Oreste Magnani, un maestro mayor de obras que halló en la docencia una forma de transmitir su saber
Para Oreste Magnani, el Arroyo en la infancia era como “el patio de su casa”.
(LA OPINION)
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Oreste Magnani tiene 71 años. Es un hombre de cabello blanco. Tiene un aspecto sencillo y es expresivo en sus palabras. Es fácil trazar su perfil de vida porque la elocuencia con la que narra cada anécdota facilita el relato. Vive en la misma casa en la que nació, en la ribera del arroyo Pergamino. “Anduve deambulando en varios lugares, pero recalé en la misma casa en la que nací”, señala este hijo de inmigrantes italianos.
“Mi padre, Oreste, era un inmigrante de la época de la Primera Guerra Mundial; mi madre, Angela era modista, nació acá, pero también tenía sus raíces en Italia; y tengo un hermano mayor que es maestro mayor de obras como yo”, indica en el inicio de la charla que tiene como primera descripción las vivencias de su infancia. “Me crié en el Arroyo, nuestra plaza era el Parque y nuestra pileta el propio Arroyo”, cuenta y asegura que el barrio era totalmente distinto. “Vivir en la costa del Arroyo era como vivir en uno de los barrios marginales, estábamos a cinco cuadras del centro pero era un arrabal, no había terraplenes, enfrente había casas y recién en 1947 por iniciativa del diputado Visca se canalizó el Arroyo y se hicieron los terraplenes”.
Su niñez transcurrió en ese escenario, el mismo en el que hoy se desarrolla la entrevista, y en el barrio “Vicente López”, que él llama “barrio la bronca”, donde vivían sus abuelos: los Santoro y los Magnani.
Se formó en la Escuela Nº 77, que ahora es la Nº 63. “Allí hice la primaria, la escuela funcionaba donde hoy es Artes Visuales, recuerdo a mis maestras: Fany Bertuch, Hayde Iriarte, María Bozzi, Delia Canesa y Marta Cevasco; también a muchos de mis compañeros con los que aún me encuentro”.
Temprano descubrió su pasión por los oficios. “Mi padre era albañil y siempre me atrajo la construcción”, confiesa, aunque señala que como su familia quería que fuera “universitario” comenzó a estudiar en el Colegio Nacional. “Allí hice algunos años de bachiller, pero después abandoné por cuestiones económicas, era un tiempo muy complejo de luchas estudiantiles, había caído el gobierno peronista, eso condicionó y me fui a trabajar de albañil, fui empleado en varias empresas”.
Ya trabajando decidió inscribirse en el Colegio Industrial, donde siete años después se recibió de maestro mayor de obras. “Estudiaba y trabajaba”, señala.
Entre sus empleadores menciona a Ricardo Petroni, Del Bianco y Pascot, Bártoli, Alberico y Safar.
“Cuando me recibí eso me dio cierta independencia y empecé a trabajar por mi cuenta para arquitectos e ingenieros, así fue como trabajé con Flores, Pereyra Duarte, Migliaro y Micheloni”, refiere y confiesa que siempre tuvo atracción por la plomería y el gas.
“Un día fui a hacer un trámite a Obras Sanitarias y un amigo Alberto Ruiz Moreno, que ya falleció, me preguntó si quería trabajar por tres meses, me quedé quince años como empleado de esa dependencia que funcionaba en Florida, entre San Nicolás y 25 de Mayo, al lado de la Sociedad Rural, donde hoy hay un edificio”.
Su tarea en Obras Sanitarias de la Nación lo llevó a Buenos Aires, a Junín, a Zárate y su labor estuvo siempre vinculada a proyectos que valora personalmente como “importantes”.
“Todas las obras en las que trabajé fueron importantes para mí, porque cada cliente depositó en mí su confianza”, refiere y al momento de mencionar una de las realizaciones que resultó para él más significativas señala la tarea en los laboratorios del Instituto de Virosis. “Hicimos una gran parte de la obra y todo lo que fueron obras complementarias de oxígeno, calefacción, instalaciones sanitarias y gas, fue un proceso complejo porque ese tipo de laboratorios requiere de condiciones estrictas de seguridad por los virus y elementos que se manipulan.
“Yo era amigo del doctor Julio Maiztegui, le hacía trabajos particulares”, agrega, agradecido.
Vida familiar
A la par de su oficio, Oreste fue construyendo una de sus principales obras: la familia. Está casado hace más de 50 años con Ana Lía Silva, una mujer a la que él define como su compañera y a la que reconoce por sus dotes artísticos. “Ella escribe y hace cultura, ha participado de los Torneos Bonaerenses y siempre se ha destacado.
“Nos casamos muy jóvenes, vivíamos cerca y nos conocimos cuando íbamos a la escuela”, cuenta.
Tuvieron tres hijos: Analía (50), Laura (44) y Marco (38) y varios nietos: Eva (fallecida) Lucía y Elvira; Tamara, Luciana y Constanza (que viven en Panamá) y Luciano.
Es austero en el relato sobre su vida familiar, como si el universo de su vida privada se preservara. Su esposa lo acompaña, junto a las perras que tienen, mientras se desarrolla la entrevista. Lo escucha atentamente e interviene poco.
“Hemos tenido una familia medio patriarcal, no hemos tenido desavenencias, mis hijos siempre entendieron la cultura del trabajo”, refiere.
Cuenta que les gusta mucho viajar y que han tenido la suerte de recorrer gran parte del país. Sin embargo se define como una persona “pasiva”. “En los clubes mi generación ya no está, tenemos alguna actividad en el Centro de Jubilados, pero no hay mucho lugar para la vida social”.
Se define como un hombre fiel a sus convicciones, que simpatiza con la masonería y posee buenos amigos. “De la infancia tengo muchos amigos, también algunos de la militancia en el socialismo y en Obras Sanitarias”.
