Mariano Hipólito García: un rematador de ley que construyó sobre la base del trabajo

Durante años se dedicó a esa actividad que se transformó en su pasión y tuvo varias ferias. Antes había trabajado en diversas actividades. Hoy con 90 años, hace un recorrido por su historia de vida que le permite transitar la vejez sin asignaturas pendientes, rodeado de sus afectos más entrañables: la familia, su principal recompensa.
Mariano Hipólito García, Lula, como lo conocen todos, es un hombre que acaba de cumplir 90 años. Vive junto a su esposa en una casa retirada del radio céntrico de la ciudad, en un espacio para largas caminatas, con plantas y perros. También nietos que circulan por ese que es su lugar en el mundo. Durante años fue rematador y tuvo, en sociedad con otros, varias ferias no solo en Pergamino sino en localidades vecinas. Trabajó sin descanso para lograr forjarse un porvenir y hoy transita la vejez de manera serena. Un bastón lo ayuda a movilizarse, pero su aspecto es jovial. Tiene tiempo para disfrutar de las cosas que le gustan y de recordar los tiempos gloriosos de la juventud. Se emociona cuando en su memoria recrea algunas vivencias. No esconde esa emoción con la templanza que dan los años. El 27 de mayo cumplió sus nueve décadas y lo celebró con los suyos.
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Nació en la localidad de Mariano H. Alfonzo en 1926. Hijo de Mariano García, camionero y Herminia Ratto, ama de casa, creció junto a sus hermanos: Jacinto y Josefina. A los 7 años la familia se estableció en Pergamino, en una casa de calle Luzuriaga y allí pasó parte de la infancia. Concurrió a la Escuela Nº 22. De la niñez recuerda las anécdotas de los juegos en la calle y las amistades para toda la vida. Jugábamos en la calle, siempre recuerdo que había un muchacho de apellido Martínez que nos hacía poner en la calle y jugaba con su bicicleta a saltarnos a todos.
Al finalizar la escuela primaria se volvió al campo con su abuelo y su primo. Allí ayudaba a criar cerdos, se levantaba a las 5:00 a ordeñar y se ocupaba de las tareas hogareñas. Ellos vivían solos, así que yo hacía las cosas del campo y después volvía a la casa para ocuparme de preparar la comida, cuenta.
Más tarde con un tío que era gallinero se fue a Alfonzo a trabajar. El se dedicaba a comprar huevos y salía por los campos a vender comida. Yo trabajaba con él, la gente nos conocía, más que clientes eran amigos, entrábamos a cualquier campo, nos quedábamos a pasar la noche, recuerdo que nos llevábamos un colchón de chala. Ese mismo tío puso un almacén y despacho de bebidas en el pueblo y allí Mariano tuvo trabajo: se dedicaba al despacho de bebidas. Era como un viejo almacén de ramos generales al que la gente llegaba de los campos. Recuerdo que venían con las damajuanas a comprar vino.
De regreso a Pergamino, entró a trabajar en la tienda La Valenciana. Recuerda que Leopoldo Nobo lo convocó para la tarea de vender ropa. Trabajé en el negocio que funcionaba enfrente al Hotel de Roma, en el Mercado Modelo, menciona y en esa anécdota recrea una postal de un Pergamino diferente.
En busca de nuevas oportunidades, ya con 17 años se fue a trabajar con un señor de apellido Serianovich en un estudio jurídico. Asegura que le gustaba la tarea que le tocaba realizar. Hacía de todo desde encerar los pisos hasta viajar a San Nicolás para llevar los expedientes y la contabilidad de una compañía que ellos tenían. Aprendí muchas cosas en ese tiempo.
En sus momentos libres y en virtud de que por entonces vivían en las cercanías de esa institución, pasaba sus horas en el Club Sports. Allí jugaba al basquetbol y cosechaba buenos amigos. En el fútbol había incursionado en la cuarta división de Empleados de Comercio. Era joven y tenía muchas ganas, como vivíamos cerca me la pasaba en el club cuando no estaba trabajando, señala. En esa entidad conoció a Spiatta, una persona que lo convocó para trabajar en Arbeleche. Aceptó sin abandonar el estudio jurídico. Hice ambos trabajos hasta que mi hermano que era jefe de Plantel me llamó para trabajar allí de noche.
Con el tiempo se quedó solo en Arbeleche y allí comenzó a establecerse en la que iba a transformarse en la actividad más significativa de su vida: los remates.
Enseguida comencé a crecer, en Arbeleche se iba el contador, iban a poner la contabilidad mecánica y me preguntaron si me iba a animar a manejarla. Yo no sabía mucho, así que lo que hice fue ir a la Casa Ferrer que vendían libros. Había visto uno de Contabilidad y me lo compré, me pasé noches enteras leyendo, hasta que aprendí y a los pocos días manejaba la máquina y llevaba los libros sin dificultad, relata, este hombre que se define como un autodidacta al que siempre le interesó superarse.
En sociedad
Con Spiatta, Draghi y Loyácono que eran empleados de Arbeleche, hicieron una sociedad de remate de campo. Los fines de semana teníamos remates, trabajábamos mucho. Recuerdo que me quedaba a la noche llevando la contabilidad de Arbeleche y la nuestra.
