Nuevas tecnologías, conflictos laborales y las adaptaciones necesarias
El caso de Uber, que tanta polémica ha despertado entre los taxistas porteños, permite que mediante una aplicación (app) para teléfonos móviles, se brinde un servicio de transporte a pasajeros en vehículos particulares registrados en su servicio. El cliente ve la localización del coche antes de llegar, conoce la tarifa de antemano y hasta puede compartir el viaje a destino para abaratar costos. Estos son, a grandes rasgos, los beneficios de este nuevo sistema que pretende instalarse en las grandes ciudades del país. En algunas, como Córdoba, no ha logrado su cometido porque las autoridades directamente lo han impedido, esgrimiendo la falta de adecuación a la legislación vigente en el ramo y acompañando al gremio de taxistas y remiseros que se oponen firmemente allí y en el resto del país.
Los taxistas aducen que se trata de un caso de competencia desleal, ya que estos coches no estarían sujetos a las condiciones que ellos deben cumplir, incluidos los impuestos, las VTV del automóvil, la desinfección, todos servicios que, además de ir en pro de la seguridad de los usuarios, encarecen ostensiblemente la bajada de bandera. Es dable aclarar que estos requisitos a cumplir también reportan ingentes ingresos al Estado y a unas pocas empresas que tienen concesionadas las revisiones, lo que haría a dos actores más que se verían perjudicados por la incursión de coches particulares prestando un servicio público, como es Uber.
Las mas leidas de Opinión
Salir de la intolerancia, la trampa de este vertiginoso Siglo XXI
Estar educados para el nuevo mundo de las finanzas
Matemática, a marzo
El acceso a la educación y la salud por parte de extranjeros en el centro del debate electoral
La narcocriminalidad en el centro del debate electoral, algo que va más allá de Santa Fe
Lo que les sucede a los taxistas porteños no es distinto a lo que pasa en tantas actividades donde la tecnología genera rápidos cambios. Tengamos en cuenta que el gran avance lleva apenas 30 años con la aparición de la WorldWide Web (WWW) de Internet.
Su sola aparición ya generó nuevas ocupaciones y también el paulatino retroceso de otras, al tiempo que conectó al mundo de manera electrónica e inmediata. Pensemos por un momento cuánto se han modificado las actividades comerciales en estos años, empezando por el correo postal hasta la compra de mercancía o el acceso a la información. En todos los casos estos cambios han implicado la necesaria adaptación por parte de las empresas o su desaparición, y con ella, sus puestos laborales. Claro que han surgido otras fuentes de empleo en rubros antes inexistentes o han crecido otros sectores, caso contrario estaríamos ante tasas de desempleo siderales.
Las derivaciones de la WWW son infinitas, llegó no solo a las computadoras sino a los celulares, con las redes sociales, los chats, los tuits, las llamadas por Skype, las cámaras de seguridad, los GPS, el comercio electrónico, el home banking, y es así que con el uso de la tecnología se compra y vende por Internet, se estudian carreras, se obtienen pasajes y viajes turísticos completos. En definitiva la vida ha cambiado profundamente en estos 30 años.
Esto ha traído aparejadas situaciones complejas, especialmente para el comercio. La más evidente es que quien vende mercadería on line, no corre con los gastos de tener un negocio montado a la calle, además de empleados en algunos casos y el riesgo de la inseguridad en estos días. Cuando estas operaciones se dan a través de redes sociales, las desventajas para el vendedor tradicional son aun mayores porque en la mayoría de los casos la comercialización por Internet no se factura. Y como el comerciante digital no suele estar inscripto en Afip, escapa a todos sus controles.
Aquí la solución no es detener el crecimiento de unos para salvar a otros sino que el Estado llegue de igual modo a todos con sus exigencias y regulaciones.
Es parte de la evolución que aparezcan formas superadoras de hacer las cosas, lo que no quita que la transición sea inquietante y traumática para los protagonistas del momento. Seguramente no la habrán pasado bien los fabricantes de velas cuando Edison comenzó a producir en serie su invento. Pero nadie puede negar que la llegada de la luz eléctrica importó beneficios a todo el mundo, incluso en términos de seguridad.
En nuestros días paulatinamente se van eliminando las facturas de papel reemplazándolas por comprobantes on line por la misma vía pueden ser canceladas y archivadas. Si bien las papeleras hasta ahora no han presentado sus quejas como los taxistas porque se deja de lado el insumo que ellos comercializan, han hecho oír su preocupación. Sin embargo, en este caso, al igual que el mencionado de las velas, el cambio conlleva un bien mayor además de la mejora de las prestaciones, que es el favor que se le hará a nuestro vapuleado ambiente, al disminuirse la tala de árboles. Ni hablar de la higiene que aportará a las empresas, obligadas por Afip a conservar todos los comprobantes por 10 años (o 20 según el caso). Ahora serán parte de un chip tan pequeño como un dedal y se podrá prescindir de toda esa copiosa papelería.
