Nélida Falótico viuda de Lanzillotta, dueña de una historia de vida sencilla
Nélida Falótico, entre sus vivencias destaca su experiencia en Annan.
(LA OPINION)
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Desde hace un tiempo Nélida Inés Falótico, viuda de Lanzillotta vive sobre avenida Pellegrini, en una casa que aunque ella define como “pequeña” está escoltada por la de sus hijos, lo cual la transforma en un ámbito siempre rodeado de familia y afectos. Recibe la entrevista confesando que está nerviosa por lo que le propone el diálogo con relación a hacer un recorrido por su vida. Sin embargo, está preparada para hacerlo y en todo momento se muestra dispuesta.
La charla se desarrolla en la casa de uno de sus hijos, donde, cuando el diálogo termine, va a jugar “un partidito de chin chón con mis cuñadas y amigas”. En las manos trae el mazo de cartas que dispone sobre la mesa del comedor. Está emocionada, como si guardara sentimientos que sabe se van a expresar en su testimonio. Tiene 80 años, nació en Rancagua, en la Estancia “La Cholita”, el 27 de mayo de 1933. Vivió allí hasta los 3 ó 4 años, cuando sus padres se establecieron en Pergamino, en Balboa y México, un lugar del que guarda los recuerdos de su infancia y juventud.
“Allí viví hasta que me casé”, asegura.
“Fui a la Escuela Nº 53, la ex77, era un tiempo en el que la infancia era sencilla, tengo buenos recuerdos de aquel tiempo”, refiere.
Sobrenombre entrañable
A Nélida todos la conocen como “Porota”. Cuenta que tiene ese apodo desde pequeña, gracias a una de sus tías, Ema, que tenía adoración por ella. “Tiene 94 años y vive en Buenos Aires, la quiero con locura y la voy a visitar cada vez que puedo.
“Dicen que fue ella la que comenzó a llamarme así cuando me vio con un vestido rosa que me había regalado, empezó a decirme ‘la porotita de la tía’ y ahí me quedó el sobrenombre.
“Mi mamá me decía ‘la Cholita’ por el lugar donde había nacido, pero con ‘Porota’ es con el que me identifico”. En el relato confiesa su amor entrañable por esa tía que tenía casi 15 años cuando ella nació. También menciona a su otra tía “Susi” que falleció el 4 de febrero de este año.
Su familia
“Porota”, como la llaman todos, conformó su familia con Pedro Lanzillotta “Picha”, un hombre del que se enamoró “de tanto verlo” y con quien se casó cuando ella tenía 29 años. Tuvieron una historia de amor simple, fruto de la cual nacieron sus hijos: Eduardo y Mario.
Es viuda desde hace nueve años. La muerte de su compañero fue para ella una pérdida irreparable que menciona en varios momentos de la entrevista. Pero se contenta con la posibilidad de disfrutar de sus nietos: María Paz, Tomás, Lucía, Pedro y Ticiana.
“Para mí es increíble tener nietos, porque no pensaba llegar a tenerlos, ya que me casé grande, teniendo 29 años y tuve a mis hijos a los 35 y a los 37; pero Dios me regaló este privilegio”.
A pesar que reconoce que la muerte de su esposo la enojó con todo porque pensó que la vida iba a darle la posibilidad de “disfrutarlo un poco más”, se confiesa como una mujer de fe y asegura que Dios “me dio todo lo que le pedí”.
La fábrica
Casi 30 años de la vida de Nélida estuvieron ligados a la histórica Fábrica Annan de Pergamino. Eso la transforma a “Porota” en parte de algo que definió una identidad para la ciudad. “Cuando cumplí 15 años mi mamá me mandó a trabajar allí, estuve 29 años, empecé como operaria, luego fui encargada durante 15 años y más tarde volví a la máquina porque me gustaba más y me convenía más”, cuenta.
“Conservo muchos recuerdos de aquel tiempo, muchos buenos y algunos de los otros, como en cualquier trabajo”, señala y asegura que “teníamos que cumplir un horario religiosamente y no habían las comodidades que se tienen ahora, a veces era difícil llegar, éramos todas muy jovencitas, mi papá nos subía en el carro y nos llevaba hasta la puerta, recuerdo que nos daba un poco de vergüenza llegar así con él, pero no teníamos otra manera”.
Aprendió el oficio de “costurera” por sugerencia de su mamá Carolina Valente de Falótico, que siendo ama de casa, siempre la impulsó a que trabajara y se forjara un futuro. “Ella me mandó a estudiar corte y confección con la señora de Trotta, porque quería que entrara en la fábrica que en aquel tiempo estaba en pleno auge”, relata y confiesa que en realidad su mamá había querido que ella estudiara enfermería “pero yo no hubiera podido hacerlo, porque nunca me gustó”.
Su papá, Vicente Donato Falótico tenía un horno de ladrillos. “Mis padres eran de una generación de gente que honraba las rutinas del trabajo, siempre nos dieron buenos ejemplos a mí y a mis hermanos José Nicolás - fallecido- y a Italo Raúl”.
Cuando se retiró de la Fábrica Annan durante un tiempo se dedicó al armado de prendas en su casa, que le llevaban los talleristas, pero después se dedicó a la vida en el hogar, junto a su compañero de existencia.
“Durante algún tiempo me traían polleras, yo las armaba en casa y hacía las terminaciones”, relata.
Un amor sencillo
Porota se emociona mucho cada vez que menciona a Pedro, su esposo. “¡Qué cosa más linda cuando lo conocí!”, exclama.
“Cuando falleció el papá de él yo iba a la Escuela, tenía que pasar por calle Balboa, tomaba la Plaza San Martín y luego la calle de mi suegra, y entre tantas idas y venidas por el mismo lugar lo conocí y me enamoré.