En este punto menciona que murieron dos de sus amigos entrañables: Antonio Herrera y Benjamín González, “los padres de dos de los mejores médicos de Pergamino”.
Desde el punto de vista espiritual refiere no ser “demasiado allegado a la religión”.
“Tal vez porque crecí en un hogar donde no se profesaba mucho la religión, mi padre era agnóstico, en verdad era comunista y había tenido que escapar de Italia porque el fascismo lo iba a matar”.
Sin embargo asegura que tiene “amigos sacerdotes”, recuerda que por su amistad con Marciano Alba hizo los planos de la capilla Santa Rita sin percibir remuneración. Se muestra abierto a la posibilidad de creer: “Todavía no me han tocado situaciones límites para ver si creo o no”.
Vocación docente
Con los años, Oreste descubrió que además de saber hacer en sus obras, podía enseñar. “Cuando salí de Obras Sanitarias trabajé en mi profesión más intensamente hasta que me jubilé, creí que ahí había terminado, pero un día vino Rafael Restaino con el profesor Roberto Azpeitía, porque el Ministerio de Trabajo y la CGT estaban organizando los centros de formación profesional, en un momento en el que habían decaído las escuelas técnicas; me propusieron trabajar como instructor y acepté”.
Para eso tuvo que formarse. Ya hace seis años que la docencia se ha transformado en una verdadera pasión para él. “No fue fácil, nunca me había imaginado que para enseñar había que estar preparado porque cada alumno es particular”.
Su tarea docente en el Centro de Formación Profesional Nº 402 le lleva gran parte de su tiempo. Me gusta preparar sus clases. “Nunca me imaginé que podía ser tan confortable poder transmitir la experiencia que adquirí”.
A la par de ello sigue trabajando en documentación y planos. “Las obras tienen mucho atractivo, siempre hay que resolver algo”, señala y cuenta entre sus gratificaciones personales haber hecho las instalaciones sanitarias y de gas del edificio de Caluch, La Fraternidad, el que se está haciendo al lado, el edificio de Bonafide, y varios locales comerciales del barrio Centenario.
Asegura que su oficio ha cambiado mucho, y está convencido de que él ha sabido adaptarse a esas transformaciones. “El hierro y el plomo ya no se usan, hay que estar atento y actualizado, cuando aprendí me costó porque los viejos de aquel tiempo no eran generosos para enseñar lo que sabían, había algo que se guardaban; actualmente asisto a las fábricas y a los cursos para actualizarme. Aprendí muchísimo en Obras Sanitarias, había gente que sabía mucho; manejo la computadora, hay mucha información, lo que aún no hago es hacer los planos en la computadora, sigo con el sistema manual”.
Es un afortunado de haber encontrado su vocación. Cuando lo dice recuerda las épocas en que siendo un niño sentía curiosidad por la tarea que desarrollaban los plomeros.
Entre las grandes satisfacciones que le ha dado su trabajo, aparece cada obra. También las gratificaciones de la docencia, como instructor y como alumno. “La primera graduación de mis alumnos fue muy linda; y también la mía, ya que tuve que hacer el curso de instructor.
“Cuando me gradué fue muy emotivo, la ceremonia se hizo en El Colonial de San Nicolás, mi hijo me dio el título de instructor”, señala emocionado.
Como docente asegura que “es muy conmovedor cuando uno despide a los alumnos, son como hijos, muchos vuelven a casa a verme”.
Una ciudad querida
La charla se desarrolla con el sonido de fondo que aportan los pájaros que recalan en los árboles del terraplén. El paseo ribereño es el paisaje que asoma por su ventana. Todo el tiempo lo observa. Conoce Pergamino de punta a punta. “Ciudades he conocido muchas, pero creo que Pergamino es de las mejores, será porque me formé acá y porque la gente de Pergamino es muy consecuente, hay buenas personas aquí, Pergamino siempre me cobijó, me ofreció trabajo desde joven, estoy muy agradecido a esta ciudad y comparándola con otras parecidas, no la cambiaría, este lugar es muy lindo”.
En un momento del relato siguen las vivencias de la peor contingencia que le hizo vivir esta ciudad: la inundación de 1995.
“Esta casa la tapó el agua, quedamos en la calle, fue tristísimo, perdimos todo, el vehículo, las herramientas, pero éramos más jóvenes y conseguimos salir adelante. Sinceramente subestimé la gravedad de lo que ocurrió en aquel momento porque cuando yo era chico el Arroyo era un hilito, cuando llovía crecía, pero nunca como aquella vez”, recuerda.
“Nosotros vivíamos en la esquina, en esta casa vivía mi madre, a media cuadra mis suegros y una cuadra más adelante una de mis hijas y mis nietas, no teníamos siquiera dónde refugiarnos”, agrega y señala con gratitud la ayuda que recibió de Pedro Español y de Francisco Polizzi.
Con esa solidaridad y con su impronta de enfrentar las dificultades, logró salir adelante y sobrevivir a la pérdida de cosas materiales y afectivas que dejó aquella tragedia.
El futuro
Cuando la charla promedia, aparece una consideración sobre la edad. También una reflexión sobre el futuro. “Sé que mucho porvenir no tengo, hay una edad en la que uno debe ser consciente de eso, por delante no hay demasiado, pero lo que queda me tendrá siendo docente mientras pueda, transmitiendo lo que aprendí, manteniéndome en actividad”.
“Tengo nietos, familia, muchas cosas para vivir, no sé si tengo tantas cosas pendientes, quizás conocer el pueblo de mi padre y viajar a Panamá a visitar a mi hija”, concluye con la mirada enfocada en el futuro.



















