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Nadie quiere pagar costos políticos hasta que la cuerda se corta

02 de abril de 2014 a las 12:00 a. m.

Una de las problemáticas de la política argentina desde siempre es evitar tomar decisiones que tengan costo político, aun cuando sean necesarias y así es como, más de una vez, se producen esas caídas de la economía, que al que no está atento se lo lleva el vendaval. Y aquello que no se quiso hacer –por su posible repercusión en el apoyo electoral- finalmente debe realizarse por colapso y en el peor momento: el de la inflación y las “vacas flacas”.

Nos sucedió, sin ir más lejos, con el uno a uno; cuando el modelo de la paridad peso dólar cumplió su ciclo y nos dejó en medio de un período auspicioso de crecimiento, el menemismo no quiso pagar el costo que implicaba dar de baja a esa medida económica que Cavallo había planteado como temporal, es decir como un medio (para salir de la hiperinflación) y no como un fin. Luego llegaría Fernando de la Rúa, que tampoco se animó a sacarle ese “caramelo” a la gente, si bien el modelo no daba para más. Entonces, sobrevino el desastre y Eduardo Duhalde tuvo que hacer una devaluación salvaje, cuando tomó el Gobierno en medio de la peor crisis económica y política de nuestra historia reciente.

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El kirchnerismo, habida cuenta que había tomado el Gobierno en una situación muy crítica, comenzó con los subsidios al gas, la energía, los transportes, la nafta y el gas-oil. Y más allá de que estos beneficios fueron universales, de modo que los aprovechaban los sectores de bajos recursos y también los de altos, eran momentos de enormes dificultades para sacar al país del pozo.

Y como decíamos al comienzo, cuando el país empezó a crecer ni Néstor antes ni Cristina Kirchner ahora quisieron afrontar el costo político de ir eliminando estos beneficios.  Hasta que se tira tanto de la cuerda, que se corta.

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Y vienen los sinceramientos de la economía, a veces en momentos que no son los mejores, como ahora en que tenemos alta inflación, a la que nada bien le hará la recesión del consumo que vendrá de la mano de los aumentos en el costo de vida. El ciudadano se ve acorralado por todos lados: aumentan los servicios, la medicina, la educación, los alimentos nunca dejan de hacerlo aunque lo hagan paulatinamente. Y ahora, por cuarta vez consecutiva, hay incremento en los surtidores en el primer día del mes. Esto redundará, seguramente, en aumentos en el transporte de pasajeros y de carga. 

A partir de ayer, y como consecuencia de un acuerdo entre las petroleras y el Gobierno para repartir en varios períodos los efectos de la devaluación de enero sobre las naftas y el gas-oil, las principales petroleras del país ajustaron un 5,4 por ciento en promedio los valores de sus combustibles.

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Será un nuevo capítulo de una serie que comenzó en enero con un aumento de 7 por ciento, siguió con un 6 por ciento en febrero y con 6,1 por ciento el mes pasado. 

Con los valores vigentes a partir de este mes, la nafta súper de YPF que tiene la mayor parte del mercado, con un 55 por ciento de participación, y habitualmente los precios más bajos en la ciudad de Buenos Aires, si sigue al pie de la letra lo acordado con el Gobierno, pasará a costar 10,60 pesos por litro; es decir, un 19 por ciento  más que en enero y un 53 por ciento más que en abril del año pasado.

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La premium, en tanto, costará en la ciudad 11,94 pesos el litro, también un 19 por ciento por encima del valor de enero y 55 por ciento por encima de lo que costaba en abril del año pasado.

El resto de las petroleras, como Axion (opera bajo la marca Esso), Shell, Petrobras y Oil, de Cristóbal López, suelen tener precios más altos, pero ajustarán los valores en una proporción similar.

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Obviamente que en el interior, como Pergamino siempre pagamos algún punto más que en la Ciudad de Buenos Aires.

Cuando, el mes próximo, concluya esta serie de aumentos, el litro de la nafta premium de YPF costará unos  12,39 pesos mientras que la súper escalará hasta los 11.

El resto de las empresas tendrá precios más caros.

El esquema de aumentos escalonados en los precios de las naftas y el gas-oil es hijo de la devaluación de enero. Tras aquella depreciación de 23 por ciento, todas las petroleras decidieron aumentar los precios de los combustibles, si bien sólo Shell dio ese paso, con una remarcación de 12 por ciento. El motivo: las refinadoras cobran en pesos el combustible que venden, pero el valor del crudo, que se lleva un 80 por ciento de sus costos de producción, está fijado en dólares y se liquida según la cotización del Banco Central, por lo que los valores en las pizarras mantienen una estrecha relación con la evolución del tipo de cambio.

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Kicillof  dijo a todos, incluidos los gobernadores de las provincias petroleras, cuando planteó ante los empresarios la posibilidad de establecer un tipo de cambio diferencial para la compra y venta de crudo, algo que, en la práctica, implicaba pesificar el mercado. El neuquino Jorge Sapag y Martín Buzzi, de Chubut, fueron los más críticos en las provincias.

Luego de al menos tres reuniones, las empresas y Kicillof acordaron avanzar en otra dirección para conservar el dólar como referencia de cambio. Así, las productoras se comprometieron a bajar el precio de venta del barril de crudo en el mercado interno.

Igual es claro que la evolución de los precios de las naftas y el gas-oil en los próximos meses dependerá, principalmente, de la relación cambiaria.

Dijimos en párrafos anteriores que por no tomar las medidas que tienen costo político en su momento, se terminan llevando a cabo cuando la cuerda está demasiado tirante en términos de equilibrio social. Ni hablar que es el peor momento para el bolsillo del asalariado, que no alcanza a acomodarse con recientes acuerdos paritarios que en breve vuelven a ser insuficientes. 

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Para los políticos, el costo de estas medidas impopulares llega diluido entre tanto descontento general pero el momento no podía ser peor para la gente. 

¿Cuándo madurará nuestra clase dirigente?

 

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