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Lydia Caffaratti de Duzevich: “Esta ciudad me abrió las puertas del arte”

22 de diciembre de 2013 a las 12:00 a. m.

 Lydia Caffaratti, en sus obras va plasmando su profunda vocación por el arte.

(LYDIA CAFFARATTI)

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Lydia Caffaratti de Duzevich, nació  en Cruz Alta. Sin embargo se define “pergaminense por adopción” y asegura que esta fue la ciudad que le abrió “las puertas del arte”. Es una artista plástica reconocida y brega por la integración de las distintas disciplinas. Su pasión es la pintura, actividad en la que se formó con “los grandes” y que despliega como vehículo de expresión de emociones y vivencias cotidianas.

Hace poco recibió el premio “El Quijote” en la Fiesta de la Cultura del Diario LA OPINION y Canal 4 por una muestra realizada en Osde junto a Silvia Aquiles y Marcela Cenachi. Llega a la entrevista sorprendida por la convocatoria y emocionada por lo que considera “un honor y un reconocimiento”. Trae en sus manos una carpeta con la reseña de su desempeño en el campo del arte, prolijamente ordenada. Ahí está su historia. “Traje estas cosas para no olvidarme que a esta entrevista vine para hablar de mí”, señala en el comienzo. La frase define su disposición de pensar siempre en los demás y vivir para ellos.

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“Por sobre todas las cosas acompañé a mi marido, Tomás Duzevich,  que fue un gran profesional y tenía una pasión por la investigación, me enamoré de él cuando tenía 14 años, seguí su carrera, nos casamos antes de que se recibiera de bioquímico, nacieron nuestros hijos, y dediqué mi vida a acompañarlo, fui su secretaria en el laboratorio y siempre estuve a su lado”, cuenta y señala que “tal vez esto hizo que relegara mi compromiso con el arte, una vocación que siempre estuvo latente”.

Enviudó hace poco más de un año, lo que constituyó “la pérdida más importante de mi vida”. Todo su relato está atravesado por el profundo amor y admiración que sentía por su esposo, recuerda sus casi siete años de noviazgo, las cartas, el compromiso que asumieron y los 46 años que estuvieron juntos. La vida para ellos estuvo colmada de experiencias. Tuvieron tres hijos: Mirka, Walter y Yanina. 

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“Mirka es profesora de Expresión y Lenguaje Corporal y mamá de Stéfano; Walter es médico, vive en San Lorenzo, es papá de Brunella, Juliana y Valentina y abuelo de Mila que tiene un año; y Yanina es abogada, vive en Buenos Aires y es mamá de  Facundo y Sofía”, señala.

“Nosotros vivimos en Rosario, más tarde en Arrecifes, Carmen de Areco, luego en Pirané, en la provincia de Formosa, y más tarde nos vinimos a Pergamino, donde consolidamos nuestra vida familiar”, cuenta.

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“Tomás era el único bioquímico de Formosa a Salta, estábamos en el medio del monte, fue una experiencia para engrandecer el alma”, señala y rescata el aprendizaje de esa vivencia. También recuerda que viajaba hasta Formosa capital a buscar cosas para el laboratorio y aprovechaba para ir a Bellas Artes.

“Cuando nos establecimos en Pergamino el primer objetivo fue que él se insertara profesionalmente, vivíamos a una cuadra de Bellas Artes así que allí estábamos cada vez que había una actividad. Pergamino fue la ciudad que me abrió las puertas del arte”, señala.

“Yo tenía delirio por estudiar, mis padres -Pedro y Anita- eran personas amorosas y pensaban que la mujer tenía que prepararse para el hogar y yo hice eso, hasta que un día descubrí que quería hacer algo más, así que tomé la decisión de terminar el secundario, al principio rendía libre y luego terminé en el Mariano Moreno, que funciona de noche en la Escuela Nº 1”, agrega y reconoce que aunque al principio a su esposo le costó aceptar esta decisión de vida, luego la acompañó incondicionalmente.

“Ambos sentíamos placer por el conocimiento y siempre buscábamos la forma de nutrirnos mutuamente”, agrega, emocionada.

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Tiene muy lindos recuerdos de ese tiempo, y el sacrificio tuvo la recompensa del logro: fue abanderada, obtuvo su título y se inscribió en la Escuela de Artes Visuales donde se recibió de maestra de Artes Visuales.

“También me anoté en el Conservatorio de Música y en 2007 me inscribí para hacer la carrera de Diseño de Indumentaria en la Unnoba, aunque después no seguí.

“En Bellas Artes hacía cursos con Bangardini, fue una época muy linda y tuve otros docentes como Dauguet en dibujo, Eduardo Médici y Horacio Zabala en Clínica; pintaba con Jorge Bertero que fue mi gran maestro de pintura y con quien hice mi primera muestra en 2002 y luego otra en 2006; fue un tiempo hermoso”, relata. 

Apasionada por las artes, reconoce que desde siempre supo que su camino sería la pintura y el dibujo.  “Cuando era chica en los actos escolares siempre me elegían para pintar las efemérides en el pizarrón y recuerdo que me gustaban las tizas de colores; se hacían concursos y he ganado algunas cajas de acuarelas y pinturas”, recuerda. “Con los años descubrí que mi abuelo tenía una despensa que había pintado con muchos colores. Un día dije: ‘El abuelo era cubista y no lo sabía’; le gustaba hacer figuras en madera, seguramente había algo en él que yo miraba y tal vez de ahí viene mi gusto por los colores”.

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Asegura que para pintar la inspira “la vida misma” y se define como “una persona sensible”.

