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Los prejuicios y la mala prensa del campo argentino

11 de enero de 2020 a las 12:00 a. m.

Los argentinos, de una u otra manera tenemos alguna vinculación -afectiva o comercial- con productores del sector agropecuario. No existe en este país quien pueda decir “no tengo a nadie cercano que no esté vinculado al campo”. Y por campo se entienden numerosas profesiones y actividades, una lista que sería demasiado extensa de enumerar, pero que por estos lares son básicamente a las referidas a la agricultura y a la ganadería.

Todos conocemos a alguien (entiéndase agricultor o ganadero) que trabaja en el campo con vacas, ovejas, lechones, corderos, gallinas, caballos; que siembra soja, trigo, sorgo o maíz, por nombrar algunos de los principales cultivos que se producen en las tierras más australes del Planeta.

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¿Entonces por qué cada vez que estalla un conflicto entre el denominado campo y el Estado muchos argentinos toman posición en contra? ¿Lo habitual no sería que todos estuviesen a favor? Como cuando juega la Selección Argentina, por citar un paralelismo. Respuesta: el campo argentino, puertas adentro, tiene mala prensa.

Desde chicos nos han inculcado muchos prejuicios sobre los hombres de campo que han calado muy profundo: que son estancieros ricos; que ninguno trabaja sino que de vez en cuando van a ver su campito (así, despectivamente); tienen un capataz que maneja a los empleados, mal pagos; andan en camionetas 4x4 (¿hace cuatro décadas en qué se movilizaban, cuál era el prejuicio?); tiran las semillas y el trigo crece solo; las vacas dan plata porque están en tierras fértiles y el que tiene campo anda bien, tiene plata, así de sencillo, y tantos otros preconceptos más.

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Estos prejuicios han logrado una desvalorización del hombre de campo y sus tareas. Incluso el Estado se ha sumado a esta demonización del chacarero.

¿Por qué el Estado (y no el Gobierno), salvo excepciones contadas con los dedos de una mano, a lo largo de la historia no apreció y no valoró la producción del sector agropecuario? Respuesta: porque el campo no da votos, no mide en las encuestas. La historia no cuenta que los colombianos condenaron su café o que los Emiratos Arabes hayan declarado la guerra santa al petróleo.

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En 2018 en Argentina se efectivizaron exportaciones por 61.559 millones de dólares, de los cuales 36.755 millones correspondieron a exportaciones de productos del sector agropecuario y agroindustrial. Esto representa el 60 por ciento de las exportaciones totales de nuestro país. Sin dudas, el bien exportable más importante del país, como lo es el café para Colombia o el petróleo para cualquier país de Oriente Medio.

El sector, de acuerdo a un informe de la Bolsa de Comercio de Rosario, incluye a los complejos oleaginoso, cerealero, bovino, frutícola, pesquero, hortícola, forestal, avícola, tabacalero, miel, azucarero, equino, yerba mate, té; con el agregado de la industria textil. Otro dato: en 2018 el sector automotor exportó por 7.955 millones de dólares, el cerealero por 8.155 millones y el oleaginoso por 16.680 millones.

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La pregunta ahora es: ¿por qué el campo tiene poder económico y no poder político? Cada uno tendrá una respuesta distinta, pero una en la que coincidirían muchos podría ser la falta de hombres del campo que lleguen al poder o que al menos les interese.

Ocurre que este país no se arregla desde el campo sino desde la política. Mucho menos desde un café ni desde las redes sociales. Desde allá se pueden implementar políticas agroindustriales. Pero para que eso ocurra, sin dudas primero se deben diagnosticar los problemas de forma correcta.

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En las últimas décadas, desde las entrañas del campo han salido grandes hombres como así también del ámbito industrial, pero no les interesó el poder, no los sedujo.

Hay que ver la fuerza, la voluntad y el tesón de la gente de campo, aguantando sequías, soportando inundaciones, padeciendo el granizo, trabajando de sol a sol, sin horarios comerciales establecidos que contemplen el descanso merecidamente impuesto; resistiendo la soledad del campo, la tristeza, el desamparo y, por qué no, desarrollando mil actividades como manejar un tractor, una cosechadora, una sembradora, oficiando de mecánico, de veterinario, de ingeniero agrónomo... para preguntarse: ¿por qué con todas estas aptitudes estas personas no se involucran en política? A una gran mayoría no le interesa. Lo suyo es producir. Para el productor el campo no es un medio para saltar en el trampolín de la política al poder. El campo es el fin. El productor se acuesta pensando en las tareas de mañana y mañana en planificar la próxima siembra. El hombre de campo es de voz baja y de trabajo; de manos con callos que no le sacan el lomo al trabajo. Y tal vez no nació para involucrarse en política. Pero ¿y sus hijos? Tal vez ahí haya una respuesta positiva, una luz de esperanza.

No esperemos que el Estado salve al campo. Pero esperamos que el campo salve al Estado. Desde el expresidente Eduardo Duhalde a la fecha a todos los presidentes los salvó el campo. O los precios de la soja, en muchos casos. Los políticos aman el campo. O a la soja. Pero algún día dejarán de amarlo, tal vez cuando grandes potencias como China no les interesen más los granos o su precio baje abruptamente.

En general, todos los pueblos valoran sus riquezas y costumbres, pero en este país estamos desacostumbrados a la reflexión, lo que ha conseguido una adicción a las simplificaciones. Por eso, restablecer el realismo y la lógica es la gran tarea pendiente en este rincón del mundo.

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No esperemos que el Estado salve al campo, porque no va a mover un dedo. Hagámoslo cada uno desde nuestro lugar. Desarrollemos la empatía con esa persona vinculada al sector agropecuario, pongámonos en el lugar del otro, sin prejuzgar. Tal vez ahí también haya una luz de esperanza para el país con el que todos soñamos.

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