Mandela: un hombre que sólo con su convicción y su fuerza unificó a Sudáfrica
El líder de la reconciliación en un país destrozado por los desprecios y desigualdades entre razas, el padre de la Sudáfrica moderna, símbolo de la lucha por la libertad y la igualdad, falleció a la edad de 95 años. Mucho antes que este triste acontecimiento (que siempre pone de relieve las virtudes del protagonista) ya era considerado uno de los dirigentes más trascendentales de la historia contemporánea, ejemplo de voluntad, persistencia, coherencia y militancia en todo el mundo.
El anuncio de la muerte fue recibido con dolor por la multitud que hacía vigilia frente a su casa, en Johannesburgo, y con fuertes elogios y muestras de admiración, fue homenajeado en todo el mundo.
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Mandela, que festejó 95 años el 18 de julio, fue hospitalizado cuatro veces desde diciembre de 2012, siempre a causa de infecciones pulmonares. Esos problemas recurrentes estaban ligados a las secuelas de una tuberculosis que contrajo durante su estadía en la isla-prisión de Robben Island, frente a Ciudad del Cabo, donde pasó 18 de sus 27 años de detención en las cárceles del régimen racista.
Sólo para comprobar la profundidad de sus convicciones, hay una anécdota que lo muestra tal cual era: cuando ya había cumplido 20 años de cárcel por buscar la integración sudafricana entre blancos y negros, las autoridades racistas le propusieron dejarlo en libertad a cambio de crear dos países: uno sólo de blancos y otro sólo de negros. Mandela era hacía años líder indiscutido de la integración de toda Sudáfrica y aun preso tenía tantos seguidores que el Gobierno le temía, por esto intentaban negociar con él, a pesar de ser un convicto. Su respuesta fue que prefería seguir en prisión antes que aceptar semejante propuesta. Y siguió preso siete años más.
Mandela se convirtió en 1994 en el primer presidente negro de la historia de Sudáfrica y lideró, junto a su antecesor en el cargo y último líder del Apartheid, Frederik de Klerk, una transición democrática que evitó una guerra civil entre blancos y negros.
“Gracias a Mandela la reconciliación en Sudáfrica fue posible”, dijo en una entrevista televisiva De Klerk, primero adversario y después aliado de Mandela, con quien compartió el premio Nobel de la Paz tras el desmantelamiento del régimen supremacista de los sudafricanos blancos, entonces dueños de todos los derechos y privilegios.
En Sudáfrica lo llamaban “Madiba”, nombre del clan Thembu al que pertenecía, pero quizás otro apodo que también recibió lo defina mejor: “Dalibhunga”, que significa creador del consejo o coordinador del diálogo. En la historia universal quedará inscripto como el hombre que le dio un nuevo sentido a la libertad y la democracia, especialmente en un continente donde estas palabras eran un abstracto.
Trabajó y negoció toda su vida la transición hacia una democracia multirracial, pagando el precio de la cárcel y de una vida privada y familiar que, según admitió, quedó relegada en la lucha por una nación más justa. No tuvo alternativa: gran parte de su vida adulta la pasó entre la clandestinidad, los tribunales, la cárcel y la vida pública de un estadista.
Mientras estuvo preso el mundo casi no lo conocía, sin embargo era líder indiscutido entre los sudafricanos de color. Luego su labor y su ejemplo, ante los resultados logrados en una nación donde la reconciliación parecía imposible, lo hicieron una figura de peso internacional.
Así lo demostraron políticos, jefes de Estado, militantes de los derechos humanos, artistas y otros millones de ciudadanos del mundo entero, que plasmaron su devoción sincera a lo largo de las últimas décadas en discursos, conciertos, películas, y en las miles de visitas semanales a la famosa isla de Robben Island.
Decenas de mandatarios y líderes de organismos internacionales expresaron sus condolencias al pueblo sudafricano y destacaron el legado de Mandela como un líder democrático y una fuente de inspiración en todos los terrenos. La presidenta Cristina Kirchner se refirió en un comunicado a Mandela como “referente mundial de la lucha contra el racismo y a favor de los derechos humanos”.
Puede sonar contradictorio en nuestros días hablar de Jesucristo cuando se trata de política, sin embargo, en esencia, la política como acción en democracia tiene mucho de pensamiento cristiano en tanto proclama y procura la igualdad de derechos. Mandela fue, como Cristo, un hombre de Dios en la Tierra, que en su actividad trabajó en pos del cumplimiento del mandamiento divino que demanda amar al prójimo como a uno mismo.
Que un hombre, sólo con la fuerza de la convicción inquebrantable, haya logrado lo que parecía imposible, unificar una Sudáfrica ganada por el odio racial más virulento, por la violencia y los rencores, lo ubica entre los más grandes del mundo, sin lugar a dudas.















