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Margarita Arrubio de Sétula: recuerdos que describen verdaderas postales de la ciudad

08 de diciembre de 2013 a las 12:00 a. m.

 “Maguita”  Arrubio recreó algunas anécdotas de su historia de vida. 

(LA OPINION)

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La charla con Margarita Arubio de Sétula “Maguita”, como la conocen todos, acerca imágenes que aunque forman parte de su vida privada, constituyen postales históricas de la ciudad. En el relato aparece la Farmacia Central, ubicada en la esquina de San Nicolás y Avenida; la Casa Casal, que funcionaba enfrente; el policía que la ayudaba a cruzar la calle cuando era apenas una niña; el tradicional Paseo por calle San Nicolás, el Hotel de Roma, el café Tokio, sus primas, sus amigas y el primer amor. “A mi esposo, Néstor Alfredo Sétula lo conocí en el Paseo”, señala y cuando describe la cimiente de esa relación, lo que cuenta constituye pinceladas de una costumbre social de aquel tiempo. Caminar por calle San Nicolás era la actividad recreativa por excelencia, allí donde se establecían vínculos. “El paseo era la salida obligada, un vigilante se paraba en la esquina donde ahora empieza la Peatonal con unas mangas blancas y no dejaba pasar a nadie, a las cinco de la tarde la gente iba al Cine y hasta las ocho de la noche la calle San Nicolás,  entre la avenida y San Martín, era un punto de encuentro, en ese trayecto estaba el Hotel de Roma y el Bar Tokio; son innumerables los recuerdos.

“Yo iba con mis amigas y primas, mi mamá era tan exagerada con los horarios que teníamos que volver a casa temprano, así que caminábamos rápido para poder dar dos vueltas”, dice riendo.

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“Así lo conocí a ‘Pachi’, mi esposo, en un baile del estudiante me sacó a bailar, acepté y luego nos pusimos de novios, estuvimos ocho años hasta que nos casamos, él estudiaba en Córdoba así que nos veíamos sólo cuando venía a Pergamino”.

“Maguita” tiene 74 años, es una mujer elegante y expresa esa cualidad en cada uno de sus gestos, mostrando retazos entrañables de aquel pasado que le permitió sentar los pilares de la vida que comparte con él. 

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La entrevista se desarrolla en su casa, en Avenida de Mayo, donde uno de sus hijos, Alfredo, tiene el consultorio médico. Su otro hijo, Martín, es diseñador gráfico y está casado con Andrea Bosco.  Ellos y sus nietos  Agustina (21), María Eugenia (17), Andrés (10) y Mariano (8), Nicolás (21) y Rocío (18) conforman su universo afectivo más próximo. 

“Tengo una hermosa relación con mis hijos y nietos, pasamos mucho tiempo juntos”.

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Completan ese mundo una entrañable cantidad de amigos. “Soy de amistades perdurables”, asegura y dedica tiempo a cultivar esos vínculos. 

“Este año murió Mabel Aguirrebarrena, una amiga del alma, fue una pérdida irreparable”, confiesa y reconoce que tiene muchísimas amigas “sería imposible nombrarlas, pero ellas saben quiénes son”.

 

Su infancia

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Fue la única hija del matrimonio de María Emma Casal y Rafael Carlos Arrubio.

“Mi mamá era la hija del dueño de Casa Casal, una tienda enorme que estaba donde actualmente está El Monarca y que se quemó en el año 1965; y mi papá era farmacéutico y tenía la farmacia donde hoy está Oshira, así que mi niñez transcurrió en esa esquina, el agente de policía me cruzaba la calle cuando era chica.

“Todos los recuerdos están asociados a esos lugares, íbamos todas las tardes a la casa de la abuela que era una santa”, dice. Está hablando de Elvira Illia, hermana de Don Arturo Illia, de quien guarda recuerdos adorables. 

“Nosotros vivimos un tiempo en la farmacia, después mi papá compró la quinta donde hoy es el Club de Viajantes, y nos mudamos allí; más tarde vivimos un tiempo en calle Pinto y después compramos esta casa en la que vivo actualmente”, señala. 

