Néstor “Tito” Martelotto: un futbolista de alma, apegado a la familia y a sus amigos

Fue un conocido jugador de fútbol en su juventud y hoy bromea con su oficio de repartidor de agua: De futbolista, ahora soy aguatero. Durante su vida supo adaptarse a cada circunstancia. Conserva a sus amigos de la infancia, con quienes se reúne, rinde culto a la familia y se reconoce como un hombre feliz.
Néstor Tito Martelotto tiene 63 años, vive en el barrio 25 de Mayo y trabaja en la empresa Pracilio distribuyendo agua. Nació en el barrio Acevedo, en calle Laprida, donde vivió en su infancia junto a sus padres Hipólito y Elvira y su hermano mayor Julio. Vivió allí hasta que se casó. Fue a la Escuela Nº 4 y más tarde a la nocturna en la Escuela Nº 1. Todos los recuerdos de su infancia tienen que ver con la pelota. Las tardes transcurrían entre amigos, en la calle jugando al fútbol. Esas vivencias están intactas en su memoria no solo porque las conserva desde entonces, sino porque las alimenta en el contacto permanente con sus amigos de la infancia. Hasta el día de hoy seguimos reuniéndonos, comemos un viernes cada quince días y nos juntamos todos los sábados en Los Naranjos; hace 55 ó 60 años que estamos juntos.
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Néstor trabajó desde chico. A los 12 años entró como cadete en la Farmacia Tassarolo. Allí fue donde me enseñaron a trabajar. Tengo muy buenos recuerdos de ese trabajo. Aprendí una cultura. Tassarolo era un hombre muy correcto, aprendí mucho de él y lo que viví en aquella experiencia laboral luego lo adopté para mi vida, refiere, agradecido.
Teniendo 14 años se dedicó a ayudar a su padre que tenía una fábrica de escobas y en el tiempo que le quedaba libre comenzó a desarrollarse en lo que fue su pasión: el fútbol.
Jugué hasta los 28 años. Estuve en varios clubes. Como vecino del barrio Acevedo haber jugado en Douglas Haig fue un honor, refiere. Y cuenta que fue el único jugador que pagó la entrada el día que iba a empezar a jugar en primera. Debuté en la primera división de Douglas Haig en un torneo nocturno que se hacía en la cancha de Compañía. Pagué la entrada con mi compañero Adalberto Pereyra. Allí Héctor Dinardo me dijo que habían faltado dos jugadores y me preguntó si quería jugar: así empecé en primera, a los 14 años. Hice el gol, ganamos y después ganamos el torneo.
Comenta que jugó en Douglas hasta los 19 años. Y él mismo compró su pase cuando fue a Independiente -el club de sus amores-. Eran épocas de gloria. El primer representante que tuve fue Daniel DElío; compré el pase en Douglas, que me costó cinco pesos; lo vendí a nueve pesos y jugué cinco años en el Club Sports. Después jugué regionales con Sports, Juventud y Douglas.
Aunque reconoce que ganaba algún dinero por jugar, confiesa que en aquel tiempo lo hacía por la emoción que ello significaba. Jugar al fútbol era lo que más le gustaba y cada partido era una demostración de lo que él podía dar dentro de la cancha. Jugaba de 10 y adelante, siempre me manejé como un delantero pensante, tenía buena pegada, de derecha e izquierda.
Su carrera deportiva se truncó por una lesión. Se quebró en un partido en un choque con el arquero, le costó tiempo recuperarse. También sufrió Mal de los Rastrojos y todas esas circunstancias fueron cambiando sus decisiones. Por aquel tiempo ya se había casado y estaba organizando su familia.
Me costó mucho volver a estar en forma, fue un año durísimo, salí adelante luchándola mucho; volví a jugar pero al tiempo sufrí una lesión mayor, me quebré, tuve que someterme a una operación y fue una lesión más difícil de resolver, relata.
Dedicado al comercio
Retirado de las canchas, comenzó a poner sus energías en su trabajo como vendedor. Toda la vida me dediqué a ser vendedor. Me inicié con Horacio Alonso, que me llevó a trabajar en Hijos de Evaristo Alonso. Hice los cursos de venta, tuve un gran amigo que me enseñó a trabajar en ventas, que fue Alejandro Fava.
También trabajé como cartero en el Correo, pero en gran parte de mi vida estuve abocado a la venta de comestibles.
Luego de Aguila Saint, firma de la que fue representante en la zona, ingresó como vendedor en Molinos Río de la Plata. Estuve trece años trabajando allí, viajando mucho.
Con el tiempo surgió la posibilidad de comprar un supermercado. Así nació Súper Tito en San Nicolás Norte, en el local que históricamente había funcionado La Estrella y más tarde Gurí Centro.
Súper Tito era yo, cuando compré el supermercado no sabía qué nombre ponerle y le puse el de mi apodo, cuenta y sostiene que fue una experiencia de mucho aprendizaje. Después vino una crisis muy grande del país, estuve hasta después de la inundación de 1995 y cuando se vino la debacle lo cerré.
En la actualidad trabaja en Pracilio. Del fútbol pasé a ser aguatero, no es un detalle menor, bromea y con esa referencia muestra el rostro de una persona que sabe adaptarse a todas las circunstancias. Sé adaptarme a todo, eso lo aprendí desde chico y lo capitalicé para toda la vida.
