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No importa cuántas sino a quiénes

28 de marzo de 2021 a las 12:00 a. m.

Desde que se autorizó el uso de emergencia de varias vacunas contra el virus Sars-COV-2, causante del Covid-19, la vacunación en Argentina se planteó como una épica y en torno a ella- más allá de los escándalos públicamente conocidos- comenzaron a construirse mensajes contradictorios y falsas certezas que no hacen sino incrementar la confusión.

Con la amenaza de que nuevas variantes del virus se instalen en el país, generando la temida segunda ola de Covid, el ritmo de la inmunización es lento y la realidad, contra cualquier propaganda, demuestra que se trata de un recurso escaso y que ha habido dificultades en la gestión al momento de procurar la cantidad necesaria para cumplir objetivos en los plazos que habían sido anunciados. Lo que circunda al tema es una danza de argumentos y contraargumentos que no hacen sino seguir abriendo grietas allí donde deberían cerrarse discusiones para abordar con pericia y responsabilidad las cuestiones sanitarias.

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En primer lugar, desde el propio Estado se habla de la vacuna como una herramienta para evitar la propagación del virus, cuando en verdad hasta donde ha mostrado la ciencia, sigue sin estar claro que las vacunas en uso sirvan para frenar el contagio. Lo que existen son pruebas de que evitan formas graves de Covid-19 y por consiguiente morigeran la severidad del impacto en el sistema inmunológico de quien está inoculado. Pero de ningún modo el estar vacunados evita el contagio ni constituye el pasaporte a la vida tal cómo la conocíamos antes de la pandemia, algo que se ha instalado en el imaginario social fruto de los mensajes que circulan al respecto, sustentados en argumentos que políticamente buscan instalar la idea de éxito cuando los resultados aún no pueden medirse con rigor.

Una buena parte de la ciudadanía alberga el convencimiento de que acceder a la vacuna los exime de la posibilidad de enfermar, y por consiguiente los excluye del hábito de cuidado que debe mantenerse para preservar la salud individual y colectiva.

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De igual manera la estrategia que se ha elegido para comunicar los alcances del plan de vacunación y el discurso grandilocuente que se emplea solo agrega confusión y ansiedad en una buena parte de la población que aún aguarda recibir su dosis. Y esto contribuye a que en la desinformación se vaya corriendo la mirada del criterio que se está aplicando para decidir el avance del plan de vacunación más grande de la historia del país.

No se entiende por qué hubo tantas demoras en vacunar al personal de salud ni la razón por la cual se produjeron tantas desprolijidades en este proceso que debiera haberse desarrollado con la máxima celeridad posible, atendiendo al hecho que los agentes sanitarios son los más expuestos al riesgo del contagio.

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Tampoco fue explicada la razón por la cual sin haber concluido esa etapa se iniciaron otras, no menos importantes. Y aquí el criterio volvió a resultar prácticamente inexplicable. Hay dudas respecto de cuáles son las razones objetivas por las cuales personas que trabajan en ámbitos administrativos, en las escuelas o en algunos organismos del Estado, sin comorbilidades, estén siendo vacunadas a un ritmo que no fue el mismo que siguió la inmunización de adultos mayores que son los más susceptibles y a los que habría que haber vacunado en su totalidad si la gestión y consecuente provisión de las vacunas hubiera sido la apropiada.

Cuando vemos el orden de prioridades establecido, que incluyó por ejemplo a la totalidad del ámbito educativo, es que advertimos que la falacia se sique extendiendo y alcanzó al operativo mismo. Las vacunas están aprobadas para proteger a sistemas inmunológicos frente al Covid-19; hablando llanamente, para evitar que el virus lleve a la muerte a los más débiles, no para evitar la propagación. Si hablamos de débiles, hablamos de adultos mayores y personas de toda edad con patologías pre existentes. ¿Cómo cuadra un docente en sus 30 y sano para ser prioritario en la vacunación? ¿Qué diferencia a un docente de un cajero de supermercado? 

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Resulta por lo menos incomprensible que se privilegie a personas que incluso estando expuestas a la posibilidad del contagio trabajan en lugares donde se aplican estrictos protocolos, como lo son las escuelas (con aforo reducido garantizado) y se desatienda a personas con patologías que deprimen su sistema inmunológico y tienen altas chances de cursar cuadros graves de la enfermedad si contraen el virus.

En la línea de este argumento, o ha sido muy amplio el rango de aquellos segmentos poblacionales considerados estratégicos, o no se han explicado adecuadamente los criterios que se siguen para la asignación de turnos y el establecimiento de prioridades. Toda la comunicación en torno a la vacuna guarda un tono condescendiente al poder, que se condice con el modo en que ha sido planteada la estrategia de inmunización que por alguna razón se montó en forma paralela a la capacidad instalada en materia de infraestructura y recursos humanos disponibles en el propio sistema de salud que no fueron consideradas ni aprovechadas para ampliar la red de vacunación.

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Lo señalado de ninguna manera pone en duda la transparencia del sistema, ni va en detrimento de la vacunación y su importancia. Solo apunta a marcar algunos interrogantes que surgen de observar cómo se está administrando un recurso mundialmente escaso.

En este escenario, comienza a resultar necesario no solo saber cuántas vacunas se reciben y cuántas personas son vacunadas sino tener precisiones respecto del modo en que se establecen prioridades. Eso daría previsibilidad al proceso y lo dotaría de mayor claridad.

¿Que la publicidad señale que hay más vacunados que contagiados en la Provincia de Buenos Aires es argumento suficiente para pensar que se le va ganando la batalla al coronavirus? ¿Se busca lograr la inmunidad de rebaño? ¿Se alcanza ese objetivo con esta estrategia que por momentos marcha errática?

Pocas intervenciones oficiales en materia informativa intentan responder a estas y otras preguntas. Como si el poder se hubiera encolumnado detrás de una estrategia comunicacional más propensa a la imagen que a la palabra como expresión de las ideas.

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La carta firmada por el gobernador Axel Kicillof envía a cada uno de los bonaerenses vacunados en señal de agradecimiento “por haber puesto el hombro de manera solidaria” es apenas una muestra de ello. Un gesto que a lo sumo es una buena estrategia para el marketing político, pero no representa tanto en términos sanitarios si el mensaje que se construye es ese que sugiere que solo con poner el hombro alcanza.

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