Medir, conocer, asumir y cambiar
Los argentinos nos sentimos bien diciendo en voz alta que la educación nos importa. Es uno de nuestros valores: estamos orgullosos de su historia, de su temprana obligatoriedad y su espíritu laico, de su gratuidad y de todo lo que hizo para integrarnos como sociedad y sentar las bases para nuestro progreso y la ya extinguida movilidad social.
Es muy doloroso tener que aceptar que gran parte del orgullo de nuestra educación lo conjugamos en pasado. Durante mucho tiempo el tema no ha estado en la agenda pública. Sin embargo, los problemas no son nuevos, como podemos comprobar con el fracaso de la búsqueda laboral que llevó adelante Toyota el año pasado, de la que habló el país entero. Las consecuencias actuales son producto de lo que venimos arrastrando hace por lo menos 20 años, tiempo en el que se tendrían que haber formado los que hoy deberían cubrir esos puestos de trabajo.
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Desde que empezamos a medirlos, los resultados de aprendizaje son cada vez peores. Sin embargo, el ciclo de noticia de esta información es muy breve. Cada vez que se publican, nos entristecemos por lo mal que está la educación y seguimos adelante con nuestras vidas, olvidándonos inmediatamente de los pésimos resultados y negando lo evidente: las consecuencias que estos datos tendrán sobre el futuro.
Muchos argentinos con mucho esfuerzo- comenzaron a elegir escuelas privadas creyendo que así encontraban una solución. Cuando los zooms se metieron en nuestros hogares entendimos que es ilusorio aspirar a la salvación individual: no solucionamos el problema mandando a nuestros hijos a una escuela en particular. Incluso teniendo en cuenta que las formas en la que pudieron dar respuesta muchas escuelas privadas fue diferente a lo que se pudo hacer desde las públicas. Lo cierto es que, aun en los mejores casos, todo fue insuficiente.
La eterna y catastrófica cuarentena educativa tuvo una de las consecuencias más virtuosas de la política argentina en décadas: se formaron Padres Organizados y otros grupos de familias que lucharon por la presencialidad. Con militancia, sistematización de información y un uso intensivo de las redes sociales y de los medios, lograron dar la más exitosa batalla cultural. Discutieron con datos las hipótesis de niños contagiadores que matarían a sus abuelos y ayudaron a demostrar que las escuelas son lugares seguros. En cada chat de mamis despejaron miedos y sumaron cada vez a más familias a una pelea básica y fundamental: los chicos en las aulas.
El Gobierno se equivocó tanto y con consecuencias tan graves cerrando las escuelas que una parte importante de la sociedad vio la necesidad de involucrarse activamente para garantizar la educación de sus hijos. La bandera de la educación se metió en la vida de todos, como hacía mucho tiempo que no sucedía. Y es muy interesante mirar las consecuencias inesperadas de esto: hubo un aprendizaje colectivo que no debe desaparecer con la presencialidad. Ahora la apuesta tiene que ir por más: no alcanza con volver a como estábamos antes de la pandemia.
¿Cómo podemos hacer para que los estudiantes argentinos reciban una educación de más calidad y aprendan más y mejor? Obviamente, lo primero es hacer un diagnóstico, lo que se logra mediante una palabra que, solo al mencionarla, ya levanta polémica: evaluaciones. Estas evaluaciones no buscan calificar estudiantes ni juzgar a las instituciones ni a los docentes; su único objetivo es el de comprender cuánto han aprendido los chicos al terminar la primaria. A nivel nacional tenemos las Pruebas Aprender. La última medición con la que contamos es del 2019, ya que el gobierno decidió suspenderlas en 2020. Tampoco quería realizarlas en 2021 pero, gracias a la presión de los distritos opositores, el Consejo Federal de Educación decidió tomarlas en el nivel primario.
Desde que la Argentina comenzó a medir aprendizajes, hace más de 20 años, los resultados son cada vez peores. Lo que hoy nos cabe esperar como consecuencia de escuelas cerradas es que aquello que ya estaba mal, haya empeorado.