Junto con Internet, a los habitantes de cada país se les abrió una ventana al mundo, para saber lo que sucede en otras latitudes en manera instantánea y a veces de primera mano. Así el mundo pasó a ser también una gran vidriera comercial y los argentinos en particular nos entusiasmamos con comprar aquello que aquí no está, lo que sólo podíamos conseguir si viajábamos o bien lo que en otras partes cuesta más barato. Esta posibilidad se vio suspendida (o al menos complejizada) durante la vigencia del cepo y por las directivas impartidas por el anterior gobierno para que cierta mercadería no ingresara o lo hiciera abonando el 50 por ciento de su costo en concepto de nacionalización. Por estas razones, los portales de ventas mundiales más conocidos suspendieron sus operaciones con argentinos. Recientemente el director de la Afip, Alberto Abad, anunció que volvería el servicio de compra de bienes del exterior puerta a puerta. Y las reacciones no tardaron en llegar: le salió al cruce la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (Came), que se opuso a que se flexibilicen las condiciones para comprar por Internet argumentando que es posible adquirir una patineta china, con entrega en 15 días, en la puerta de su casa, y a un costo 75 por ciento inferior a lo que vale en la Argentina.
Esta es una gran verdad que más que enojar a la Cámara y a las autoridades gubernamentales los debe interpelar. Habrá que analizar cuál es la carga impositiva que tenemos en la Argentina, el costo de la mano de obra para poder lograr un nivel de competencia justa, salvo cuando se trate de países que tienen mano de obra esclava (ya que en esos casos es imposible la competencia). Pero impedir que se vuelva a impedir comprar por Internet en el exterior no es la salida.
Como regla general, impedir el avance de modus operandi que funcionan en el mundo siempre ha sido un error y lo es más ahora, justamente cuando cualquier ciudadano conoce cómo se dan las cosas en otros lados, no se las imagina ni se las cuentan. No permitir el acceso a lo que se ofrece es como tener a un chico con ñata contra el vidrio: no soluciona el problema, no hace desaparecer la situación y es una olla a presión que, por algún lado, estalla hasta lograr su cometido.
Si atendiéramos a estas quejas, la revolución industrial iniciada en Inglaterra entre la segunda mitad del Siglo XVIII y el inicio del XIX, no hubiese existido, porque lógicamente cuando comienza la labor de productos en cadena, el trabajo artesanal comenzó a desaparecer y quedó relegada sólo a un pequeño grupo de gente rica que podía pagar la exclusividad de un objeto. La sociedad se volcó masivamente a comprar lo que generó la nueva industria, más barato y práctico. Los artesanos sufrían mucho si no se reconvertían rápidamente y nace el obrero como actor principal.
Cada salto tecnológico desde la aparición de la luz, el teléfono, cada invento genera profundos cambios en las sociedades, lo que modifica su composición y sus modelos laborales. Y veremos cómo paulatinamente, en los próximos años, aparecerán cada vez nuevos empleos productos de la tecnología y desaparecerán otros oficios por la misma razón. Por ejemplo, la aparición de las computadoras, reemplazando las comunicaciones analógicas eliminó las máquinas de escribir, las máquinas de sumar, las cajas registradoras, los teléfonos con disco, las radios a válvula, los combinados y los videograbadores. Ni digamos lo que sucedió con la aparición de los celulares. Y con todo ello, todas las actividades que giraban alrededor de su fabricación, venta y reparación fueron historia. Y con ello muchos operarios, sin embargo se abren expectativas de quienes trabajan en base a los servicios de las nuevas tecnologías.
Lo mismo sucede en los diarios de papel, lo sabemos porque es nuestra labor. La aparición de portales de noticias en Internet, sin gastos ni regulaciones, compite deslealmente con las pesadas obligaciones y gastos de este tipo de medios tradicionales. Precisamente, los medios escritos, incluido el nuestro, tiene ya sus portales en la red social a fin de ir acompasando los cambios tecnológicos, en un doble juego que no deja de resultar caro pero necesario para la etapa de transición que vivimos.
La única forma de evitar estas crisis y desajustes laborales no consiste en adoptar medidas de fuerza ni hacer lobby para obstaculizar el uso de las nuevas tecnologías, lo que a esta altura es imposible de detener. A nivel laboral, para que lo que se debe hacer es fomentar el aprendizaje a las nuevas tecnologías y a las formas de interacción a través de Internet porque es la forma de adecuar la cuestión laboral a los nuevos tiempos con el menor sufrimiento posible y transformando una frustración segura en una nueva posibilidad. Nadie espera que la tecnología sea sólo expulsiva del empleo, sino que se logre reemplazar los antiguos trabajos por los nuevos.
Y para lograr que el avance no sea la panacea para unos y ruina per sé para otros, debe estar el Estado, regulando las nuevas apariciones ni bien se dan, llegando con su brazo para proteger a todos los actores de la sociedad, no solo a los usuarios y consumidores que al fin y al cabo- siempre tienen la potestad de elegir. En cambio, quienes hoy tributan para ejercer su actividad están en franca desventaja, no porque haya aparecido Internet sino porque el Estado mira para otro lado y genera las condiciones para que esa deslealtad comercial desaparezca, para que entre unos y otros no se miren con recelo (como sucede ahora con los taxistas) y no surja una nueva grieta social.
