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“Desde mis 14 años vivo en este lugar”, remarca, en el comedor de su casa que conserva las mejores marcas del paso del tiempo y esa calidez del hogar familiar.

 

Su relación con Don Arturo

“Guardo de Arturo Illia los mejores recuerdos, también de su esposa que era una divina”, confiesa y recuerda que “Arturo venía a la quinta, era muy amigo de mi papá, se sentaban en el escritorio a charlar de política.

“Tenía con nosotros una relación fantástica y cuando lo eligieron presidente le pregunté a la abuela si estaba contenta y me respondió: ‘Pobrecito mi hermano’”, recrea y describe a Don Arturo como “un ser sensible y un político extraordinario”.

 

La pérdida de su padre

Cuando traza su perfil, en varios momentos de la conversación confiesa que nunca pudo superar la muerte de su padre que falleció a los 48 años. “Murió en la farmacia, con el diario en la mano.

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“Fue una pérdida que no superé nunca, era un ser especial, la alegría de vivir y tenía un corazón de oro, las empleadas de la farmacia que se casaban lo elegían como padrino y todos dicen que el suyo fue el entierro más grande que tuvo Pergamino”, señala.

Rafael Arrubio era radical, concejal, y Margarita recuerda: “Los martes a la noche tenía reu-niones políticas y como yo iba a la escuela me acostaba a dormir, pero el miércoles él me contaba todo, quizás sea por eso que me apasiona la política, soy una política frustrada”.

Su papá murió el 26 de marzo de 1951. “El 25 de marzo habían hecho el acto peronista más grande de la historia en la puerta de la farmacia, en aquel tiempo los turnos eran de una semana, así que estaba abierto y aunque todos los radicales le aconsejaban cerrar, él no quiso; recuerdo que nos acompañó hasta la esquina de Pinto y ahí nos despidió, al otro día cuando los muchachos llegaron a la farmacia lo encontraron muerto, lo he extrañado toda mi vida”.

“Lo tengo presente siempre y creo que soy parecida a él en el carácter, mi mamá era menos demostrativa, papá era quien siempre me abrazaba y me hacía un huequito en la cama para que yo me pasara”, cuenta y vuelve a ser un poco aquella niña que creció siendo consentida y querida.

“Si hubo alguien malcriado, fui yo, todo lo que se me podía pasar por la cabeza lo tenía; un día una tía de mi mamá, Juana, me había llevado a ver una obra en la que trabajaba Discépolo, la actriz que hacía de amante tenía un color de cabello precioso, cuando volví se lo conté a mi papá y él me mandó a comprar una muñeca Mariquita Pérez con el pelo natural de ese color a las Galerías Pacífico, la conservo todavía”.

Luego de la muerte de su padre, su mamá siguió con la farmacia un tiempo y después la vendió, lo mismo que la quinta. Las vivencias de aquel tiempo quedaron marcadas a fuego en la vida de “Maguita”.

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“El tiempo después hace su tarea y apacigua el dolor”, afirma.

 

El mundo del trabajo

Margarita es maestra, egresada del Colegio Normal. Sin embargo no desarrolló su actividad docente. “Era una época en la que no resultaba tan sencillo ingresar a la docencia”, plantea. Fue celadora en el Colegio Comercial, gracias a “Sarita Miquelarena, una gran amiga” y también ayudante de gabinete en el Nacional. “En uno de los cursos tuve a Gorriarán Merlo y al ‘Indio’ Bonet como alumnos”, señala.

“A Gorriarán Merlo lo habían echado del Colegio en San Nicolás y se había venido acá, manteníamos largas conversaciones y un día, muchos años después cuando lo entrevistó el Diario LA OPINION señaló que yo era una de las personas a las que recordaba de su paso por Pergamino, es una anécdota de las tantas que tengo”.

El resto de su trayectoria laboral fue en la Dirección General Impositiva y en el consultorio de su esposo, con quien colaboró siempre.