"Crisis es oportunidad" es una frase a la que los argentinos nos agarramos como un mantra: después de todo, nuestras crisis son tan tenaces como nuestra voluntad de estar mejor. Pero en este momento tenemos la posibilidad de hacer de ella más que un mensaje esperanzador. Estamos en un estado tan crítico que hay un sentido común compartido y extendido que nos permite empezar a hablar de lo mal que estamos. Cada vez tienen una voz más débil aquellos que piensan que tener datos estigmatiza. Esto brinda la oportunidad de salir de discusiones ideológicas y empezar a planificar a partir de la evidencia. Averigüemos qué hacemos bien para mantenerlo, prestemos atención a lo que no está funcionando para mejorarlo.
Argentina ya no es el paraíso educativo latinoamericano. Sucedió lo que creíamos impensable durante gran parte del Siglo XX: México y Brasil están teniendo mejores experiencias y resultados educativos que nuestro país. Hoy estamos por debajo de la media latinoamericana. No hay motivos para sorprenderse: la Ley Nº 25.864, de 2003, fija un ciclo lectivo anual de al menos 180 días. Mientras que algunos distritos lo cumplen e, incluso, superan este objetivo, provincias como Santa Cruz, Chubut y Neuquén vienen ya desde antes de la pandemia con conflictos sindicales extendidos en el tiempo que los aleja de la meta. Todos lo sabíamos y, sin embargo, no importaba.
Se hace más urgente que nunca garantizar las evaluaciones estandarizadas por ley para que no dependan del humor del ministro de Educación si las hace o no. Además, los resultados de estas pruebas deben públicos y estar disponibles, tanto para que cada escuela sepa qué fuertes tiene y qué cosas tiene para mejorar como para que la comunidad pueda acceder a esos datos a la hora de elegir la institución en la que quiere educar a sus hijos. No sirve esconder la "mugre" debajo de la alfombra con estrategias de este tipo como no medir o no difundir mediciones, del mismo modo que se pretendió hacer con la pobreza; al fin, todos sabemos que está, que nos complica a todos por igual (de manera directa o indirecta) y no mirarnos en ese espejo para mejorar no es más que procrastinar e hipotecar el futuro del país.
También es urgente unir educación y trabajo (¡otro tema tabú!), con prácticas profesionales para todos los estudiantes en su último año de secundario. Así como se hace hoy en las técnicas porteñas y en los bachilleratos orientados en software en Córdoba, todos los chicos de todo el país pueden beneficiarse adquiriendo horas de experiencia en aquello a lo que se quieren dedicar.
¿Otra propuesta? Representación de las familias. Es necesario que sigan involucrados para mejorar los procesos de toma de decisiones que afectan la educación de sus hijos. Las familias tienen que estar sentadas en las mesas de debate educativas y tienen que tener un rol activo en la definición de la política educativa. Ya aprendimos lo bien que sale cuando se hace: en 2020 y 2021, mucho de lo que se hizo no se hubiera podido hacer sin sus aportes y su apoyo, por eso es que tienen que seguir estando, para que la educación de todos los niños argentinos sea mejor.
Proponer evaluaciones y transparencia en la publicación de datos no es estigmatizar; hablar de prácticas profesionales no es explotación infantil a los chicos. Si lo pensamos bien, son unos pocos los fanáticos que se resisten a los datos y las políticas públicas que tienen como objetivo el desarrollo y el progreso bajo la excusa de que son acciones meritocráticas. Lo que sucede en verdad es que reformar la educación es difícil porque son muchos los protectores de su status quo.
Hay un círculo virtuoso en el que Argentina nunca termina de entrar, que empieza con una crisis, llámese pobreza, seguridad o, como el caso que nos ocupa, educación. El camino virtuoso a la salida comienza con una evaluación del problema, para a partir de allí proyectar cambios. Porque, como ya sabemos, a iguales acciones iguales resultados. Y allí radica gran parte del problema de la educación: la negación a los cambios o, mejor dicho, el temor a modificar el status quo donde me siento cómodo. Evaluar, medir y enfrentarse a los resultados es más una obligación a aplicar cambios que una estigmatización, como nos quieren inculcar. Esa negativa corporativa (no necesariamente de cada docente o directivo) a medir resultados no es otra cosa que un negativa a cambiar el estado de cosas.
Entonces, mejor no medir, no exhibir resultados y que todo lo malo que nos sucede quede en el espectro de una percepción subjetiva.















