Los que nunca se rinden a la hora de tener una porción del poder
Una escenografía extraña, para un acto tan transversal como fuera posible imaginar en un momento del país en que las aguas están divididas hasta tal punto que la mentada transversalidad no suena más que a una puesta teatral.
Lo organizó la pata radical del kirchnerismo, en el microestadio de Atlanta, para conmemorar los 100 años del inicio del gobierno de Hipólito Yrigoyen, en 1916. Esto no tendría nada de particular si estuviéramos en 2003 y si no fuese porque el cierre estaba previsto para Cristina Kirchner y en la primera fila se sentaron Hebe de Bonafini, Aníbal Fernández, Martín Sabbatella y Jorge Ferraresi, el intendente de Avellaneda. Todo en medio de las banderas, en su mayoría rojas y blancas (el rojo es el color radical), y las imágenes eran las de Yrigoyen, Rául Alfonsín, Néstor y Cristina Kirchner.
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Como si pretendiesen reescribir la historia política de los dos grandes partidos argentinos, peronismo y radicalismo, en este encuentro todo se mezclaba, sin distinción de ideología, bajo el paraguas de Leopoldo Marciano Moreau.
100 años de soberanía popular, fue la consigna del encuentro, organizado además por Leandro Santoro y Gustavo López, los tres de Movimiento Nacional Alfonsinista - Forja, y por el jefe del gremio bancario, Sergio Palazzo. No faltó nada en este acto, tanto que en el escenario la expresidenta saludó primero con los dedos en V y después agarrándose las manos de costado, típico de Alfonsín. Obvio que se cantó la Marcha Peronista, mientras justicialistas y radicales no K se llenaban de enojo.
Antes de entrar al nudo del tema, vamos a establecer una línea de corte para comprender mejor la temática: si dos sectores no tienen la misma ideología, es claro que se unen por otras razones. Y en la política, no hay que llamarse a engaño: la única razón fuera de las ideas es el poder, en términos de cargos. Y es altamente probable que Moreau, que ha tenido en el radicalismo todos los cargos posibles, vea en un armado con el peronismo kirchnerista la posibilidad de volver a tener un lugar, por ejemplo, en el Parlamento.
Y en esto de los daños colaterales que genera la política cuando se entiende desde el egoísmo personal, el hedonismo por sobre la ideología y el interés por el bienestar general, y aun cuando nos puedan tildar de ingenuos, Cristina Kirchner ha decidido volver al ruedo en defensa propia, buscando morigerar los efectos de su situación judicial. Es una jugada tan personal y en propio beneficio, desprovista de todo interés por realmente recuperar el poder para -según dice- lograr la conformación y construcción de una nueva mayoría que les permita a los argentinos volver a tener un gobierno que los represente en sus intereses que lo hace a costa de no ayudar a la unidad del peronismo derrotado de cara a las elecciones 2017. Más bien, le hace el gran favor a Cambiemos.
Hasta el más distraído sabe que si algo conviene al macrismo es la división del peronismo, hoy planteada en términos de peronistas y kirchneristas. Una línea divisoria que el Gobierno intenta fogonear aunque en forma más o menos sutil, tal el estilo del PRO. Y en este marco un regreso de Cristina es claramente funcional a este esquema de un peronismo irremediablemente dividido rumbo a las elecciones del año que viene.
Justo es decir que la expresidenta tiene como coartada dos circunstancias que no son menores según se mire: que las encuestas le ofrecen números interesantes en el Conurbano y que es la que más mide del resto de la dirigencia peronista, al menos por el momento, ya que algunos aún no se lanzaron. En el acto, Cristina reivindicó al kirchnerismo como la continuidad histórica de los gobiernos de Yrigoyen y de Perón, y emparentó a Macri con los proyectos conservadores. Entonces pareció trazar un paralelo histórico entre su situación y la de Yrigoyen. Recordó en ese sentido las denuncias de corrupción que enfrentó el expresidente radical al ser derrocado, en 1930. Fue la única alusión a la declaración indagatoria que deberá enfrentar el jueves próximo.
Nada más expresivo que lo obvio, en los discursos se intentó plantear las coin-cidencias entre peronistas y radicales, solo faltó hablar del abrazo Perón-Balbín, pero parece que no se hizo necesario.
En lo más duro contra el gobierno de Mauricio Macri, Cristina Kirchner sostuvo que el país va camino a un desastre social, y hasta habló de la inseguridad, un tema que estaba prohibido mencionar en su gestión. E insistió en la conformación de un frente ciudadano, una idea que preocupa al peronismo que ya se ve en las elecciones del año que viene con dos listas, una del Partido Justicialista y otra del Frente Ciudadano.
Para combatir el modelo económico del Gobierno, sostuvo, hay que construir una nueva mayoría y lanzó un compromiso público: No voy a tener una sola actitud que obstaculice la construcción de ese frente, que es lo más importante. Sin embargo, su actitud del jueves sí obstaculiza la conformación de un contrapeso cierto al macrismo, al diseminar el voto opositor. De todos modos y aunque el daño se hace igual, la mayoría de la dirigencia peronista no la acompañará en la movida. Por eso esta propuesta amplia que hasta incluye a parte del radicalismo y sus símbolos más preciados.
Por estos efectos que logra es un error considerar que la expresidenta sea una muerta política. No hay actualmente margen para pensarla nuevamente en la Casa Rosada pero ciertamente juega el rol importante, no son inocuos sus actos, no es lo mismo que esté en Buenos Aires que en su casa en Santa Cruz.
La cuestión es que Cristina por sus razones y Moreau por las suyas han dado una muestra cabal a la sociedad de que por un cargo, un espacio de poder, un ámbito de protección o un sueldo del Estado, se pueden cruzar todos los límites. Lamentablemente, siempre poniendo por delante en el discurso una supuesta preocupación por el bienestar del pueblo y arguyendo ser portadores de la pócima para solucionar todos los conflictos sociales.
Una cuestión que no es menor es si la Justicia, por ejemplo, no permitiera a Cristina que sea candidata en las próximas elecciones de medio término, habida cuenta las causas que se tramitan. En principio si no tiene condena en ninguna no podrá haber impedimento, pero no sabemos qué puede suceder hasta mediados del año que viene.
Esta podría resultar un arma de doble filo, porque la expresidenta se va a victimizar como proscripta y así lo va a terminar sintiendo aun el peronismo no K que utilizará el tema para unificarse tras una bandera. No para que Cristina sea finalmente candidata, esto es claro, sino por haber encontrado un tema que unifique criterios: el peronismo siempre ha sido y es perseguido.















