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Muchos años, mucha sangre ha pasado, pero se acerca el fin de las Farc

21 de enero de 2016 a las 12:00 a. m.

Actualmente, el gobierno de Juan Manuel Santos abre el camino para un proceso de paz con las Farc (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), iniciado el 4 de septiembre de 2012 y del cual se han logrado avances significativos hasta la fecha.

No es una tarea sencilla, las desconfianzas están a la orden del día, ya que, como veremos, en anteriores gestiones también hubo acuerdos pero ni los gobiernos ni las Farc terminaban cumpliendo los pactos. El oficialismo perseguía al partido político en que se reconvertían y los insurrectos jamás entregaban las armas, volvían a la lucha en los montes y redoblaban los ataques.

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La historia del conflicto armado colombiano y la de sus procesos de paz tienen su origen en la segunda mitad del Siglo XX, una época de altos contrastes sociales: ricos obscenamente ricos y los pobres lejos de cualquier esperanza de mejora. Ese caldo de cultivo, sumado a una épica revolucionaria que cruzó buena parte del Siglo XX con una dosis incluso de romanticismo, dio lugar a grupos revolucionarios de  los cuales las Farc es el único que sobrevive hasta hoy.

Una serie de hechos marcaron el rumbo que tomaría Colombia y serían el inicio de una época denominada como “La Violencia”, se abre en medio de la lucha entre liberales y conservadores. El 9 de Abril de 1948 fue asesinado el caudillo liberal Jorge Eliecer Gaitán, hecho que desató el terror en el país, y nacieron así las guerrillas liberales y comunistas.

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En 1953 el general Gustavo Rojas Pinilla asume la presidencia tras un golpe de Estado y es durante su mandato que se produce la primera amnistía en la que cientos de guerrilleros liberales del llano entregaron sus armas bajo el mando de Guadalupe Salcedo. Pero la verdad es que no se pudo salir bien de ese conflicto y de ese semi éxito-semi fracaso, surgieron los principales grupos guerrilleros: las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc), el Ejército de Liberación Nacional (ELN), el Ejército Popular de Liberación (EPL) y el Movimiento 19 (M-19). Las únicas que siguen en actividad y fueron la guerrilla más grande y duraderas de toda América Latina son las Farc.

En 1982, con Belisario Betancourt como presidente de la República, se selló el primer acuerdo de cese al fuego con las Farc. El compromiso de fortalecer la democracia y establecer las garantías para ejercer la actividad política por parte de los integrantes de la guerrilla. Y así nació la Unión Patriótica, partido político de las Farc, también integrado por comunistas, aborígenes y estudiantes. Y al que adherían todos los ciudadanos que no se sentían amparados por el Estado en sus necesidades. Algunos con un grado de compromiso tal que dejaban la ciudad para adentrarse en la selva y tomar las armas.

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Con el tiempo, el partido sería exterminado por diferentes sectores radicales del país y tras años de conversaciones, treguas y acuerdos, los procesos de paz adelantados con los diferentes grupos guerrilleros llegaron a su fin en el año 1985, siendo su detonante el incumplimiento de lo pactado por parte de Gobierno y la guerrilla, la falta de garantías para ejercer la oposición, los ataques a la población civil y el accionar de los grupos paramilitares.

Todos los gobiernos subsiguientes también iniciaron conversaciones de paz, que terminaron en la nada; las Farc seguían en la selva y se solventaban con secuestros extorsivos, como el de la hija de Betancourt, Ingrid, que estuvo en la selva por más de cinco años a manos de sus captores que lograban así beneficios y además mantener un cerco de protección en las zonas donde acampaban, habida cuenta que el ejército no podía abrir fuego allí, donde estaban los rehenes, entre los que había funcionarios colombianos, ciudadanos norteamericanos y todos a quienes pudieran secuestrar. Terminaron financiándose de ese modo.

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Andrés Pastrana, presidente entre 1998 y 2002, llevó a cabo el último diálogo formal con las Farc, encaminando desde el inicio su política de Gobierno hacia la búsqueda de la paz, denominado el Proceso de Paz del Caguán. Se creó una zona de distención en la cual fueron despejados 42.000 kilómetros cuadrados que equivalían a cinco municipios de Meta y Caquetá. Pero el proceso se caracterizó por su falta de organización, las irregularidades en la zona de despeje, la falta de voluntad de las Farc y la improvisación del Estado.

Posteriormente los únicos acercamientos que se produjeron entre gobierno y Farc fueron acuerdos humanitarios con el fin de liberar secuestrados y a cambio exigir la liberación de sus presos. Finalmente llegaron las negociaciones de paz de las que hablamos al comienzo, que parecen estar llegando a buen puerto, entre el gobierno del presidente Juan Manuel Santos y las Farc. Estos diálogos tuvieron lugar en Oslo, Noruega, y también en La Habana, Cuba. El objetivo fue alto desde el primer momento: según el Gobierno, la terminación del conflicto y según las Farc, buscar la paz con justicia social por medio del diálogo. Por eso, todas las instancias intermedias no salieron a la luz pública, como una manera de no celebrar ni claudicar anticipadamente, y también para evitar que se “embarrara la cancha”.

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Las negociaciones de este denominado  “Acuerdo General para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera” son más asequibles ahora, no sólo por la destreza de Santos sino porque la guerrilla ha perdido ya su mística de origen: en términos generales, la situación de Colombia no es la misma medio siglo después del inicio de este conflicto, ya no hay prevalencia de la mafia narco ni grandes abismos entre clases sociales; existe la posibilidad de progreso y la gente ya no se siente desahuciada como para dejar la civilización y sumarse a la lucha armada. Esta falta de nuevos guerrilleros más la muerte de los históricos y carismáticos jefes permiten pensar en este diálogo con más expectativas. Tampoco la mística acompaña desde Cuba, el gran referente, ya que las relaciones entre Estados Unidos y la isla ya no son tan antagónicas. Si el enemigo ya no lo es tanto, hacerle la guerra también pierde sentido.

No desaparece de todos modos el espíritu de lucha ni la razón de ser de las Farc: ahora tendrán su propio partido político, donde enarbolarán las mismas banderas, ya no para imponerse derrocando un gobierno sino a través de las urnas.  

Han pasado muchos años, ha corrido mucha sangre. Es imposible recopilar en esta página las vicisitudes y zozobras del pueblo colombiano con esta amenaza latente.  Colombia se pudo librar del estigma narco y pasar a ser reconocido por la calidad de su café y no por Pablo Escobar. Y con igual paciencia y determinación, a través de los distintos presidentes que la gobernaron y a pesar de sus diferentes signos políticos, ahora se apresta a firmar la paz para dejar todo lo oscuro en el pasado y seguir creciendo.

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