bastaría para lograr eliminar la inflación en el largo plazo.
Muchos países escribieron sus reglas fiscales y monetarias en la Constitución Nacional. Es una forma elegante de "cerrar la jaula y tirar la llave al río", dotando a sus bancos centrales de independencia, autonomía y prohibiendo la financiación de los déficits fiscales. Algunas regiones y países tan disímiles como la Unión Europea, Brasil, México, Colombia, Alemania, Suecia, Suiza, República Checa, Sudáfrica y Filipinas, entre otros, modificaron sus constituciones para establecer reglas monetarias y fiscales.
Un caso conocido es el de Chile, que logró frenar décadas de alta inflación a partir de la reforma de la Ley Orgánica Constitucional del Banco Central en 1989 y la norma constitucional que prohibió expresamente al Banco Central de Chile financiar al fisco, excepto en caso de guerra. Otro ejemplo de moda es Perú, que reformó la Constitución Nacional para darle autonomía al Banco Central y establecer que su directorio sólo puede ser removido si viola la prohibición constitucional de emitir para financiar al fisco. Desde entonces, los presidentes de Perú pasan, pero el presidente del Banco Central, Julio Velarde, queda.
En la Argentina, una reforma constitucional nos obligaría a abrir "la caja de Pandora" de una discusión sin límites estrictos. Por lo tanto, no es una herramienta que tengamos a mano, al menos a corto plazo. Estos antecedentes enfrentan al país ante un desafío jurídico y político de enorme magnitud. No hay norma que no pueda revertirse si se cuenta con los votos suficientes para hacerlo. Y eso es cierto para cualquier arreglo monetario o cambiario que se establezca, por duro e irreversible que parezca.
El mejor antídoto contra la reversión de las reformas económicas es su éxito. En otras palabras, la continuidad de las leyes no se garantiza con una mayoría circunstancial durante su aprobación, por amplia que ésta sea, porque las mayorías son cambiantes en el tiempo. La irreversibilidad de las leyes, en particular de las reglas fiscales y monetarias, requiere de su éxito inmediato y mediato y, por tanto, de su capacidad para adaptarse razonablemente a escenarios cambiantes.
La política monetaria ha estado la mayor parte de nuestra historia dominada por la política fiscal. Es decir, el Banco Central ha estado sometido la mayor parte del tiempo a las exigencias del Tesoro Nacional. El premio Nobel de economía Thomas Sargent lo expresó con claridad parafraseando a Milton Friedman: "La inflación persistente es siempre y en todo lugar un fenómeno fiscal". No hay tal cosa como una inflación crónica que no esté asociada al financiamiento monetario del déficit fiscal.
Henry Ford decía que "el fracaso es una oportunidad para empezar otra vez, pero con más inteligencia". Esto debemos hacer los argentinos si pretendemos recuperar la moneda nacional. Para esto se necesita crear una nueva institución monetaria. Un banco central con reglas que aseguren la estabilidad monetaria y la libre convertibilidad de la moneda nacional.
Un primer paso consiste en cumplir con la Constitución Nacional, que establece que es el Congreso nacional el que fija las pautas y las normas con las que se construye la moneda nacional, para lo que a su vez será necesario diseñar una institución monetaria con reglas, objetivos e instrumentos que le permitan cumplir con su misión primaria y fundamental, que no debe ser otra que defender el valor de la moneda.
No tener reglas puede ser un problema, pero tener malas reglas también lo es. Algunas reglas pecan por defecto y otras por exceso. Entre estas últimas, se pueden mencionar la fijación permanente del tipo de cambio o la dolarización. En estos casos, la forma de "atarse las manos" es tan violenta que los incentivos a cortar la soga con un hacha en el futuro son demasiado grandes. Esta percepción sobre el futuro, cierta o no, puede complicar seriamente a los planes económicos en el presente.
Hay reglas que pueden ser efectivas en el corto plazo, pero si no se pueden sostener en el mediano plazo los resultados pueden ser sumamente adversos. La literatura sobre "credibilidad" enfatiza las dificultades que encuentran los programas de estabilización inflacionaria que se perciben como "temporarios". Cuando esto ocurre, al boom inicial de actividad y desinflación le sigue una segunda fase de crisis, recesión y devaluación.
Esta discusión introduce, sin decirlo, una tercera dimensión al problema: el "horizonte temporal" de los políticos. Hay reglas que pueden ser "taquilleras" en el corto plazo, pero sumamente contraproducentes en el largo plazo. Un político que busca su reelección puede estar tentado a imponer reglas que lo beneficien en el corto plazo, aunque generen un problema mayor a largo plazo. Paradójicamente, esto puede ser cierto para reglas muy "duras" capaces de proveer estabilidad rápidamente o para reglas muy "laxas" que permitan la expansión monetaria para financiar un aumento del gasto público que impulse la economía a corto plazo a costa de una gran inflación en el futuro. Esta "estafa monetaria" ha sido la regla más que la excepción a lo largo de nuestra historia. En particular en los últimos años.
Este debate es relevante tanto para el diseño de la arquitectura jurídica del régimen monetario que se necesita para reconstruir la moneda a largo plazo, como para el éxito del plan de estabilización en el corto plazo. Dada la escasísima reputación del Banco Central argentino, parece evidente la necesidad de construir credibilidad en base a reglas. Sin embargo, la pregunta natural es qué reglas deberíamos imponernos. Después de todo, imponer reglas que luzcan de cumplimiento imposible, difícilmente colaboren a construir credibilidad.
Las reglas que tuvieron en común los períodos de estabilidad de precios de nuestra historia fueron:
1. El Banco Central tenía como únicos objetivos la estabilidad de precios y la estabilidad financiera.
2. El Banco Central enfrentaba límites severos o, lisa y llanamente, una prohibición de emitir dinero para financiar al fisco.
3. El Banco Central contaba con independencia y autonomía funcional para ejercer la política monetaria.
4. La moneda era libremente convertible, entendida como la inexistencia de controles de cambio (o "cepo cambiario").
Este último punto nos conduce al verdadero nudo gordiano del problema legal e institucional del peso argentino: el uso y abuso de los controles de cambio. En la Argentina es el dispositivo central de los modelos de represión financiera que aplicaron el kirchnerismo y el populismo a lo largo de la historia. Es un instrumento que se ha usado de manera permanente para ampliar los márgenes del financiamiento monetario al fisco y la intervención del Estado sobre las decisiones económicas del sector privado.
Salir de este desastre no será sencillo. Lamentablemente, no existen atajos. Solo existe un camino arduo pero provechoso que consiste en diseñar instituciones económicas que perduren en el tiempo.














