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Más crisis humanitaria en un mundo cada vez menos humano

28 de mayo de 2016 a las 12:00 a. m.

Su nombre es Favour, y a es una hermosa criatura que a los nueve meses es huérfana. Su papá y su mamá, que estaba embarazada, murieron hace dos días al intentar cruzar hacia Europa, a través del canal de Sicilia, huyendo del terror del hambre de Africa occidental, posiblemente de la República de Mali.

Ella es la sobreviviente “famosa” de uno de los tantos naufragios que en el mar Mediterráneo se generan en medio de tantos que buscan refugio. La beba fue llevada al puerto de Lampedusa junto con una sobreviviente, que contó que no era su mamá y que, malherida, relató cómo la rescató de los brazos de su madre que se hundía en el mar, igual destino que tuvo su padre. 

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Pero además de sus progenitores, en este naufragio murieron otras 20 personas ahogadas mientras que lograron arribar a la isla 4.000 sobrevivientes. 

La imagen de la bebé ha sensibilizado a toda Italia y el mundo;  llueven los pedidos de adopción. Recuerda el impacto que generó un niñito sirio muerto en las costas cuando su familia también trataba de huir del desastre, se llamaba Aylan y su cuerpo sobre la arena simulaba una criatura dormida, pero estaba muerta.

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Estos son los casos que conmueven, en medio de un desastre humanitario que envuelve a Oriente Medio y Africa. Son los que llegan a las tapas de los diarios y se replican en las redes sociales, pero son solo unos pocos entre miles que perecen en circunstancias dramáticas, con el denominador común de –paradójicamente- estar intentando salvar sus vidas.

Tristemente estamos naturalizando los miles y miles de muertos que todos los días vemos en las noticias y hasta que algún caso como el de la bebé o el niño le pone rostro al drama, la tragedia se sigue sucediendo sin que el mundo atine a una salida a tanto dolor.

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Cada jornada, solo si lo buscamos detenidamente en diarios y portales, encontraremos alguna cifra que nos habla del saldo de un ataque o de quienes han perecido en un naufragio. Es cosa de todos los días, aunque la perplejidad solo nos azota cuando estas tragedias poseen una cuota extra de dramatismo, como la orfandad y la pequeñez de Favour en estos días. Pero la realidad es que estas comunidades son diezmadas hora a hora, lo que hace que las cifras acumuladas se asimilen a las de la Primera o Segunda Guerra Mundial. Por eso no sería errado decir que el mundo vive una gran guerra, con muerte, hambre, miseria y pestes, de la cual aun no se ha tomado debida nota.  

Para tener una idea, 215.518 personas, entre civiles, militares, milicianos y rebeldes,  han muerto en Siria desde el inicio de la guerra civil a mediados de marzo de 2011, según datos recopilados por la ONG Observatorio Sirio de Derechos Humanos. Más de dos Pergamino. Entre las víctimas mortales hay, al menos, 102.831 civiles, entre ellos 10.808 menores y 6.907 mujeres mayores de 18 años.

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El balance humanitario es dramático: un régimen sirio cada vez más aferrado al poder y más violento, mientras una comunidad internacional está preocupada sobre todo por las atrocidades del grupo Estado Islámico, pero las soluciones no aparecen.

Tanto es que las ONG internacionales advierten sobre el fracaso de los gobiernos de todo el mundo para encontrar una solución a la guerra, y el dato a tener en cuenta es que este duro enfrentamiento bélico ha obligado a la mitad de la población siria a abandonar sus hogares.

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Casi cuatro millones de personas han huido de Siria, entre ellas un millón buscaron refugio en el vecino Líbano.

En el interior del país, más de siete millones de sirios abandonaron sus hogares y cerca del 60 por ciento de la población vive en la pobreza, como no puede ser de otra manera ya que en los combates se ha ido destrozando la infraestructura más elemental, por eso no hay gas, luz, agua, alimentos, medicamentos.

Pese a las protestas internacionales por el número de víctimas y el presunto uso de armas químicas por el régimen a mediados de 2013, Bashar Al Assad continúa aferrado al poder. Porque la recomendación de otros países no es acatada en lo más mínimo.

Para Estados Unidos y gran parte de Occidente, el Estado Islámico es un problema muy superior a la guerra siria y es por ello que el conflicto se hizo más complejo, en los apoyos a uno u otro sector de este enfrentamiento bélico. En realidad, todo Oriente Medio es un polvorín, respecto del cual el mundo no puede seguir haciéndose el distraído. Lo mismo que no puede ignorar el hambre y la miseria en Africa occidental y el Cuerno de Africa para luego conmoverse con la historia de Favour, como si se tratara de una película que empezó hace una hora o peor, como desconociendo que ella es uno en miles. 

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Son familias enteras las que huyen de la guerra o la hambruna, o de ambas, a donde dé lugar.

Los países europeos piensan en sus presupuestos y en cómo sufrirán por la llegada de esta nueva demanda. No les falta razón. Es para preocuparse porque tampoco es posible para estas naciones acotadas territorialmente y no siempre bendecidas en sus tierras para proveer alimentos hacerse cargo de un exceso de población equiparable a su número de habitantes.  

El resto del mundo se comporta como espectador y hasta toma partido; lo vive como algo lejano. Como decíamos al principio, solo cuando una historia o una cifra resulta lo suficientemente espeluznante como para ganar la tapa de los diarios, el drama cotidiano del otro lado del océano se convierte en un asunto a tratar. Mientras tanto, y hasta que se halle una salida definitiva a los problemas de origen, está en falta una actitud proactiva del resto del concierto internacional reunido en los organismos supranacionales, ya sea generando los fondos para asistir a los países que reciben inmigrantes o para proveer las condiciones en los países de origen para que las opciones no sean morir allí o en el intento por salir. Esta u otras alternativas prácticas, ajenas a la cuestión geopolítica, pueden y deben ser planteadas por los países que no están inmersos en conflictos. Lo que no se puede hacer es dejar que el desastre siga amplificándose.

El Papa Francisco ha puesto en alerta a la comunidad católica de Europa para que reciban a inmigrantes, pero tanto ello como los muy valorados campos de refugiados de Naciones Unidas resultan gotas en el mar de la tragedia. El “corredor humanitario” puesto en marcha por la Comunidad de San Egidio, la Federación de Iglesias Protestantes y la Iglesia Valdense italiana, funciona sólo en Italia, por ejemplo y pasa lo mismo que con la comunidad católica. No alcanza. Pero es estudiado con gran interés por otros países europeos, entre ellos España, Alemania y Francia, que reciben a miles de inmigrantes que escapan de Africa y Oriente Medio.

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Pero no todo es tan sencillo como parece, porque hay verdaderas barreras en los países europeos para evitar que los refugiados ingresen a sus países. Y mientras los mandatarios niegan públicamente esta actitud, los reporteros descubren el velo de los malos tratos y penurias que deben pasar los inmigrantes para ingresar a una nación europea, si es que logran hacerlo.

 

Ni Europa en particular ni el mundo en general ha demostrado que puede enfrentar una tragedia humanitaria. Nos atrevemos a decir más: la hemos asimilado y ya poco nos conmueve. Emocionarse ante el rostro de una niña que quedó huérfana y a la que todos ahora quieren adoptar no es por estas horas un signo de humanidad sino más bien de hipocresía.

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