Reconoce que la puede “el color”. Pinta en su casa y encontró la forma de establecer diálogos con la obra. Actualmente su nombre integra el catálogo de artistas pergaminenses, lo que para ella constituye “un orgullo”.

“Siempre estoy creando y tengo muy presente lo que alguna vez dijo Bangardini: ‘Siempre hay que seguir creciendo, el arte es ver un tren y dibujar una pipa” y trato de estar muy atenta a cómo cada cosa resuena en mí para poder pintar”.

 

La pérdida

Lydia asegura que la viudez es el peor estado de una persona, pero entiende que es algo que ocurre y que es necesario mirar hacia adelante. “Nunca pensé que Tomás se iría tan pronto, soñábamos con la vejez juntos, pero no pudo ser”.

La muerte de su compañero se dio en forma casi sorpresiva y Lydia aún conserva vivos los recuerdos de lo que constituyó para ella “el horror”.

“Tomás tenía algunos problemas de salud, pero nada nos hacía suponer este desenlace, unos días antes habíamos estado en el campo de su hermano, en su pueblo, el último año habíamos viajado mucho, teníamos proyectos; perder a mi marido fue lo peor que me pasó, sentí  que me moría yo también”, confiesa.

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Un estímulo

En la elaboración del duelo, los afectos y la pintura tuvieron para ella una significación especial. “Me sentí muy acompañada por mis hijos, Mirka que es la que vive en Pergamino ha sido incondicional, también su esposo y Stéfano, uno de mis nietos que tenía adoración por su abuelo.

“Fue una experiencia muy difícil, ahora estoy mejor y aunque siento el dolor, ya no es esa angustia que me derriba, ya no estoy paralizada”, señala y atribuye su estado de ánimo de hoy a su trabajo interno, a la pintura y al acompañamiento de su psicólogo.

 

Algo mágico

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Aunque ya había tenido la experiencia de participar de muestras y espacios donde exhibir su producción, Lydia encuentra en la muestra realizada este año en Osde, junto a Silvia Aquiles y Marcela Cenachi, “algo mágico”.

“Sentí que era algo extraordinario, esa muestra y el premio ‘El Quijote’ que fue consecuencia de ese trabajo, fueron grandes alientos, sentí que Tomás desde algún lado me estaba acompañando”.

Considera que para los artistas “las muestras” son oportunidades de encuentro. “Creo que el arte tiene eso, la posibilidad de unir, para mí cada muestra es como una fiesta y esa realizada en Osde fue particular, aún recuerdo a mi psicólogo diciéndome que la pintura me iba a salvar.

“Cuando me convocaron dudé, rezaba, hablé con mi sacerdote de confianza, me estimuló a que pensara en mí, así que puse manos a la obra y volví a la tarea”.

El resultado fue extraordinario. “Me pasó algo mágico con el arte este año”, confiesa.

“En el armado de la muestra me decían, ‘los artistas tienen que colgar su obra’, yo no me animaba, pero tomé coraje y lo hice, cuando la vi terminada fue mágico, se iluminaron mis trabajos ahí; me sentí muy alentada por la familia artística de Pergamino”, comenta y cuenta con orgullo que María Teresa Constantín, curadora de la muestra y profesional de reconocida trayectoria y rigurosa formación, se fue muy impresionada por la calidad del trabajo.

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“No me esperaba esa repercusión y tampoco el premio, cuando me avisaron no lo podía creer”, reconoce y con el recuerdo siempre vívido de su esposo, considera que “él debe estar disfrutando como yo desde algún lugar”.

“Bendita sea esa muestra que alivió por momentos mi dolor; ya no estoy paralizada”.

 

El porvenir

Recuperándose de una dolencia congénita heredada de la familia de su padre, Lydia está abocada a la tarea de armar la vida de otra manera. “Me han pasado muchas cosas este año, todas muy significativas”.

La pintura ocupa gran parte de su vida. “Estoy pintando signos, los había empezado a incorporar a las figuras amorfas, a ese encuentro de colores. Tomás me lo decía: ‘Los signos son lo tuyo’. Hoy mis ideogramas se están empezando a corporizar”, refiere.

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El resto del tiempo lo dedica a la vida familiar y a ayudar a su hija en el Estudio de Danzas. “Le hago de vestuarista, donde juego con los colores”.  

Sus preferidos son los rojos, los azules y violetas, pero el arte reside en “poder armonizarlos”. Está en esa tarea. 

Varias de sus obras nutren el estudio de danzas de Mirka, allí son estímulos para las niñas que van a aprender baile. “Siempre me dice que les hace muy bien a las chicas, que detectan cuando hay un cuadro nuevo y entiendo que es una manera de ir inculcándoles todas las artes.

“Lo que quiero para mi futuro es pintar, pintar y pintar; también ver bien a mis hijos”, confiesa.

 

Por adopción

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Se considera “pergaminense por adopción” y asegura que le debe “todo a esta ciudad”.

“Voy a Cruz Alta y me gusta, pero realmente Pergamino es mi ciudad por adopción. Siento un gran cariño por esta ciudad y es donde imagino mi vejez”, confiesa.

Sabe que en el presente la tarea es “encontrar nuevos sentidos”, y desea “estar bien y pintar”, además de seguir estudiando. 

“Ya me inscribí en la tecnicatura en Cerámica en mi querida Escuela de Artes Visuales”, señala y entre risas asegura que el “ser cantante lírica quedará para la próxima vida”. En esta que vive intensamente ha tenido la dicha de amar profundamente. También el coraje de haber seguido el llamado de una vocación que, de la mano del arte, le ha permitido mostrar a otros esa capacidad y deleitarlos con una expresión que lleva la sensibilidad de su impronta.

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