No es la campaña que nos merecemos
Vivimos una campaña electoral que nada tiene que ver con lo que vamos a votar -legisladores- ni vemos postulantes que nos digan a los ciudadanos qué piensan hacer cuando se sienten en la banca, una vez que nosotros mismos los empoderemos.
Por el contrario, todo este proceso electoral que estamos atravesando se va construyendo sobre la base de lo que va sucediendo en el día a día, pero siempre para retocar una grieta que terminó siendo el gran negocio electoral del Gobierno y en buena parte también del kirchnerismo.
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Los candidatos a legisladores van, así, detrás de las noticias del día, decimos, pero politizándolas de modo tal que aun las buenas novedades quedan en cierto modo opacadas por el clima de sospecha respecto de que muchas noticias se produzcan ahora porque estamos en campaña. Cada cosa que sucede es bien recibida por los votantes macristas y mal vista por los kirchneristas según el tema. Tanto que la grieta parece haber superado, en esta etapa claro, el sentir como ciudadano respecto de lo que nos conviene o no que nos pase como país, ubicando las novedades según convenga electoralmente al grupo al que se adhiere. En una síntesis de la actualidad, mayormente cada elector ya tiene definido su voto y cada candidato se dedica a hablar de la noticia de turno. Nadie escucha concienzudamente y nadie habla de lo que tiene que hablar: proyectos de ley.
Además, este comportamiento de la sociedad respecto de la información, fomentado febrilmente desde la dirigencia política en pos de su conveniencia, nos dejará inmersos en un sopor político que no nos permitirá ver claramente la realidad de lo que estamos viviendo, tanto sea lo positivo como lo negativo y lo que es más peligroso aún, estamos estirando en el tiempo una dicotomía y un enfrentamiento entre argentinos que más temprano que tarde no traerá nada bueno.
En estos días de campaña, los temas no son las propuestas sino, por ejemplo, los nuevos números de la economía que muestran una mejoría que esperemos sean sustentables en el tiempo; el escándalo por la prisión del sindicalista platense Pata Medina y su familia por lavado de dinero entre otros delitos; la llegada a juicio oral del exministro Julio de Vido por la tragedia de Once y los avances en la causa Nisman. Todas cuestiones que seguramente iban a suceder en algún momento (y está bueno que sucedan), pero al producirse durante la campaña electoral, tras muchos años en los cuales se fueron postergando, sobrevuela un clima denso de sospecha de haberse la Justicia despertado de golpe, con causas que pisaron mucho tiempo, para ser funcionales al oficialismo. También se puede interpretar que durante tiempos kirchneristas la presión era tal que poco se podía avanzar. De nuevo: la interpretación queda por cuenta de cada uno y carente de objetividad.
Mientras el oficialismo echa mano a todas estas noticias que complacen a su ya definido electorado, la candidata bonaerense Cristina Kirchner sustenta su campaña agitando el fantasma de un brutal ajuste poselectoral. Concede entrevistas como nunca antes y hasta habla de la corrupción que, admite, hubo en su gobierno pero que circunscribe a hechos aislados que ella denosta. El resultado es el mismo que obtiene el oficialismo: complace a su electorado y los críticos la siguen criticando.
Si cada uno les habla a los suyos sobre lo suyo -lo hecho y el presente- y no hablan de lo que harán en el Congreso, Sergio Massa queda fuera de este juego. Y justamente es solo él quien, guste o no, intentó realizar una campaña propiamente dicha, en la que se escuchen propuestas. Pero al verse tan acorralado terminó haciendo spots de publicidad endureciendo el discurso y atacando al macrismo y al kirchnerismo por igual. Ni los que gobiernan para los ricos ni los corruptos del pasado es la idea que machacan.
En el altar de la grieta se está sacrificando la campaña de ideas que hubiese sido la que corresponde, la que merecemos los argentinos, los que al fin hemos caído irremediablemente en la trampa de la grieta que ha partido la sociedad en dos, ha llevado a roturas familiares, a pérdidas de amistades. Y las elecciones de octubre, en lugar de un comicio de medio término daría la impresión que será una votación solo para reafirmar de qué lado de la grieta estamos parados. Esto implica, por otra parte, que a esta altura nadie cambiará su voto si es K o es M como se simplifica hoy las dos veredas. Lo único que se ha movido son votos de Sergio Massa y de Florencio Randazzo que han terminado, según las últimas encuestas, perdiendo votos a manos de un sector y otro de la grieta.
La polarización se ha devorado la capacidad de los ciudadanos de aprovechar una elección de medio término para elegir en positivo, es decir por aquellos dirigentes que más nos gustan, no votando para evitar que gane uno u otro, que es el sentido último de la grieta. Un lujo electoral que muchas veces nos cuesta darnos en los comicios ejecutivos porque la elección de presidente y más en países como el nuestro que tienen segunda vuelta, están preparados para que en esa segunda etapa se dé una polarización necesaria.
Por eso decimos que estamos atravesando la campaña que no nos merecemos, que nos debieran el respeto de exhibir propuestas y no eslogan, debiéramos estar debatiendo ideas y no peleando por en qué vereda de la calle nos ubicamos.











