Odebrecht, renuncia y videos
El conflicto en Perú viene desde el año pasado y acumula un fallido intento de destituir al presidente en diciembre. Se vivió en todo este tiempo una etapa de turbulencias sociales y políticas. Por un lado, la gente se volcaba a las calles con el lógico clamor de castigo ante la corrupción y por otro, en su micromundo político, los dirigentes negociaban en el Congreso para que Pedro Pablo Kuczynski fuese o no destituido. Estos bandos, a su vez, tienen dos figuras clave: los hijos de Alberto Fujimori, el gran beneficiado con todo este escándalo. La mujer, Keiko, del lado de los destituyentes y el varón, Kenji, fue el encargado de convencer a los legisladores en diciembre para que votaran por la continuidad del presidente. En los episodios recientes, que derivaron en la presentación de la renuncia, también los Fujimori Junior fueron protagonistas: Keiko se encargó de difundir videos en los que Kenji soborna a legisladores de la bancada de su hermana.
La moneda de cambio por la que Kenji jugó para Kuczynski desde diciembre fue el indulto para su padre, el expresidente Alberto Fujimori, que se encontraba preso.
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Lo cierto es que más allá de estas jugarretas propias de la política y tan alejadas de la moral y el sentir de la población, hay hechos de base que son incontrastables y pusieron al presidente en pie de renuncia: Kuczynski estaba contra las cuerdas hace meses por haber ocultado negocios con Odebrecht cuando fue ministro de Alejandro Toledo (2001-2006) y por haber mentido una y otra vez en medio de este escándalo. Ahora, acorralado por las denuncias de corrupción, se convirtió en el primer presidente que no completa su gestión desde el fin de la era de Fujimori en 2000.
Si bien Kuczynski prometió combatir y desterrar la corrupción, terminó renunciando por las mismas causas que atormentan a varios expresidentes de la región, como nuestra Cristina Fernández y de Perú, como Toledo, Ollanta Humala y Alan García. Al mismo tiempo, con su renuncia, se suma al club de los mandatarios que no terminaron su gestión, como Fernando Collor de Mello en Brasil, Abdalá Bucaram en Ecuador, el propio Alberto Fujimori, Gonzalo Sánchez de Lozada en Bolivia y Dilma Rousseff.
Frente a esta difícil situación que se ha generado, y que me hace injustamente aparecer como culpable de actos en los que no he participado, pienso que lo mejor para el país es que yo renuncie a la Presidencia de la República, anunció Pedro Pablo Kuczynski en horas de la tarde del miércoles, en un mensaje al país y secundado por su gabinete. Su declaración fue grabada en el Palacio Pizarro y antes de que fuera emitida, el mandatario abandonó el lugar.
En su reemplazo asumiría el primer vicepresidente, Martín Vizcarra, también embajador en Canadá, por lo que no estaba en Perú cuando se produjo el anuncio.
La salida de Kuczynski está lejos de destrabar la profunda crisis que vive Perú. De hecho, la ahonda. La renuncia deja al país aun más dividido, entre fujimoristas y antifujimoristas.
La copa se colmó en la noche del martes cuando se conocieron los llamados Kenjivideos, que muestran a congresistas que responden al liderazgo del hijo de Alberto Fujimori, intentando sobornar a legisladores fujimoristas, de Keiko. Esta revelación terminó de indignar a los peruanos, cuya paciencia se había esfumado después de que el renunciado presidente se salvara de ser destituido en diciembre, a cambio del indulto a Fujimori.
Esa vez, los votos de Kenji lo mantuvieron con vida en el Palacio Pizarro, pero ahora fue Keiko quien dio la estocada final: días atrás la excandidata presidencial había exigido la dimisión de Kuczynski y tras la revelación de los videos culpó a su hermano por haber negociado a nombre del gobierno sobornos con congresistas fujimoristas.
