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María Cristina Ruffini: una vida dedicada al ejercicio docente comprometido

23 de marzo de 2014 a las 12:00 a. m.

María Cristina Ruffini, una mujer que hizo coincidir su “oficio” con su “pasión”.

(LA OPINION)

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María Cristina Ruffini es una docente de destacada trayectoria en Pergamino. Aunque nació en la ciudad de San Nicolás, se define a sí misma como “una pergaminense por adopción”. Tiene 67 años y está en pleno ejercicio de su labor en la formación de futuros educadores, una tarea que la coloca en el lugar indicado para transferir el bagaje de múltiples experiencias adquiridas durante años de ininterrumpida tarea. Tiene en su haber sólidos conocimientos. Lo sabe; sin embargo no es presuntuosa y más bien toma la vivencia en el aula como una aventura siempre renovada. Se siente gratificada y reconocida en lo que hace. 

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La entrevista para trazar su “perfil pergaminense” se concreta en su casa del barrio Centenario, un espacio sencillo y acogedor que tiene su impronta en cada uno de los detalles. En la decoración predomina el rojo, un color que define como “el de la independencia”. Cada objeto de su casa cobra sentido para ella. Acepta la charla en la intimidad de ese ámbito, con la naturalidad de cualquier conversación. En pocos momentos deja de lado su rol docente, como si su profesión atravesara cada una de sus reflexiones.

“Nací en San Nicolás y viví en Conesa hasta que me casé; vivo en Pergamino desde hace más de 45 años, así que me siento una pergaminense más”, señala en el comienzo y recuerda: “Estudié en una época en que nos recibíamos de maestras en la secundaria; comencé a trabajar en San Nicolás y viajaba a Pergamino para estudiar Psicopedagogía”.

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Relata innumerables anécdotas del tiempo en el que era asistente educacional en escuelas primarias. “Sentía que tenía mucha teoría y que me faltaba una práctica más comprometida, así que decidí estudiar Educación Especial en el Instituto Superior de Formación Docente Nº 5”.

Fueron innumerables las recompensas de esa elección. “Los chicos con capacidades especiales son tan cariñosos y agradecidos, te devuelven tanto afecto que es muy difícil separarse de ellos”.

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Una larga carrera

Haciendo un enorme sacrificio, viajaba para estudiar y viviendo en nuestra ciudad, lo hacía para trabajar.  “Conseguí el pase a Pergamino recién cuando nació mi primer hijo, así que hasta ese momento me levantaba todos los días a las 5:00 para ir a San Nicolás a trabajar”.

En el inventario de su carrera docente menciona su labor como asistente educacional en la Escuela Nº 12 de la localidad de Acevedo.  “Fue una experiencia hermosa,  mi trabajo me encantaba”.

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Uno de los hitos más significativos fue su paso por la Escuela de Educación Especial Nº 502, donde llegó a ser directora. Pero de cada lugar guarda el aprendizaje y la experiencia. “Trabajaba también en la Escuela Nº 41, que no estaba donde funciona actualmente sino en los hornos, me iba en bicicleta y allí fue donde tuve mi primera crisis de asma porque trabajaba en casillas que daban a la pampa”, cuenta.

“Cuando cumplí 50 años me jubilé de la Educación Especial”, menciona más adelante y señala que llegó a ser inspectora de la rama, designación que le permitió tener a su cargo una amplia zona.

La decisión de jubilarse llegó después de un hecho que define como “devastador”: la inundación de 1995. “El agua se llevó todo, fue muy triste, tuvimos que mudar la escuela. Con Marta Orlandi que era la vicedirectora conseguimos a través de Lucy Jure utilizar las instalaciones de la  exfábrica Filus; recuerdo que armamos los salones con cartones de las heladeras que pedimos en los negocios”, comenta.

 

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Formar docentes

En la actualidad trabaja en el Instituto de Formación Docente Nº 5 como profesora de quienes están estudiando para ser docentes de Educación Especial.  Allí enseña lo que sabe, lo que aprendió en años de fructífera carrera.

También trabaja en el Instituto de Formación Docente Nº 121, con alumnas que estudian para ser maestras jardineras. “Me gusta mucho mi trabajo, hay quienes me preguntan por qué no me retiro, pero para mí la docencia es un placer”, señala y acerca una expresión del filósofo Santiago Kovadloff. “No hay nada mejor que tener por oficio la propia pasión.

“Yo tengo esa suerte, así que no me van a sacar tan rápido”, afirma convencida.

Asimismo, asegura que formar a los futuros docentes es una tarea apasionante que conlleva una enorme responsabilidad. Reconoce que cuando alguien tiene la experiencia de haber trabajado en la modalidad en la que enseña, lo que hace es “compartir con otros lo que sabe”.

Ese ejercicio la enriquece. “Quiero mucho a mis alumnos y ellos también me quieren; a veces tenemos dificultades porque la educación ha sido devastada, pero aprendemos juntos”.

En un momento del relato asegura que llegó a la docencia, buscando lo que se aproximara más a lo que quería ser: psicóloga. “Yo en realidad no sabía que tenía vocación docente, en la época que terminé el secundario, en 1964, vivía en un pueblo chiquito, irme a estudiar Psicología significaba un peligro para mi mamá; así que no me dejaron; fue entonces que busqué lo más parecido a lo que me gustaba y elegí la Psicopedagogía.

