Messi indiscutible
Por estos días, mientras se disputa la Copa América más desorganizada de la historia por los vaivenes que padeció hasta último momento debido a la pandemia (se debía jugar en Argentina y finalmente se hace en Brasil tras un frenético manoseo con intereses económicos y políticos de por medio), a los argentinos nos vuelve a convocar la Selección y su máxima atracción: Lionel Messi.
Más allá de no haber ganado aún un Mundial ni haber alzado el cetro continental a pesar de las tres finales disputadas, no hay dudas que se sigue en presencia del mejor jugador del mundo, a pesar de sus recientemente cumplidos 34 años. Ser campeón para algún sector es lo único que sirve y por eso el mundo se pregunta porque todavía hay quienes en Argentina critican al mejor de todos.
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En realidad lo que existe en nuestro país es un cuestionamiento de ciertos sectores (cada vez más pequeños) que plantean al éxito deportivo como única alternativa cuando Messi se pone la camiseta de la Selección.
¿Quién no podría querer que Messi juegue para su equipo? Cualquier conjunto del mundo pagaría hasta lo que no tiene para contar con un jugador de sus aptitudes, pero sólo dos tienen el privilegio de contarlo en sus filas: Barcelona (aunque por estas horas es jugador libre) y la Selección Argentina. Por eso, que la pasión futbolera lleve a algunos a cuestionarlo porque aún no ganó nada importante con el equipo nacional no significa que, en general, no lo quieran en nuestro país, su país.
Es tan rutilante la figura de Leonel Messi en el universo futbolístico mundial que ya está fuera de discusión quien es el mejor jugador de era actual. Y al mismo tiempo desde hace más de una década su nombre se inscribe en el contexto de la historia del fútbol mundial junto a figuras de antaño como Di Stéfano, Cruyff, Pelé o Maradona. Comparaciones vanas, inconducentes al resultado certero, por aquello de que no hay vara para medir las circunstancias que envolvieron a cada momento. Es imposible establecer con parámetros objetivos si un jugador fue más grande que otro. Estará en cada analista determinar para sí quien mostró más atributos para quedarse con el cetro.
Pero lo concreto es que Messi está en el grupo de los selectos de la historia del fútbol, lo cual lo hace más grande y diferente que cualquier otro jugador que en este tiempo esté pisando las canchas.
Los argentinos tenemos experiencia en contar con el mejor jugador del mundo. Disfrutamos durante dos décadas las virtudes de Diego Maradona, a quien en Argentina también siempre cuestionaron. En este caso siempre fue inobjetable su rendimiento en la Selección, pero criticaron su desordenada vida privada y sus permanentes intromisiones en temas que les eran ajenos. Es decir que la idiosincrasia de este país es la de buscar el pelo en la leche, como si los ídolos fueran máquinas de laboratorio preparadas para satisfacer a todos. Contrariamente a lo que sucedía con Maradona, a Messi no se le puede cuestionar su perfil de persona recatada, pero se le critica por no haber levantado copas con la Selección como si eso le restara jerarquía al enorme jugador que es.
En realidad el fútbol argentino a nivel internacional no es más que lo que muestran los resultados de los últimos mundiales. Tal vez el problema no radique en que Messi no rinda como se espera, sino que no se logra amalgamar un equipo sólido, que interprete una filosofía y logre una identidad acorde a la historia de nuestro fútbol. Ahora hay atisbos de haber encontrado un sendero, con renovación incluida tanto en el perfil del cuerpo técnico como en el plantel. De hecho entre los jugadores hay varios que el gran público futbolero argentino no tenía en su radar. Nombres como Nicolás González, Guido Rodríguez, Emiliamo Martínez, Nahuel Molina o Cristian Romero son felices apariciones que le aportan frescura a la última etapa de los históricos como el propio Messi, Sergio Agüero y Angel Di María, entre otros.
Volviendo a Messi, hay que recordar que apareció para ser el mejor del mundo cuando los argentinos, tras el retiro de Maradona, ya habíamos prácticamente perdido la esperanza de tener al número uno. Este chico es argentino y sufre como cualquiera cuando a la Selección no le va bien. Es consciente de ser el mejor pero se maneja con la humildad de los grandes. Se aleja de las polémicas, mira siempre hacia adelante y a las críticas responde con goles. Además, cada vez que la camiseta celeste y blanca lo convoca, recorre los kilómetros que lo separan de la cita y sale a la cancha con la ilusión y la frescura de un pibe de barrio. ¿Qué más puede pretender el pueblo futbolístico argentino de un jugador que es indiscutiblemente el mejor del mundo?
Es un elegido, un distinto, un fuera de serie dentro de las canchas y además, fuera de ellas, no rivaliza con nadie. Es un ícono deportivo inusual que aprovecha al máximo sus virtudes para la disciplina que practica y sus apariciones públicas siempre van a ser para hablar de fútbol o para hacer una acción benéfica. Todo a pesar de que en la vida privada suelen tirarle tantas patadas como en la cancha.
Estamos en presencia de un fenómeno que es argentino y reconocido mundialmente. Debemos cuidarlo como patrimonio valioso que nos representa de la mejor manera en todas las latitudes.













