Noche de Reyes: la celebración pagana de una fiesta cristiana
“En estas fiestas nos vendría bien estar un poco en silencio para oír la voz del amor”. (Papa Francisco)
La teología bíblica da una versión del significado de “Los Reyes Magos” en las Sagradas Escrituras, que dista mucho de este evento infantilizado, más sociológico, naif y descafeinado, que espiritual. Nacido, pues, Jesús en Belén de Judá en los días del rey Herodes, llegaron de Oriente a Jerusalén unos magos diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? (Mateo 2,1-2). Al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra. (Mateo 2:11).
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El intelectualismo existencialista del ateo dirá que no hay evidencia científica de la existencia de los reyes magos y que los predicamentos de la Iglesia no son más que un conjunto ilógico de ideas y decires emanados de una larga tradición evolutiva de cultos religiosos, siendo por tanto la Epifanía un cuento simpático o una liturgia pagana. Muchos creen en Dios pero viven como si Dios no existiera y así, la Noche de Reyes es, en el mejor de los casos, un culto a la ilusión infantil. Es la contrariedad propia del hombre que lo invade y lo extorsiona cuando se aleja de la espiritualidad. Sin valores, sin principios y sin Dios nos acercamos a festejos que suelen acarrear esa contradicción: ornamentos exagerados, publicidad agobiante, pirotecnia, anuncios, ruido y aglomeración por las compras.
Los Reyes Magos travestidos en “viajantes de comercio” dejan atrás el relato bíblico, que desaparece en nombre del placer de consumir.
La felicidad de los chicos parece ligada a la posesión de objetos de consumo, a la inmediatez y el pronto descarte.
El encantamiento de los regalos es sólo eso, un encantamiento efímero prontamente reemplazado por otro juguete de última generación. Entonces, la celebración de la Epifanía se limita a abrir paquetes y comer rosca de Reyes.
De esta pobreza espiritual e intelectual y este desapego afectivo y cultural somos responsables los adultos, pues transmitimos a los niños el consumismo y el sinsentido. Es caer en un lugar común referir que hay chicos argentinos que no tendrán regalos esta noche de Reyes.
Según el Indec, un familia tipo necesita 1.700 pesos mensuales para no caer en la pobreza, entonces claramente no podrán comprar los objetos más preciados por los chicos, como los muñecos Max Steel o Monster High (500 pesos), una Barbie (400), algún Pet Shop (160) o las propuestas de Hello Kitty, (entre 200 y 600 pesos).
La psicología evolutiva da cuenta que jugando los chicos maduran y aprenden: en sus primeros años necesitan los juguetes más sensoriales; cuando va aprendiendo a andar y a hablar, empieza la etapa de los coches, bicicletas y muñecos; a los 3-5 años comienzan a meterse los cuentos; de 6 a 8 años los juegos de experimentos y manuales y así hasta que alcanzan la adolescencia con la que empieza la era digital. Lo grave es que muchas veces los juguetes reemplazan al juego sin que nadie lo advierta; siendo esto así, prontamente el juguete aburre y llama a otro juguete nuevo.
¿Será posible revertir este consumismo y sinsentido? Somos cuerpo, mente y alma, por eso todos portamos una inconsciencia espiritual por naturaleza. Seamos creyentes o no, hay, en cada uno de nosotros, una presencia ignorada de Dios, en el decir del Viktor Frankl.
El eminente neurólogo y psiquiatra austríaco, único sobreviviente de su familia que no sucumbió a campos de concentración, sometido a condiciones extremas de deshumanización y sufrimiento, escribió un libro memorable, “El hombre en busca del sentido”; allí explica que la primera fuerza motivadora del hombre es su lucha por encontrar un sentido a su propia vida, algo que no se inventa, simplemente se descubre en uno mismo.
Cuántos adultos no encuentran un sentido trascendente a su vida. Simplemente viven. Marionetas anestesiadas de los politiqueros de turno, los cortes de energía, la inseguridad, la búsqueda de los 100 productos básicos con precios acordados y anunciados por Capitanich, Costa y Débora Giorgi, con caras de no comprar nada de todo eso porque “ya tienen el bolsillo cuidado por otro lado” y una infinidad de calamidades estandarizadas más, así sólo atinamos a sobrevivir como se puede. Una situación límite, una vacilación ética, una crisis existencial, un desgaste ciudadano puede despertar nuestra parte más sabia: la conciencia. El hombre, ya sea en su peor bajeza o en su grandeza más elevada, sabe más de lo que le indica su intelecto o su intuición, ya que hay en él una espiritualidad inconsciente que está esperando ser descubierta para darle sentido a la vida y de paso ayudar a los niños a darle un sentido trascendente a esta noche de reyes con la presencia muchas veces ignorada de Dios.













