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Moral y principios para mejorar el Estado

Decir que la política argentina incumple con las expectativas de la sociedad, o que la democracia ha acumulado deudas que con el tiempo se han transformado en incumplimientos severos, es un lugar común, una simplificación carente de matices, que canaliza las broncas de quienes lo señalan. Sin embargo, empecemos por...

05 de junio de 2022 a las 12:00 a. m.
Moral y principios para mejorar el Estado

Decir que la política argentina incumple con las expectativas de la sociedad, o que la democracia ha acumulado deudas que con el tiempo se han transformado en incumplimientos severos, es un lugar común, una simplificación carente de matices, que canaliza las broncas de quienes lo señalan.

Sin embargo, empecemos por lo básico: nuestro sistema institucional, más allá de los gobiernos de turno, se ha erosionado, y con ese desgaste se han visto afectadas la capacidad de la política de conducir la sociedad, encontrar soluciones a los desafíos de la agenda pública y contribuir a la calidad de la convivencia.

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Las instituciones del Estado se están constituyendo en un lastre ("Lastre: cosa que impide moverse con libertad, en sentido material o espiritual").

Y eso no otra cosa que la pérdida creciente y sistemática de la capacidad de los sucesivos gobiernos de generar condiciones para que el potencial de nuestros ciudadanos no resulte coartado. No se trata que el Estado posibilite sino que no impida. Un lastre, un freno de mano, una máquina de impedir. Enfermos de trivialidad, reglamentarismo, inaugurismo, reunionismo, lugares comunes, etcétera. Hemos construido una cultura política que pendula entre la "política espectáculo" o la endogamia absoluta.

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Hay otra cultura política posible; y por supuesto con esta afirmación no queremos ser injustos con los cientos decenas de funcionarios y dirigentes que trabajan a destajo por hacer bien las cosas. Pero debemos ser conscientes de que la resultante, por ahora, no es buena.

Mirando hacia delante, la pregunta evidente es: ¿cómo podemos reconstruir la representación, fortalecer la capacidad de respuesta estatal, mejorar la conversación pública? En definitiva: cómo podemos mejorar nuestra democracia.

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El mundo político contemporáneo parece dividirse entre quienes quieren mejorar la democracia –porque entienden que tal como está parece incapaz de resolver los retos de la revolución informacional– y quienes, frente a sus debilidades, se proponen (como otras veces en la historia) sustituir la democracia, aprovechando su momento de fragilidad.

Enfrentar a los enemigos de la democracia y defender la política, nunca puede sostenerse desde la complacencia. Los demócratas deben ser al mismo tiempo tenaces frente a las críticas banales, frente al chantaje de los autoritarios y la arrogancia de los iluminados, pero exigentes con ellos mismos y creativos para buscar soluciones.

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Si las instituciones públicas no recuperan su lugar referencial, la posibilidad de que los reclamos sociales se transformen en desbordes o que los procesos económicos se vuelvan ingobernables, se multiplican. 

No hay muchas formas de superar este entuerto. Al fin y al cabo, lo que se requiere es poder y éste tiene orígenes muy concretos: el prestigio, la organización o la fuerza. 

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Una democracia es exitosa si no necesita recurrir sistemáticamente a la fuerza; en caso contrario, esa recurrencia no será más que una muestra de debilidad. Por supuesto que la potestad punitiva del Estado es un recurso legítimo, cuya administración puntual está justificada, pero que se desgasta con su uso intensivo. Nuestra democracia dispone de una fuerza coactiva desgastada y cuestionada. 

Este estado de cosas paraliza a la sociedad, por emprendedora que sea. Porque las instituciones ni hacen lo que deben hacer, ni permiten hacer a la sociedad lo que ésta podría, y además generan (o al menos contribuyen a generar) un clima que resta energía todo el tiempo.

Un sistema institucional que ahoga con incertidumbre, que no conduce debates, que pierde el sentido, que no logra resolver problemas, es un lastre, en el sentido más cabal del término. Un lastre y no un costo, porque no se trata de cuánto nos devuelve sino de todo lo que nos desgasta.

¿Cómo puede el sistema institucional argentino recuperar el prestigio y desde ahí rehacer su poder, para superar este momento oscuro?

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No será a partir de señalarnos unos a otros. Tampoco, que se trata de un tema de leyes y reglamentos, aunque sean imprescindibles para que la organización funcione mejor. Debe ser prioritario aumentar el profesionalismo en el Estado y ponerle fin a las agresiones que constituyen la toma del Estado como botín.

No hablamos de la dedicación exclusiva o no a la política de quienes integran las listas en cada elección, o del recorrido de los representantes o de sus situaciones patrimoniales. Hablamos de una razón moral, trascendente e inexplorada en nuestra agenda. Hasta que cada uno de quienes nos representan no "haga carne" aquello que expresa, no serán creíbles y por tanto detentarán un poder menguado, circunstancial e insuficiente. 

No importa lo que cada uno crea (bienvenido el pluralismo), pero si cada uno no empieza por sí mismo y sigue creyendo que el problema está en el otro, el laberinto del que pretendemos salir por arriba será irresoluble.

Decir una cosa y no obrar en consecuencia es una impostura. Todas las poses declamativas erosionan tanto la democracia como el peor de los atropellos autoritarios. Ya se trate de intendentes del Conurbano viviendo en Puerto Madero, de defensores antidiscriminación que no cumplen con las reglas laborales, militantes de derechos humanos que ignoran las violaciones de países que les resultan amigos o simpáticos, de baluartes del mérito que acomodan parientes, o demócratas de listas únicas. 

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Gandhi, entre uno de los siete pecados sociales, listó en primer lugar: "Política sin principios". Los principios no son exclamaciones vacías, no son aforismos edulcorados, no son elucubraciones. Los principios son esas reglas que primero adoptamos en nuestro interior porque creemos en ellas y sobre todo porque estamos dispuestos a hacer algo en nombre de ellas, aunque tenga costos, sencillamente porque conecta con nuestra perspectiva de las cosas y con nuestro sentir profundo.

Quienes no creen en los principios tienen muchas oportunidades en el descreimiento argentino pero quienes se llenan la boca hablando de valores no deben conformarnos con este presente.

Nuestro inconformismo debe transformarse en resistencia, en actitud, en esfuerzo, en ganas de cambiar. Y también de expresar ese cambio cada día, cada uno desde nuestro lugar. 

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