Padres ante las adicciones de sus hijos adolescentes
El consumo de drogas en Pergamino constituye hoy en día un importante fenómeno social que afecta especialmente a los chicos. La prevalencia del uso y abuso de drogas en la etapa de la adolescencia y la adultez temprana son altas y frente a la alta disponibilidad que existe en nuestra ciudad, los adolescentes tienen que aprender a convivir con las drogas, tomando decisiones sobre su consumo o abstinencia.
La poca percepción de riesgo es un elemento a considerar para comprender esta problemática, juntamente con la convicción de que en la familia se aprenden las cosas más importantes de la vida y allí se construyen los cimientos sobre los que cada individuo se convierte en persona. Es verdad que hay nuevos modelos familiares y es imposible no advertir que algunos de los problemas que se plantean en la familia posmoderna tienen que ver con la ruptura de los pilares fundamentales sobre los que se asentaba la familia tradicional (la unión, la estabilidad y la educación en principios y valores). Sin embargo la familia debe tener la capacidad de ser transmisora de costumbres, hábitos, prácticas y modelos de comportamiento, siendo su función irreemplazable en el desarrollo social, educativo, intelectual, afectivo y emocional de los hijos.
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Actualmente hay grupos familiares más reducidos, disgregados y desapegados, con menor capacidad para atender adecuadamente las necesidades y problemas de los hijos y dotarlos de una sensación de seguridad personal, considerada esencial para sobrevivir en un contexto social hostil con primacía de valores individualistas, competitivos, hedonistas y autorreferenciales. Se describe una cantidad insospechada de jóvenes indefensos ante una sociedad plagada de peligros y amenazas, cuyos padres han fallado al no dotarlos de herramientas y habilidades para enfrentarse a ese fantasma tan amenazante como es el del consumo de alcohol y drogas.
Los padres “posmodernos” valoran muy positivamente la cercanía, el clima de mayor libertad y el grado de confianza que han logrado con sus hijos, algo impensable comparado con la manera en que ellos se relacionaban con sus propios padres, sin embargo, por otro lado, existen ciertas contrapartidas que provocan que ese modelo de relación se perciba desde la insatisfacción y confusión de los padres. La mayor confianza está ligada a una pérdida de autoridad que les resta capacidad para establecer normas claras que marquen el comportamiento de sus hijos, ubicándolos en una situación de cierta debilidad. Muchos padres viven la insatisfacción de sentirse “esclavos” de sus hijos adolescentes y describen la siguiente escena: hijos irrespetuosos, convencidos de tener muchos derechos y ninguna obligación, deambulando a sus anchas por una casa que parece más una pensión que el seno de una familia. Rebeldes con los horarios de diversión y con los modos de divertirse, entre los cuales la adicción al alcohol y las drogas ocupa un lugar preponderante.
Los padres viven el descontrol de sus hijos como una pérdida de unidad y sentido de la familia. Hoy el valor autoridad asociado a la educación, no está muy bien considerado, percibiéndose su dulcificación como algo positivo. En este contexto hablar de drogas con los hijos no puede ser una “charla de amigos”, ya que con este talante permisivo vamos debilitando otros valores como la ejemplaridad, la educación, el respeto, la obediencia, la responsabilidad y el cuidado de si mismo y del otro.
Las preocupaciones referidas a los hijos se perciben hoy más graves y profundas que nunca, precisamente por la ineptitud que exhibimos para actuar de raíz sobre ellas. Echamos de menos cierta capacidad de mando que nos ayude con nuestros hijos para enfocar temas relacionados con el consumo de drogas, la violencia o el sexo. Bien cierto es que la mayor influencia de los jóvenes se desplaza desde la familia hacia el grupo de amigos agudizando la ausencia o ineficiencia parental, pero las concesiones que los padres hacen a sus hijos en este proceso que oscila entre la pérdida de autoridad y el aumento de confianza, y que muchos consideran “normales para la época”, tienen como” recompensa” un mayor grado de camaradería, desinhibición y complicidad cuya contrapartida pueden ser grandes disgustos, insatisfacción y una enorme confusión generacional.
El último Reporte Mundial de Drogas de la ONU ubica a la Argentina como un país de alto consumo de cocaína, éxtasis, ketamina y anfetaminas, con edades de ingreso adictivo a partir de los 8 años. En la provincia de Buenos Aires, aproximadamente el 20% de los adolescentes consume marihuana y el paco mueve entre 10 y 12 millones de pesos por día. El Estado está mirando para otro lado, pero el papel protector de la familia se antoja inevitable ante la actual situación de indefensión de los jóvenes. La familia está para eso: proteger, dar seguridad y preparar a los hijos para que sobrevivan en el contexto social en el que nacieron. El discurso de los padres no debe hacerse esperar ni dar lugar a confusiones, requiere contundencia, autoridad y mucho amor.