“El trabajaba en Obras Sanitarias y en Mariano Acosta, y se apuraba a pasarme a buscar para que yo no llegara tarde a ningún lado”, cuenta.
Tuvieron una historia de amor simple, pero verdadera. Cuando se casaron se fueron a vivir a Balboa y Monteagudo y más tarde construyeron su casa en Italia y Balboa. “Ahí viví hasta que me vine acá hace apenas seis meses porque ya no podía estar sola”.
La muerte de su esposo sucedió hace nueve años, pero “Porota” tiene presente ese 6 de abril de 2004 como si hubiera ocurrido ayer. “Yo estaba convencida de que se iba a recuperar, pero no fue así, el último tiempo había estado enfermo porque había sido fumador durante muchos años, después dejó y comenzaron todos los problemas porque su corazón estaba muy desgastado.
“Nuestra vida juntos fue divina, fuimos muy compañeros y él era un hombre muy bueno, cualquiera que pregunte quién fue Pedro Lanzillotta encontrará una buena respuesta y se dará cuenta con quién estuve casada”, afirma con la satisfacción de haber compartido con su hombre gran parte de la vida.
Su presente
Actualmente, rodeada de hijos, nueras (Luciana y Julieta) y nietos, “Porota” transcurre sus días entre rutinas sencillas. “Me gusta estar con ellos porque no me llevo muy bien con la soledad, no me gusta para nada estar sola y siempre prefiero estar acompañada”, confiesa y asegura: “Mis nueras son buenas, no tengo nada que decir, cuando necesité algo estuvieron y me ayudaron y estoy segura de que cuando necesite algo en el futuro las voy a tener porque soy una persona que me brindo toda”.
Con respecto a su cotidianeidad, reconoce que “ahora no me gusta hacer nada de lo que hacía antes, cocinar, limpiar eran tareas que me gustaban con locura, pero ahora no se me da por hacer nada, no sé si es vagancia o que estoy enojada por todo”.
Sus palabras encierran cierta impotencia por las pérdidas y algo de tristeza. “Cuando Dios se llevó a mi esposo, se llevó la mitad de mi corazón”, afirma.
Aunque se define “enojada”, sigue confiando en Dios y en sus designios y acepta con humildad su voluntad. “Creo en Dios, soy religiosa, cuando era chica iba con mi mamá a rezar el santo rosario a la iglesia, hoy eso ya no se usa tanto, pero yo igual tengo muchos rosarios y rezo, siempre tengo colgado uno en el respaldo de la cama y guardo los libros de comunión de mis hijos, son costumbres de antes”.
Esa fe la reconforta y le ayuda a sobrellevar algunos pesares como ciertas dificultades de salud. “Tengo diabetes y sufro de depresión, pero tengo médicos como los doctores Bustos y Sánchez que me llevan muy bien”.
Se anima cuando los nombra y enseguida cuenta que le gusta mucho salir. Sus compañías incondicionales son Coca, Romilda, Hilda, Haydé, Beba y Elena (“China”).
“Somos de juntarnos los domingos para almorzar y algunas veces salimos, a mí me gusta mucho escuchar folklore y tango, antes bailaba cuando salía con mi marido, pero ahora sólo me conformo con disfrutar de la buena música escuchándola.
“También nos gusta jugar a las cartas y la pasamos muy bien juntas”. Esos afectos son también para “Porota” sus compañeros de viaje. Viajar es una actividad que siempre le dio mucho placer. “Con mi esposo viajábamos muchos, conozco todo el país y a algunos lugares como Cataratas y Merlo fui varias veces; ahora con amigas viajamos siempre que podemos.
“A mi marido no sé si le gustaba viajar, pero sabía que a mí sí y como siempre me daba todos los gustos, allí donde yo quería, allí íbamos”, agrega agradecida.
Superar las pérdidas
“A medida que van pasando los años, uno va teniendo que sobrellevar las pérdidas”, asegura “Porota” con el recuerdo siempre presente de los que “ya no están”.
“Creo que me enfermé porque fui acumulando muchas cosas, la muerte de mi mamá, de mi papá y de mi hermano fueron muy importantes para mí; tanto mi mamá como mi papá murieron estando conmigo; cuesta reponerse de eso; pero sin dudas el fallecimiento de mi marido fue peor, porque él era mi compañero, yo llegaba a casa y ahí estaban mi marido y los chicos, de repente me fui quedando más sola”, refiere.
Nélida tiene los ojos celestes y brillan mucho cuando está a punto de llorar. No disimula la emoción. Por el contrario, la señala y asegura: “Hoy lloré porque esto de contar cosas sobre la vida de uno remueve muchas emociones, pero es saludable llorar de vez en cuando porque uno se desahoga, si no reventaría.
“El doctor Bustos me lleva bastante bien. Hacía mucho que no lloraba y llorar de vez en cuando hace bien.
Confiesa que ya no tiene sueños pendientes, porque “todo lo que soñé se me cumplió”.
“Cuando tenía a mis hijos chicos, pedía que Dios me diera vida para verlos grandes; pedía que encontraran su camino y lo lograron; después pedí que se casaran para que tuvieran una compañera y ambos lo hicieron; tuve la dicha de conocer a mis nietos, de tener dos pares de nietos mellizos; qué más podría pedirle a la vida”, señala y cuando hace ese recorrido vuelve a emocionarse.
“Hacía mucho que no lloraba”, reitera cuando ya casi termina la entrevista.
Las anécdotas que relata en el final de la charla, la contención que recibe de los suyos demuestra que esas lágrimas afortunadamente no son de tristeza, más bien son la expresión de la emoción de quien teniendo 80 años vividos, no pierde la capacidad de asombrarse por las dichas del presente y añora la felicidad de un pasado reciente que la tuvo como protagonista.


