En familia
Asegura que la familia es el sostén de su vida. Está casado con Catalina Margarita, una mujer a la que conoció siendo una niña. Ella tenía nueve años, yo era amigo de su hermano. Quería bailar conmigo, pero yo que tenía 15 la veía como demasiado chica. Pasó el tiempo y en un baile de Carnaval podríamos decir que ella me encontró a mí porque yo no la conocí. Había pasado el tiempo y ella había crecido, bailamos, nos pusimos de novios y desde ese día estamos juntos. Nos casamos cuando ella tenía 18 años.
Se reconoce como un hombre feliz y señala que su matrimonio funcionó en gran parte por la forma de ser de su mujer. Ella es el eje principal, la mujer es el sustento del hombre y el éxito de una pareja depende en parte de cómo ella sepa llevarlo. Mi esposa es una mujer muy especial, ha sabido acompañarme en todo, y nos conocemos tanto que alcanza con mirarnos para saber lo que piensa el uno del otro.
Tienen cuatro hijos: Luciano Gastón, Vanesa Alejandra, Evangelina Paola y Lucía María. Todos tienen su vida organizada, cada uno con su familia y con sus hijos. Tengo nuera, yernos y nietos increíbles. Somos todos muy familieros.
Es abuelo de diez nietos: Valentina, Agostina, Catalina, Lucas, Santino, Sol, Victoria, Josefina, Milo y Emico. Su hijo varón está radicado en el exterior, es doctor en Biología y se dedica a la investigación del cáncer de pulmón. Fue difícil para nosotros tenerlo lejos, sobre todo para la madre, pero a la vez es una experiencia muy satisfactoria porque disfrutamos mucho de los avances de su trabajo, cuenta.
Luciano vivió en Australia, ahora está en Nueva York y gracias a él hemos tenido la posibilidad no solo de conocer otros lugares, sino de interiorizarnos de lo que él hace en la lucha contra el cáncer. Nos ha ayudado a comprender cosas que no sabíamos y estamos muy orgullosos de la tarea que está realizando, agrega y enseguida afirma que sus hijos el que está lejos y las que están acá son el pilar de su vida. Estoy muy contento con mis hijos, las chicas son extraordinarias, somos todos muy familieros y compartimos nuestra vida juntos. Mis hijos son todo.
Futbolero, de ley
Confiesa que cuando no está trabajando disfruta de jugar al fútbol. Jugamos en los torneos Maristas, en la cortada de Güemes, la pasamos muy bien y estoy muy agradecido porque siempre me hacen participar, incluso algunos de mis compañeros de equipo son más jóvenes. El fútbol es para mí una pasión; me gustó desde siempre; de chico vivía con la pelota.
Como será mi vocación que me casé un 20 de febrero y después de la fiesta me fui a jugar un regional con Juventud en Tres Arroyos. Así que el viaje de bodas fue después, recuerda.
Se reconoce hincha de Douglas Haig, aunque es simpatizante de todas las instituciones en las que jugó. También es hincha de Independiente, el club de sus amores. Tuve la oportunidad de ir a jugar afuera, en la época de Lucini, una persona adelantada que vio el fútbol como un negocio, me quería llevar a México, pero estaba recién casado, me costaba despegarme de todo. También quisieron llevarme a Rosario Central y a Huracán.
No me arrepiento, porque fueron decisiones de vida. Aquí tuve una buena carrera deportiva, jugué en la Selección de Pergamino con muchachos espectaculares. Cuando jugué en Gimnasia, fui compañero de Hugo Apesteguía. Recuerdo que me quebré el brazo y me ayudaron a pagar la operación. En cada institución en la que estuve me sentí muy reconocido y he cosechado muy buenos amigos y mucha gente conocida.
Un agradecido
Tanto en lo laboral como en lo deportivo, Tito se muestra agradecido a la vida. El que tiene más de 50 años sabe que he jugado y quizás me recuerda. Otros quizás se sorprendan con esta nota porque me conocen como el que les vende el agua, refiere y se considera un afortunado. Me levanto a las 5:30, porque al que madruga Dios lo ayuda, llevo a mi esposa a trabajar a Clic; luego hago el reparto y disfruto del trabajo que realizo porque me gusta el contacto con la gente.
Convencido de que uno ama el lugar en el que nace, confiesa que le gusta su condición de pergaminense. Amigo de los amigos, respeta como un ritual el encuentro con ellos. Algunos son de la infancia, otros del fútbol. Todos son de la vida. Me gusta juntarme con Adalberto Pereyra, Ruly Defrancesco, Yoyi Escabosa, Raúl Susán, Nelson Díaz y Hugo Bergolo. También con Eduardo Chale, los hermanos Picarelli, Miguelo Leiva, Carunchio y Roberto Defrancesco. Y compartir los partidos de fútbol con Chulita, Watfi, Filomeno, Perversi, el Negro DElío, Palacio, Alorda y muchos más.
Afirma que la mayor enseñanza que le ha dejado el deporte es ser sano de mente y en ese bienestar disfruta de su presente y fantasea con una vejez rodeado de nietos. Lo único que me quedó pendiente es haber llegado a ser un profesional en el fútbol. Me hubiera gustado para saber hasta dónde tenía un techo. Pero no me arrepiento. Estoy satisfecho con la vida que he llevado, con lo que me ha pasado, lo que he sufrido; estoy contento, concluye.

















