No vinieron…. ni van a venir
Si algo necesita cualquier economía para crecer es inversiones directas, las que llevan a la creación de empleos, introducen asalariados al mercado, quienes consumen y, en consecuencia, aumentan la recaudación del Estado para mejorar los números macro. Es lo que habitualmente se conoce como círculo virtuoso.
Siendo un país con tantas posibilidades a nivel productivo y con un mercado apetecible, la pregunta es ¿por qué no llegan inversiones a la Argentina? ¿Qué es lo que desalienta a los empresarios internacionales, e incluso a los nacionales, que optan por otros destinos para sus recursos y subsistencia?
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Las razones habitualmente mencionadas son que no hay seguridad jurídica, la existencia de sindicalistas mafiosos que desalientan el empleo y más recientemente, el retorno del kirchnerismo al poder.
En realidad, es un poco de todo eso, pero sobre todo no vienen las inversiones a la Argentina porque aquí la rentabilidad no es la esperada respecto del riesgo. Y en esta ecuación entran, además de la inestabilidad jurídica, los costos energéticos, logísticos y la presión tributaria.
Poniendo todos estos aspectos sobre la mesa, cualquier otro país se presenta como un mejor destino de inversiones que Argentina, literalmente cualquiera. Dicho esto por aquel resabio que tenemos los argentinos de considerarnos un escalón más arriba que el resto, especialmente de nuestros vecinos latinoamericanos.
También es necesario plantear que, aunque algunos crean lo contrario y se aferren a un pseudonacionalismo extremo, no hay economía viable a puertas cerradas: tanto necesitamos vender como importar, en este caso capitales inversores. Y para ello es menester dotar al país de ciertos estándares.
A la hora de cubrir estos requisitos de mínima, el mayor escollo es, sin lugar a dudas, la cuestión de la seguridad jurídica, esto es, la existencia de leyes que protejan al inversor, real control y eficiente aplicación de las mismas. En nuestro país es imposible asegurarle a un inversionista que en el tiempo que debe transcurrir entre el día que coloque su primer dólar aquí y el último en que recupere el capital invertido e intereses, no vaya a cambiar el gobierno de turno de una derecha o centro derecha a una izquierda rabiosa o centro izquierda al tipo de los países nórdicos. Con todo lo que ello implica. Por ejemplo, ya tenemos el antecedente del cepo 2012 que no permitía a los inversores retirar su propia ganancia. Con este historial, que ahora puede repetirse, ¿qué inversor en su sano juicio invertiría aquí? Y lo que es peor, ni los nacionales quieren ya hacerlo. Hablamos de grandes escalas, por supuesto, y no del pequeño inversor que apuesta su capital en la proximidad. Aunque éste, en realidad, también está reculando y optando por otro tipo de destino para asegurar rentabilidad. En estos casos, lo hacen mayormente por la presión tributaria y el enorme peso monetario y jurídico de tener empleados a cargo.
Esto que decimos es para un inversor decente, que debe esperar 20 ó 30 años para recuperar lo invertido. No les ocurre lo mismo a los inversores buitres, esos que hoy ponen su dinero donde más renta les da y mañana lo retiran ante la más leve sospecha de peligro, por cuanto saben que tienen jueces neoyorquinos que les cuidan sus espaldas, como ya conocemos los argentinos.
Ese primer punto, el de la seguridad jurídica, no lo pudimos garantizar nunca, ni lo podremos hacer, ya que depende de muchas cosas, no solamente del gobernante de turno. Y si muchos argentinos tienen sus caudales en el exterior, ¿cómo vamos a convencer a extranjeros que traigan los suyos?
Quizás el segundo punto, el sindicalismo mafioso, sea una traba para que llegue el capitalista inversor pero no un impedimento total, ya que se sabe que es mucho más poderoso el capital que el trabajo. Si no veamos quién ha subsistido, ¿el capitalismo o el comunismo? Está más cerca del gobernante en cualquier democracia, el inversor antes que el sindicalista.
Que se mencionara el regreso del kirchnerismo al poder como tercer factor de alejamiento de las inversiones tiene que ver con los dos primeros. No hace falta aclarar que con Macri tampoco se produjo la esperada lluvia de inversiones, justamente porque aunque en el mundo había expectativas, como las teníamos los argentinos, las mejoras prometidas no se cristalizaron. Y si ahora se alejan todavía más esas posibilidades es porque se sabe que un gobierno de corte populista menos aun encarará las reformas necesarias para promover la seguridad jurídica, los menores costos logísticos y laborales. Pensemos por un momento: si dos graves problemas son la logística, por las largas distancias, el costo del combustible, la infraestructura de rutas; y el costo laboral ¿podemos esperar que un gobierno peronista logre del sindicalismo los cambios que el mundo inversor espera? Vaya como respuesta la actitud de los camioneros afiliados a la Catac, días pasados en Junín, cuando impidieron el paso de los trenes, enojados porque la firma Nidera dejó de utilizar exclusivamente los camiones para optar por el tren, más económico, seguro y ecológico.














