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Los peligros que entraña una carga impositiva tan pesada

05 de diciembre de 2016 a las 12:00 a. m.

La crisis que atraviesa la Argentina, parte heredada y otra generada a partir de nuevas medidas tomadas, está en un punto de inflexión peligroso. El primer año del Gobierno de Mauricio Macri es, económicamente, a puro costo. Y así los reflejan las encuestas publicadas el fin de semana en los principales diarios nacionales; hay enojos, desilusiones y también expectativas para 2017, pero los resultados de los sondeos no son halagüeños para el oficialismo, ni en cuanto clima social que genera este parate económico, ni mucho menos en lo político, más de cara a un año electoral.

Los sectores empresarios y puntualmente de Pymes se quejan a la par de los consumidores, sienten que el Gobierno juega con fuego porque la sumatoria de altos impuestos y recesión es francamente insoportable.

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Ya desde 2015 hay un 34 por ciento de carga impositiva con relación al PBI, el mismo nivel que existe en los países más ricos del mundo y 10 puntos más que el promedio de los vecinos de América Latina. Imagine el lector lo que implica abrirse al mundo a competir en estas condiciones, como veremos, pero tampoco es más sencillo puertas adentro, donde las Pymes se debaten día a día entre cumplir con todas las cargas o pagarles a sus empleados, siempre al filo de la cornisa del punto de inflexión entre la ganancia y el quebranto.

En principio comparar nuestros impuestos con los de países desarrollados adolece de lo más importante: en nuestro país no hay como contrapartida los servicios básicos, como salud, seguridad o infraestructura, que brindan esas naciones. Si ya comenzaron los cortes de luz en Buenos Aires, con el primer pico de más 30 grados de la temporada.

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Como es natural, todos los impuestos que el fabricante y el comerciante pagan al fisco, más las cargas sociales de los empleados se traslada al consumidor, por eso nuestros productos son tan caros en relación con otros países como Chile. Un 40 por ciento del precio final de los alimentos son impuestos. El 50 por ciento del precio de la nafta son gravámenes; esa misma carga tributaria paga un comprador de bebidas; de cada 100.000 gastados en un auto, 54.000 son impuestos. Con esta voracidad estatal el empresario y el consumidor se las ve en figuritas para sobrevivir. Por eso mismo también es que hay tanta evasión. Pongamos por caso la gastronomía: lo habitual es recibir como comprobante de pago una comanda sin valor fiscal mientras que la factura aparece solo a pedido. Es que si se emitiera un ticket oficial, el mismo plato que llega a nuestra mesa sería al menos un 20 por ciento más caro. Y si así lo hace el dueño del restó, ¿quién va a ir a comer allí? Esto pasa en las ciudades pequeñas, no turísticas, como Pergamino, donde la rotación en gastronomía es mínima y hay muchos horarios muertos al día, pero los gastos fijos hay que pagarlos igual. Por eso, para cubrirlos y que haya un margen, el recorte se hace por los impuestos; además porque es una manera de tener precios parejos y que guarden relación con el resto de la oferta gastronómica que, a modo general, no factura un alto porcentaje de sus comandas.

Decíamos que vivimos con carga tributaria de primer mundo y servicios del tercer mundo. A su vez, gran parte de los usuarios de los sistemas públicos no son contribuyentes, y cada vez serán más si es que el desempleo sigue en ascenso. Y por qué crece el de-sempleo? Porque los empresarios no pueden sostener los puestos laborales cuando no hay ventas, las que a su vez no se dan porque los servicios (malos) subieron sus costos, los cuales a su vez siguen subsidiados lo que mantiene alto el déficit fiscal, también engrosado por la asistencia a los sectores que no acceden al sistema laboral… y así volvemos al principio de este círculo vicioso. Círculo sin solución de continuidad al menos que el Estado intervenga de una manera positiva, hacia el virtuosismo. No se dio por la vía natural, que hubiese sido la llegada de inversiones. Pues ya la cosa no da para seguir esperándolas impasiblemente. Es momento de hacer algo para sobrellevar la espera y movernos hacia el otro círculo: el Estado debe rescindir recaudación y aliviar a empresas y Pymes, tanto para hacerlas competitivas como para que sostengan y aumenten el empleo. Si no, cada uno que sea despedido engrosará el déficit al depender de la ayuda social. 

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Necesitamos que la plata llegue a manos de la gente a través de un trabajo y un patrón y no del Estado. Indudablemente que buena parte de este enorme gasto público se va a sostener a sectores más vulnerables pero hay que evitar que estos sectores se sigan ampliando. ¡Qué mal hemos hecho las cosas en materia de crecimiento y progreso que en 2001, la población total que vivía del Estado era el 18,4 por ciento, según datos de la consultora de Orlando Ferreres, y ahora es el 40,3 por ciento! Esto genera un peligroso círculo vicioso del que tenemos que tener la inteligencia de salir, porque más gasto público es más impuestos, es decir menos empleo y más recesión. De este modo habrá cada vez más argentinos que sostener. ¿Quién va a invertir, si esa es la idea, con impuestos altos y recesión en la calle?

Es que el nuevo modelo económico además propone una mayor apertura al mundo y eso abre interrogantes para las empresas, obligadas gradualmente a competir. Esto se tiene que traducir desde el Estado en ofrecer igualdad de condiciones: bajar impuestos antes de enviar a las firmas locales al mundo o abrir importaciones, con pesadas obligaciones que quienes ingresan productos no tienen en sus países de origen.

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Y además está la recesión, la sequía de fondos en la calle, tanto que el estimador mensual industrial del Indec mostró una baja del 8 por ciento interanual, en lo que fue la peor caída del año.  Lo mismo cayó el mercado doméstico, comercios y servicios están padeciendo lo suyo.

Los empresarios, sobre todo los de Pymes que están al borde del abismo tributario reclaman promover las inversiones en actividades productivas con estímulos fiscales, implementar las deducciones de interés sobre capital productivo, armonizar la alícuota del impuesto a las ganancias para empresas con el resto de la región, incrementar el cómputo del pago de cargas sociales a cuenta del IVA, reimplantar el sistema de ajuste por inflación impositiva, eliminar el impuesto al cheque, derogar el de Ganancia Mínima Presunta, revisar la coparticipación federal de impuestos y reemplazar Ingresos Brutos, unificar la tributación subnacional y modificar el actual régimen penal tributario. Todos temas pendientes de hace años en la Argentina.

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Se trata básicamente de rescindir recaudación pero sin dudas que finalmente será una inversión, ya que menos desempleados es menos gasto público, reactivación interna y menos déficit fiscal.

El Gobierno quizá no pueda resolver toda la problemática junta pero deberá hacer un esfuerzo para tomar medidas excepcionales –al menos de manera temporal- que alivien la carga impositiva de las Pymes, sobre todo para proteger la fuente de ingresos de millones de familias porque no nos engañemos, hay empresas de mucho porte en nuestro país, pero el grueso del empleo los dan las pequeñas y medianas.

 

El momento que atravesamos es muy peligroso y el rumbo no parece el indicado, deberá tomar el oficialismo algún golpe de timón para evitar una mayor caída. Lo que el mercado no aportó hasta ahora, deberá aportarlo el Estado, pero de una manera virtuosa y productiva, no deficitaria y complaciente.

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