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Una experiencia en Córdoba

Narra con gratitud el período en el que con su esposo se establecieron en Córdoba. “Yo trabajaba en Impositiva de Pergamino, así que pedí el traslado y trabajé en Córdoba, es una experiencia que recuerdo con cariño, la capital cordobesa es una ciudad linda; allá tengo amigos del alma, en donde vivimos cinco años.

“Cuando  volvimos nos instalamos en esta vivienda, pero mi marido tenía el consultorio en la casa de la madre, después lo mudó aquí y hasta que se jubiló hace un par de años trabajé a la par de él porque su actividad profesional fue siempre parte de nuestra vida”.

 

Una dura prueba

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En el inventario de las pruebas que le puso la vida, aparece el accidente automovilístico que sufrieron en Carmen de Areco. Fue en 1965. “Fue terrible, ‘Pachi’ tuvo ahí su problema de cadera; yo estaba embarazada de 8 meses y lo perdí, me trajeron en ambulancia, fue un accidente muy grande”.

Juntos sobrellevaron la pérdida y consiguieron restablecerse del trauma de una experiencia que nunca olvidaron. “Tenemos muy buena relación, hace 50 años que estamos juntos, más los que estuvimos de novios, es toda una vida compartida”.

 

Un presente tranquilo

“Maguita” confiesa que en los últimos tiempos la salud de su esposo se ha debilitado y eso le ha exigido otros cuidados. Asegura que ha podido sobrellevar la situación gracias a su carácter y a la contención de sus afectos. Salvando esa circunstancia considera que tiene “un presente tranquilo”.

“Me gusta ocuparme de la casa, la cocina, las compras y disfruto del café con ‘las chicas’ en Las Letras, ese momento con ellas me ha salvado, me he sentido muy querida y acompañada”.

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Su otra compañía es la radio. “Me gusta escuchar a Lanata, Leuco y  Nelson Castro, siempre trato de estar bien informada”.

Su pasión por la radio tiene anclaje en la infancia, ya que en su casa siempre se escuchaba Radio El Mundo.  “Con mis primas y tías llorábamos escuchando las novelas por radio, era otro mundo”. También le gusta la música y la lectura. 

Se define como una mujer que “cree en la gente”.  Recuerda con cariño su participación como voluntaria en Cáritas y asegura que concibe el bien por el bien mismo, sin premios ni castigos. Confiesa que le gusta el Papa Francisco y aunque no se define “creyente”, reconoce que “me acerca a la Iglesia que siempre quise”.

 

Pergaminense de ley

Tiene una capacidad innata para describir situaciones. Eso se percibe en la charla, y cada anécdota recrea el tiempo de una ciudad de la que ella misma es parte. “Soy bien pergaminense, pero era otra ciudad completamente distinta en la que crecí. 

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“Estábamos en pleno centro y pasaba un auto cada muerte de obispo, cuando vivíamos en la quinta, sobre la ruta veíamos pasar el colectivo que iba a San Nicolás y un auto cada tanto; lo que sí andaban eran muchos carros y se veían linyeras con sus monos de ropa a cuestas, era otra vida”.

 

En el horizonte

Hacia atrás su vida está colmada de significativos recuerdos. En el presente hay familia y amigos que la contienen. Precisa y frontal se atreve a señalar que hacia adelante no tiene demasiados proyectos pendientes. “Quiero que mis hijos y nietos estén bien y los veo encaminados, no le tengo miedo a la idea de morirme, a lo que le temo es a la decadencia, a sentir que la vejez me pesa, me gustaría morir como murió mi papá sin dar trabajo, de otro modo los que más te quieren terminan deseando que partas para no verte sufrir, he visto mucho eso y no lo quiero para mí”, afirma convencida.

“Tuve y tengo una buena vida, pero tendría que decirle: ‘Nada te debo vida’, porque me arremangué cuando tuve que hacerlo, cuando hubo que pasar penas las pasé, me ayudaron el carácter y los amigos, y el tomarme las cosas en forma natural, como parte de la vida, con blancos y negros, caras y secas”, concluye.

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