“Pero no soy de las psicopedagogas que se encierran en el gabinete, siempre he trabajado a la par de las maestras y he sido una aliada de ellas”, comenta y en esa frase aparece un sello que la distingue: su compromiso con el hacer, en las aulas y en la vida.

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“Cuando me recibí no existía la computadora y ahora tengo Facebook para comunicarme con mis alumnos de cada una de las materias; creo que el secreto es estar siempre actualizada. Además si quiero que me vean como un interlocutor válido, no importa que esté cerca de los 70, necesito estar cerca del lenguaje que mis alumnos utilizan.

“Quizás cronológica o biológicamente estoy cerca de los 70, pero no estoy cerca de esa edad para comunicarme con ellos”, afirma.

Refiere que le gusta escribir. Cuenta con varios libros producidos y editados sobre su experiencia pedagógica. Durante la charla destaca alguna de esas vivencias. “En la Escuela Nº 502 armamos una cooperativa escolar que todavía sigue existiendo; junto a Marisa Maggio escribí en coautoría sobre esa actividad.

“También tengo un libro sobre cómo usar el teatro como estrategia pedagógica”, comenta y menciona otro trabajo realizado con una amiga “casi una hermana” que vive en Italia, cerca de Génova y que fue editado por una editorial de Roma.

“Son múltiples las producciones que he logrado, en el marco de mi actividad docente”, señala con humildad.

 

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Su vida familiar

Durante la entrevista María Cristina Ruffini habla también de sus hijos y nietos. “Tengo dos hijos: Mauro y Franco Lasagna; y cuatro nietos: Sofía, Santino, Tomás y Juan Ignacio. En varios lugares de su casa hay fotos de ellos. Sin embargo no abunda en demasiados comentarios de su vida personal. Hay un espacio íntimo y respetuoso que queda resguardado. En un momento refiere ser parte de una generación de mujeres que debieron salir a trabajar para ayudar a sus esposos. “Es duro, además de ser mamá tuvimos que ser maestras, arquitectas, bailarinas, economistas, planchadoras; andar con todo a cuestas es estresante; yo siempre tuve el privilegio de hacer lo que me apasionaba, pero igualmente hubiera sido más cómodo quedarme en casa; sin embargo luché como tantas mujeres de mi generación y no me arrepiento. 

“Me llamo Cristina, y una vez me dijeron que los nombres tienen algo que ver con el destino de uno: Cristina significa ‘la que lleva la cruz’ quizás esa haya sido mi cruz, como la de muchas mujeres de mi generación que no han sido reconocidas ni por sus hijos, ni por su marido, ni por su familia cercana porque hemos roto el paradigma; alguien tenía que romperlo”.

 

Siempre en actividad

María Cristina es hiperactiva. Lo reconoce y lo celebra. “Me gusta hacer muchas cosas, hice teatro en Florentino, ahora empecé en Talía con Marta Lere; voy al coro con Diego Moran, ahora estamos pensando en armar una agrupación para cantar coros y boleros. En realidad me falta tiempo para hacer todas las cosas que quiero”, asegura.

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A la par de ello trabaja en un proyecto comunitario en el que invierte gran parte de su tiempo. “Cuando hace un año me vine a vivir al barrio Centenario sentí que tenía que hacer algo, un día surgió la idea de hacer una compilación de la historia de este lugar. Pusimos manos a la obra y empezamos a compilar, presenté un proyecto en la Municipalidad para editar el libro que se llamará ‘Más allá del Arroyo, de ayer a hoy’. Es una idea que me tiene entusiasmada, con mi ayudante de cátedra buscamos testimonios, filmamos relatos, mi casa se convierte muchas veces en un set de filmación todos tienen una historia para contar; recientemente abrí un Facebook y me sorprendí de la cantidad de gente que quiere sumarse a esta iniciativa, estar presente e incluso encontrarse con vecinos que no ven hace tiempo”.

En ese proyecto confirmó su vocación de “historiadora” y asegura haber heredado esa condición de su padre, Victorio Ruffini; un hombre que reunía relatos de su pueblo para ir a contarlos en un programa de radio cada semana.

También de su mamá adoptó cosas. “Ella se llama Cesarina Romani, tiene 98 años y vive en Conesa, orgullosa de ser la más vieja del pueblo”.

Cristina tampoco parece temerle a la vejez. De hecho la imagina parecida a su presente. “Si tengo la suerte de sentirme bien y no enfermar, creo que seré una vieja hiperactiva”, señala y ríe.

 

En Pergamino

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Entre fotos y libros, centrada en el presente, imagina su porvenir en Pergamino. “Soy pergaminense por adopción, esta ciudad me adoptó”, reflexiona.

Esa pertenencia la gratifica.  “Tengo amigos que tienen que ver con mi trabajo y con los clubes a los que he concurrido; otros son de los años en los cuales viví en la Ciudad Deportiva, la nuestra fue la casa número ocho de las que se construyeron allí, así que guardo muy buenas relaciones con mucha gente”.

Sobre el final refiere anécdotas de viajes. Sus apreciaciones no son hechas al azar sino que permiten cerrar la charla con un mensaje que tomó de su padre y que traduce en un profundo aprendizaje: “El siempre decía que todo lo que uno puede llegar a ver en cualquier lugar, está en el pueblo donde uno vive. Ahora, a la vuelta de la vida, y después de haber conocido muchos lugares, pienso que tenía razón, así que imagino mi futuro aquí en esta ciudad que me ha adoptado”.

 

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