Por aquel tiempo les ofrecieron comprar la feria de Arroyo Dulce. Lo hicieron. Más tarde vino un hombre de Colón a ofertarles otra. Arbeleche la alquiló y ellos fueron allí a trabajar durante dos años. Así fueron creciendo y consolidándose en una actividad que a Mariano le apasionaba.
Con los años decidieron alquilar un local propio y los cuatro se fueron de Arbeleche para transitar su propio camino. Se quedaron con su emprendimiento y la feria en Arroyo Dulce. Se establecieron en un inmueble propio en Dorrego 482, y allí funcionó la firma Draghi, Spiatta y Cía.
Estuvimos hasta 1995, fueron años de un gran crecimiento laboral. Teníamos feria en Pergamino, en Colón y en Arroyo Dulce. Era una época de mucha actividad, casi todos los chacareros tenían caballos por entonces.
La empresa se transformó en una sociedad anónima, se transformó en referente para la actividad de remate y pasó el tiempo. Con los años fueron llegando los hijos de sus socios, fueron cambiando los tiempos y distintas circunstancias hicieron que las cosas no pudieran continuar.
Yo me quedé con el hijo de Spiatta, porque él ya había fallecido y Draghi venía a rematar nomás. Loyácono se había retirado. Pero hubo algunas diferencias internas que es mejor no recordar y finalmente decidimos disolver la sociedad. Yo había sido el presidente del directorio durante todos los años que estuvimos y fue una decisión difícil de tomar. Pero no quedó otro camino, indemnizamos al personal, sacamos a remate el escritorio y los autos.
Como las ferias eran nuestras y yo trabajaba mucho con Ciacia de la ciudad de Colón, nos pusimos de acuerdo para comprar la feria y el local de Pergamino. Durante dos años trabajamos dando remates, pusimos la oficina donde estaba la panadería Marina. Más tarde dejamos y yo vendí mi parte. Me puse a trabajar por mi cuenta hasta que me jubilé, seguí unos años más y después dejé y ahora estoy acá, con 90 años, ya retirado y sentado en una silla.
La vida familiar
Los tiempos de intenso trabajo y los logros que Mariano pudo alcanzar fueron acompañados por la dicha de haber podido armar una familia junto a Lilia Amanda Cufré, una mujer con la que está casado desde hace 63 años. La conoció en el barrio, cuando ella tenía 14 años y él 18. Al principio su familia no me la dejaba ver, pero me las ingenié para que eso cambiara, refiere y sonríe cuando recuerda las peripecias que hacía para poder encontrarla, en la calle o en algún baile. Yo iba a un baile y ella a otro y lo que yo hacía era irme hasta el que estaba ella para sacarla a bailar la última pieza. Bailábamos y después nos veníamos con su familia caminando hasta la esquina de Doctor Alem y Florida. Nos despedíamos, yo doblaba para mi casa y ella para la de ella. Nos enamoramos y estuvimos varios años de novios, hasta que nos casamos, cuando yo tenía 26 años, cuenta todavía con la emoción de haber encontrado a una compañera incondicional con la cual transitar la vida.
Tienen dos hijos: Edgardo Rubén, que es arquitecto y vive en Córdoba; y Silvia Graciela, que es docente y directora de la Escuela Nº 53. Son abuelos de cinco nietos: Mariana, Sebastián y Constanza García; y José Gabriel y Matías Servidía. También bisabuelos de Valentino de un año.
Tenemos una linda familia y nos acompañamos mucho, afirma y asegura que esa familia es su principal tesoro y la razón de vivir.
Un presente tranquilo
En el presente, ya retirado de la actividad laboral, Mariano disfruta de un presente tranquilo. No hago nada ahora, a veces las piernas no me dejan, igualmente camino todo lo que puedo. Durante muchos años vivieron en Rocha y Carpani Costa, después se mudaron a un departamento y más tarde se establecieron en la casa en la que viven, una quinta con un parque amplio que los recibe en un tiempo en el que tanto él como su esposa pueden disfrutar de tenerse.
Casi sobre el final de la charla vuelven las referencias del tiempo en el que estaba en actividad. No solo lo laboral ocupó su tiempo. Fue vicepresidente del Club Sports, e integró la subcomisión de fútbol en una época en la que el equipo salió varias veces campeón. También encontró el modo de dedicar tiempo a sus amigos. Durante muchos años tuvimos la peña Los amigos, entre otros la integraban Zanocco, Tinnirello, Natali, Español y Roca. Desgraciadamente quedamos muy pocos y de vez en cuando nos seguimos juntando, pero no ya con la periodicidad de antes que nos reuníamos en Desiderio de la Fuente o en las quintas de cualquiera de nosotros para compartir un buen momento y jugar a las cartas.
Hoy sus rutinas son más familiares. Asegura que casi no sale, ya entregó su carnet de conducir y le dejó el auto a su hija que vive al lado de su casa. Es el alma nuestra, la que nos lleva para todos lados, señala sintiéndose dichoso.
Con la templanza que dan los años, afirma convencido que ya no tiene asignaturas pendientes. Lo que quería hacer, lo hice todo. Lo que más sentí es haber dejado la feria, pero eso ya pertenece al pasado. Ahora es tiempo de descansar y acá estamos, los dos viejitos haciéndonos compañía, concluye mirando a los ojos a su mujer que acompañó el tiempo de la entrevista con ricos mates, en un rito sencillo. La forma en que se comparte la vida.

















