Mirta Peralta de Costa: una mujer que ha sabido tomar de la vida su multiplicidad de matices
Mirta G. Peralta de Costa tiene 63 años. Es psicóloga y conjuga su actividad profesional con una rica vida familiar y una permanente inquietud por el conocimiento. Cultiva la expresión de las ideas y tiene una participación activa en el grupo literario Siete Mujeres. Aunque no se define como “escritora” ni “poetisa” respeta la palabra y encuentra en sus producciones literarias “un ejercicio de aprendizaje permanente”.
Acepta configurar su “perfil pergaminense” con cierto asombro. Tal vez porque su profesión la pone más bien en el lugar de “escucha”. En todo momento se expresa cuidadosamente, como si algo en ella, seguramente vinculado a su ética profesional, dejara resguardado lo que entraña la soledad del consultorio.
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“Estoy acostumbrada a pensar la vida de las otras personas por mi profesión, a no olvidar detalles, a tratar de recordarlos, a trabajar con la historia de otros y cuando recibí el llamado para este perfil me conmocionó, tuve que poner mi vida en 3D, recordé cosas, vivencias, fue muy movilizador y lo agradezco”, confiesa, en el inicio de la charla que se desarrolla en la casa que comparte con su esposo Juan Néstor Costa.
Tienen dos hijas: Paula (34) en pareja con Lucas Genoud, papás de Francisco (once meses); y Cecilia (33) casada con Martín Colombo.
“Ambas estudiaron, Paula Dirección de cine y Ciencias Políticas; y Cecilia es licenciada en Relaciones Internacionales”, cuenta y refiere “Paula fue quien introdujo la acrobacia aérea en Pergamino y desde hace unos cuantos años da clases en Davreux, Cecilia es profesora de Yoga y enmarca y restaura marcos antiguos; ambas tienen una veta creativa que con mi esposo estimulamos desde siempre.
“Siempre quise que mis hijas fueran amplias y creo que lo son, piensan y sienten con amplitud, las admiro profundamente, ellas siempre me brindaron una mirada comprensiva, respetuosa e inteligente”, señala, con orgullo.
El término que mejor define la entrevista es equilibrio, como si esa cualidad fuera constituyente en la esencia de una mujer que se dice “rebelde” y recuerda su ciudad natal: Rosario.
“Me tocó vivir épocas muy intensas en la Universidad; quienes transitamos los 60 y 70 en ese ámbito tuvimos la posibilidad de ser protagonistas de muchas experiencias, era el tiempo de los ideales, las ideologías, las expectativas de lucha para un mundo sentido y concebido como mejor”, menciona y agrega: “Transcurrí mi época de estudiante en un clima particular, pasé el ‘Rosariazo’, el ‘Cordobazo’ en la Facultad de Filosofía y Letras, que no era cualquier lugar. Nunca estuve al margen de la política universitaria, pero comencé a militar después de recibirme.
Obtuvo su título de psicóloga hace 41 años. A los 21 años ya trabajaba en el Hospital Centenario, en la sala de Clínica Médica y después en Gastroenterología. Allí tuvo sus primeras experiencias profesionales y realizó trabajos de investigación, además de ejercer como docente. “Trabajé seis años en el Hospital, obtuve el nombramiento de jefe de trabajos prácticos en Medicina y di la materia Relación Médico - Paciente que se dictaba en quinto año de esa carrera en 1975”.
Señala con orgullo que fue la primera universitaria de su familia. “Yo provenía de un hogar sencillo, de gente muy trabajadora y haber podido estudiar es algo que les debo a mis padres”.
Se emociona cuando habla de su papá Alejandro Ricardo Peralta, a quien define como “un personaje muy lindo” que trabajaba en una empresa petroquímica, practicaba deportes y le gustaba cantar. También cuando menciona a su madre, Jadiye Genoveva Alé.
Creció en un ambiente rodeado de música, eso definió en ella una inclinación hacia el arte y la expresión en cualquiera de sus matices. Quizás eso también definió su sensibilidad. “Mi padre provenía de una familia de gente dedicada al canto y a la música, las reuniones familiares siempre eran de mucha música”.
Entre los recuerdos entrañables aparece su padre cantando el Ave María en la Iglesia Santa Rosa. Sus ojos se iluminan cuando lo describe apoyado sobre una baranda cantando, y ella con muy pocos años, disfrutando de esa experiencia con sublime admiración.
Mirta es hija única y eso la definió. De su papá recuerda su condición de “compinche” y a su mamá le valora el haber sido “la persona que estaba atenta a cubrir las necesidades. De ambos rescata su lucha, su afán de superación”.
En el recuerdo de su niñez, vivida en calle Entre Ríos, entre Santa Fe y San Lorenzo, en pleno centro rosarino, aparece su pasión por los libros, aún antes de saber leer. “Lo que más me gustaba era que me leyeran cuentos, amaba escuchar historias”. Quienes aparecen en ese relato de aquel tiempo son Juanita y Agustín, un matrimonio vecino, sin hijos, en quienes descubrió “el amor incondicional”.
“Con el ‘Negrito’ hablábamos de fútbol, éramos fanáticos de Newell’s Old Boys”, cuenta y confiesa que esa pasión continúa en ella hasta hoy. De hecho fue partícipe de la conformación de la filial Pergamino del club.
“Con Juanita íbamos a una librería; a comprar cuentos, me querían mucho sus dueños y yo les retribuía con bailes de clásico y español que aprendía en una academia”.