En la práctica, dice la prensa peruana, Kenji Fujimori era el primer ministro de Perú y quien ostenta el cargo, Mercedes Aráoz, estaba de adorno. Los videos, de hecho, demuestran que el verdadero operador político del presidente era Kenji, que se dio a la tarea de conseguir las adhesiones que le faltaban para evitar la destitución ya que el oficialismo iba a menos en el Congreso; Keiko, si bien perdió las elecciones en 2016, tiene la mayoría y pretendía usarla en diciembre para destituir a Kuczynsi. Fue su propio hermano quien le aguó los planes al comprar voluntades.
Pedro Pablo Kuczynski, de 79 años, fue electo en 2016 gracias al voto antiKeiko. Tuvo una oportunidad de oro tras el rechazo a su destitución en diciembre pero su imagen en la gente quedó severamente dañada, tanto por las acusaciones (dio varias versiones sobre sus negocios con Odebrecht, a través de Westfield Capital, empresa administrada por su socio chileno, Gerardo Sepúlveda) como porque el indulto a Fujimori que concedió fue visto como una moneda de cambio. Siempre se supo que fue así, solo faltaban los videos que aparecieron este martes.
La denuncia concreta es que había recibido sobornos cuando era ministro de Economía en la gestión del gobierno de Alejandro Toledo (2001-2006), sobre el que pesa una orden de extradición (está prófugo en Estados Unidos desde hace más de un año) por haber recibido 20 millones de dólares de la constructora.
Los ejecutivos de Odebrecht revelaron que habían pagado casi cinco millones de dólares por asesorías a empresas ligadas a Kuczynski cuando era ministro, lo que el líder siempre negó, danto todo tipo de versiones contradictorias sobre cómo habían sido, según él, los hechos. La constructora admitió además que hizo aportes de campaña en 2006 y 2011 a los últimos cuatro presidentes peruanos, incluido Kuczyns-ki, así como a la líder opositora Keiko Fujimori. Como siempre sucede en Latinoamérica, oficialistas y opositores terminan salpicados por igual cuando asoma la corrupción.
Debía gobernar hasta 2021. Ahora, sería Vizcarra quien tendrá que completar su mandato. Eso, si es que acepta el cargo. De lo contrario, el titular del Congreso deberá convocar a elecciones anticipadas. Eso es precisamente lo que pide la oposición, argumentando que es toda la gestión la que ya no tiene legitimidad.
La renuncia en sí misma es un gesto pero tiene varias aristas a considerar: por un lado, si es aceptada, evita que el conflicto se extienda más tiempo, permitiendo a Perú recuperar institucionalidad en forma más rápida. Vale como ejemplo lo que sucedió en Brasil, donde más allá de si Dilma Roussef fue alejada del poder por cuestiones más políticas que por la corrupción que en su caso no fue probada, la crisis se extendió tanto que perjudicó claramente al país y a sus ciudadanos. Lo mismo podemos decir de otros países donde ha habido crisis, renuncias o alejamientos de sus mandatarios, cuando la situación se ha estirado con resistencias y ahondamiento de los conflictos. Y en este sentido la renuncia anticipada del peruano hará acotar el período de padecimiento de todos.
Pero también es cierto que con la renuncia, Kuczynski evita el juicio político; de no haberla presentado, hoy se votaba su destitución en el Congreso y los sondeos arrojaban que los votos a favor eran ampliamente mayoritarios. Por estas diferentes lecturas es que la sociedad está dividida entre los que quieren que se vaya sin más y quienes quieren que pase por el escarnio de un jury.
Descontando que la renuncia será aceptada, a partir de mañana Perú debiera ingresar a un período de estabilidad que hace casi un año no tiene.
Mientras tanto, el llamado Caso Odebrecht amenaza con seguir destapando la corrupción a gran escala en muchos países vecinos y en el nuestro mismo, en una seguidilla de escándalos, muchos millones de dólares en juego, sobornos explícitos y grandes obras públicas.
Por eso es claro que no será la última vez que escuchamos el nombre de la gigante brasilera asociada a países donde la coima ha corrido como un viento desatado, el mismo que ahora se lleva puestos no solo honras sino hasta presidentes.
A propósito, una incógnita: ¿cómo pudo Odebrecht llegar a tanto, comprando voluntades por años en todo el mundo? Brasil dejó crecer el monstruo que hoy tumba reyes y sus castillos.

















