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O nos comprometemos todos, o sigamos a los tumbos

23 de mayo de 2018 a las 12:00 a. m.

Mientras debatimos cuestiones más o menos coyunturales, como los problemas financieros de la hora, la deuda que fue creciendo y la llegada al Fondo Monetario Internacional, la raíz de la discusión real debiera ser el nivel de actividad y el crecimiento económico, en relación al tamaño del Estado.

Lo que pasa es que el nivel de actividad es una foto de corto plazo. En este sentido, el nivel de actividad puede mejorar con solo reducir la capacidad ociosa. En pocas palabras, rebotando se mejora el nivel de actividad como sucedió en 2013, 2015 y 2017. Pero el crecimiento económico es una película de largo plazo.

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Y la verdad es que en la Argentina el crecimiento económico cierto lleva cuatro o cinco años de estancamiento. Porque se invierte menos de lo necesario, y lo que se invierte se invierte mal. Mientras tanto el Estado sigue engordando, tanto porque se amplía como porque, aunque se mantuviese, a menor actividad el peso de los gastos se hace más complicado de soportar.

Sin embargo, el Gobierno sostiene que la economía está creciendo por primera vez en seis años, y la verdad es que es prematuro afirmarlo, porque al fin es probable que estemos frente a un efecto rebote. O, como decimos, que crece poco en relación al incremento incesante del gasto. Esto es lo que hace a nuestro déficit perenne.

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En este marco, para volver a crecer no basta hacer pequeños ajustes, sino aplicar cambios estructurales en materia de política macroeconómica y microeconómica.

Lo cierto es que el sobredimensionamiento creciente del sector público que ahogó progresivamente al sector privado, impactó negativamente sobre los niveles de inversión y el crecimiento. A pesar de ser un Estado que por esta carga impositiva recauda mucho, el déficit no cede. Porque, sencillamente, gastamos más de lo que producimos, un problemita que tenemos hace por lo menos 60 años.

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Por eso hemos recurrido a dos modelos alternativos: hacer funcionar a destajo la máquina de hacer billetes como hacía el kirchnerismo o salir al mundo a pedir préstamos como hace el macrismo. Década tras década, estos dos modelos que no apuntaron nunca al fondo de la cuestión que era tratar de vivir con lo que generamos y en todo caso ampliar la base de actividad para poder gastar más, terminaron invariablemente en tremendas caídas, porrazos enormes a los que nos fuimos acostumbrando a fuerza de repetir los errores. Una historia cíclica de más o menos 10 años cada etapa, con sus momentos de esplendor previos al colapso, esos momentos en que nos creemos que somos primer mundo, que vamos bien, para luego caer estrepitosamente y cambiar nuevamente de modelo. Es muy alto el costo político de apuntar a sanear la cuestión de fondo, por eso nuestros gobernantes, siempre mirando las próximas elecciones, nunca lo encaran. Sin ir más lejos, sería una medida muy simpática que Macri retrotrajera las tarifas a 2015 como pretenden algunos legisladores, sin dudas un gran estímulo para crecer en la encuesta, pero sería nuevamente esconder el déficit bajo la alfombra. Por el contrario, un veto a esta propuesta le puede costar su reelección. Pero alguien, alguna vez, tiene que asumir el costo político de sanear la economía. Y los ciudadanos, el costo físico de ajustar el realismo mágico en que hemos vivido en muchos aspectos a la realidad de nuestra economía.

El sobredimensionamiento del Estado y la baja actividad productiva son la explicación detrás de la falta de crecimiento económico. Este sobredimensionamiento del Estado atenta contra la inversión y el crecimiento económico porque ahoga a las empresas no las deja hacer negocios y ganar dinero y atenta contra el ahorro y el financiamiento de la inversión.

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Es claro que para mantener un Estado que gasta más de lo que recauda, los impuestos aunque no alcancen terminan siendo necesariamente altísimos. ¿Quiénes van a arriesgar a invertir si la mayor parte del producido se lo lleva el Estado? Pero, claramente, para volver a crecer sostenidamente con generación de empleo genuino, la inversión debería aumentar. Pero la inversión no es gratis, concretamente, hay que pagarla. La inversión privada se financia con la suma de ahorro privado, más ahorro o desahorro estatal (menor déficit).

Y el déficit fiscal que arrastramos hace décadas es letal para este esquema de crecimiento. A mayor Estado y más déficit fiscal, menos ahorro, menos y más caro financiamiento, por ende, menos inversión, productividad, generación de empleo y peores salarios.

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Concretamente con la actual sobre dimensión del Estado no estarían dadas las condiciones para que se disparara un proceso de inversión de dimensión suficiente para que la economía vuelva a crecer sostenidamente en torno al 3 por ciento anual durante varios años.

Esta opción genera enorme dificultades al sector político porque aun quienes comparten el diagnóstico (ya que hay sectores que no lo hacen) temen tener un rebote electoral negativo. Para poner blanco sobre negro: el macrismo sabe que si hace lo necesario para achicar el gasto público y empezar de nuevo en un círculo virtuoso, que llevará sus años, corre el riesgo de perder las elecciones de 2019. Por eso prefiere recurrir al FMI para un préstamo a baja tasa, antes que empezar con la escoba gruesa a barrer gastos. Pretende ir haciéndolo muy lentamente, con gradualismo que no es malo, pero demasiado despacio que termina por enardecer a los mercados.

Es un riesgo que el macrismo decidió correr por su propia cuenta y riesgo, sabiendo además que está bastante solo en el juego, los gobernadores hacen que apoyan pero de ajustarse, por ahora nada; los diputados que no se bajan ni los centavos de la dieta, pretenden frenar la baja de subsidios a los servicios pero no se hacen cargo del agujero fiscal que esto genera.

Podemos seguir viviendo como hasta ahora, con déficit fiscal estructural y sus paños fríos que son la maquinita de hacer billetes y las deudas externas. Sabemos cómo funciona, sabemos que pasaremos algún tiempo bueno para luego caer al bajofondo. O podemos apostar a, por una vez en muchísimos años, hacer las cosas bien con lo que ello implica, por nosotros pero sobre todo para dejar un país mejor a nuestros hijos y nietos, un país predecible, que crezca genuinamente, donde se pueda proyectar.  Esto requiere de  un esfuerzo colectivo.

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Y usamos la palabra colectivo, porque hasta ahora el esfuerzo lo viene haciendo la clase media y las pequeñas y medianas empresas y la realidad es que el sacrificio lo debemos hacer todos: la clase política que mira para otro lado, el campo, la industria y el comercio que siguieron haciendo la propia sin prejuicio alguno. Porque acá nadie quiere perder y el hombre de a pie no puede sostener solo toda esta transformación que se pretende.

Los argentinos necesitamos del compromiso de todos los sectores, de lo contrario sigamos en el país de siempre, el de las caídas anunciadas y los tiempos de poca bonanza cada vez más cortos.

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