Una pasión por el deporte
Se confiesa amante de los deportes. “Siempre me atrajeron”, refiere. Hizo atletismo, esgrima en la Asociación Cristiana de Jóvenes participando en torneos, jugaba pelota al cesto en los intercolegiales, deporte en el que se federó en la provincia de Santa Fe para el Club Provincial; también jugó como federada al voley para la Universidad de Rosario. En Pergamino participó de los torneos interprofesionales. También jugó al paddle y en la actualidad practica yoga y sale a caminar.
“He hecho tai-chi y siempre me he inclinado por actividades y disciplinas que me permitieran ampliar mi perspectiva, mi espiritualidad, para entender que nada en la vida sucede por casualidad; que todo tiene un sentido aunque uno no pueda percibirlo en la inmediatez de los hechos”.
Cultora de la palabra
Es una ferviente defensora de la palabra. Apasionada por la Antropología y la Filosofía. También es una profesional comprometida con la realidad en la que vive. “En 2001 cuando la situación en el país estaba complicada tuve la necesidad de ayudar de algún modo y encontré en la palabra un canal, me contacté con Gustavo Pérez Ruiz que me dio un espacio para leer cuentos por radio. Así nació ‘Había una vez’, mi forma de contribuir todos los miércoles leyendo historias, dejando que resonaran en el que las estaba escuchando, fue una experiencia reconfortante”.
Aunque no se describe como alguien metódico, siempre encontró maneras de expresar su potencial y de explorar nuevas experiencias. Así se vinculó con la literatura.
“Mi vida tuvo multiplicidad de matices, fui una persona que siempre fue detrás de nuevos intereses”, señala.
“Nunca me quedé en el temor, siempre me interrogué sobre aquellas cuestiones que no podían quedar pendientes en mi vida, y las encaucé para que esas experiencias sucedieran”, agrega.
En esas búsquedas surgió su acercamiento a la escritura. “Mi primer contacto lo tuve en un taller de Daniel Mastroberardino en la Biblioteca Menéndez”.
Más adelante llegó al taller de escritura de Estela Torres Erill, “Ese fue el germen de Siete Mujeres, estuvimos desde 1996 hasta 2004 en un grupo en el que no entró ni salió nadie”, señala.
Lo que sobrevino fue una nutrida producción literaria, la creación del Café Literario y un reconocimiento del que disfruta con los pies sobre la tierra. “No me defino como escritora; he hecho narrativa, pero me resulta más cómoda la poesía, aunque tampoco soy poetisa, más bien considero que la escritura para mí es un ejercicio en el que hay un ‘interjuego’ de emociones y realidad que se plasma en palabras compuestas más o menos estéticamente”.
Un trabajo noble
Siente un profundo respeto por sus pacientes. “En 41 años aprendí que las personas me nutren, es un intercambio recíproco, agradezco que me participen de sus vidas porque enriquecen la mía; es tanto lo que recibo que ojalá pueda ofrecer profesional y humanamente en la misma medida, la relación con mis pacientes es profunda y se basa, como toda relación terapéutica, en la confianza”.
Desde que se radicó en Pergamino trabaja en forma particular. De Rosario recuerda la experiencia en el Hospital Centenario, la coordinación de grupos con pacientes alcohólicos, el trabajo en adicciones.
Fue una de las impulsoras de la Asociación de Psicólogos de Pergamino, que dio origen al Colegio de Psicólogos y ha participado activamente del consejo directivo, del que llegó a ocupar la vicepresidencia y en el que trabajó desde el área de Docencia.
Una pergaminense más
Su llegada a Pergamino se dio en 1978, de la mano de su esposo. Tenía 28 años y una vida por construir. “Cuando conocí a mi marido, sentí que algo en el pecho se volcaba, eso sucede siempre que estás frente a la persona indicada, no me equivoqué. Es lo mejor que me pasó en la vida, y todos los mejores que vinieron después, mis hijas, mis nietos, mi lugar, es una consecuencia de la elección que hicimos juntos, soy feliz, somos muy compañeros; él es una persona esencialmente buena y me ha hecho mejor persona a mí”.
Siempre vivieron en el barrio Acevedo y la familia que armaron estuvo abierta a los amigos. También recibieron a jóvenes de intercambio a los que consideran y sienten “hijos”.
Un tanto solitaria, encuentra en su casa un lugar acogedor. “Puedo dejar transcurrir el tiempo con libertad y no siento la necesidad de llenarlo de cosas”, plantea.
“Pergamino es mi ciudad, en este lugar formé mi familia, aquí tengo amigos, aquí transcurre la vida, cuando voy a Rosario ya no siento que sea mi ciudad, yo aquí tengo todo”.
Una vida realizada
Analítica, pasa sus acciones por el tamiz de la reflexión. “Nunca he sido condescendiente conmigo y espero no serlo, porque el día que pueda justificar todos mis actos sin pasarlos por un tamiz de crítica, me habré entregado”, afirma sobre el final de la charla.
“La vida se ha encargado de alcanzarme aquellas cosas que yo quería”, confiesa, e imagina el porvenir como “un tiempo tranquilo, con espacio para nuevos proyectos que siempre aparecen”.
Se define como una persona que ha vivido mucho y sabe que la clave está en no detenerse ante las dificultades. “Si bien estos son tiempos en los que, como diría Serrat ‘la vida sale conmigo a tomar café’, no siempre ha sido así, también la vida ha estado en la vereda de enfrente, pero nunca me quedé en esos malos momentos, siempre avancé”. En esa definición está la síntesis de su esencia.


















