Los gobernadores se negaron al voto electrónico por pura supervivencia
Uno de los proyectos que Mauricio Macri acariciaba como una de las prioridades para su primer año de mandato era modernizar el sistema electoral, introduciendo el voto electrónico. Pero a pesar de las muchas conversaciones previas y acuerdos tácitos, quedó congelado por tiempo indeterminado. La oposición, más concretamente el aparato del peronismo más tradicional, le puso el freno. Se preguntará el lector por qué en el título mencionamos a los gobernadores cuando estamos hablando del tratamiento de un proyecto de ley en el Congreso. Es que, lamentablemente, no existe cosa tal como la representatividad de los ciudadanos en los diputados y senadores; en realidad, responden a sus líderes partidarios, en este caso los gobernadores y particularmente los que mucho tienen que perder con un cambio de sistema electoral.
Los gobernadores demostraron más dureza (y temor a los cambios) que otros sectores porque el mismo gobierno que logró acordar con los fondos buitre, con los gremios de la CGT, con las agrupaciones sociales que parecían un cuco y con buena parte de la oposición sobre temas duros en materia económica e institucional, no pudo atravesar el aparato de la corporación política.
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Evidentemente, esta derrota legislativa que los gobernadores le infligieron al macrismo, pese a haber pedido y recibido todo tipo de beneficios como parte de un típico intercambio de favores legislativos, es una muestra palmaria del instinto de supervivencia que tienen tan arraigado los feudales de muchas provincias.
Previo a la llegada del proyecto al recinto, los gobernadores se sentaron en más de una ocasión con el presidente y le solicitaron ayuda de todo tipo, entre ellas la autorización para endeudarse, a lo que el Ejecutivo accedió porque en la misma mesa se conversó de la necesidad de aggiornar el sistema eleccionario, tanto porque hay que ajustarlo a estos tiempos tecnológicos, eliminar pasos y acelerar escrutinios como también con la intención de eliminar los vicios que todos conocemos, como listas espejo o voto encadenado, maniobras que tanto mal le hacen a la democracia porque invalidan o ponen precio a la voluntad popular.
En esas condiciones, con preacuerdos y las debidas concesiones hechas, llegó el proyecto al recinto, donde Macri finalmente fue desairado y los ciudadanos, especialmente de las provincias del norte, también.
Lo cierto es que los gobernadores obligaron a postergar el debate de la reforma electoral sin una fecha determinada, propinándole así al oficialismo su primer gran fracaso legislativo cuando faltan pocos días para que se cumpla el primer año de gobierno de Mauricio Macri. No olvidemos que el inminente fin del año legislativo y los plazos que necesita el Gobierno para poder aplicarla, hace que la decisión del peronismo implica la no aplicación definitiva de la reforma.
La decisión también afecta los intereses de Sergio Massa. El Frente Renovador había apoyado al oficialismo en el debate en la Cámara de Diputados, atraído por la tentación de eliminar las preocupaciones de fraude que el nuevo sistema le garantizaba en territorio bonaerense. No pudo ser y los argentinos volveremos a votar con las tradicionales listas sábanas y con los operadores y punteros utilizando sus trapisondas.
El argumento de los senadores es el de la inseguridad técnica que ofrece la Boleta Unica Electrónica (BUE) que el Gobierno pretendía aplicar el año próximo. Las objeciones de los expertos informáticos en cuanto a la alta vulnerabilidad de algunos de los métodos electrónicos propuestos determinan la imposibilidad del apoyo al proyecto tal cual fue aprobado por Diputados, adujeron los senadores.
Pero la verdad de la milanesa es que la decisión fue el resultado de la fuerte resistencia a la reforma electoral de la mayoría de los mandatarios provinciales que concurrieron al Senado a dar su opinión sobre la iniciativa. De las 10 provincias representadas, solo dos (Entre Ríos y Tierra del Fuego) dieron su visto bueno a la boleta electrónica. El resto manifestó su rechazo a cualquier modificación en el sistema de votación. A la cabeza de la rebelión se pusieron los gobernadores Carlos Verna (La Pampa) y Gildo Insfrán (Formosa), secundados por el presidente del PJ, José Luis Gioja.
Verdad 1: infalible no hay ningún sistema.
Verdad 2: el actual sistema de votación y escrutinio ha demostrado tener todas las fallas, además de ser propicio para todo tipo de maniobras tanto en la emisión del voto como en el conteo.
Partiendo de esta base, salir del sistema es la premisa. Implementar algo superador es lo imperante, aunque pueda ser perfectible.
Es cierto que dentro de los sistemas electrónicos hay que buscar el más transparente, el que nos ofrezca mejores resultados. Pero para hallarlo hay que comenzar a transitar ese camino y salir de la actual modalidad, de la cual ya conocemos las mañas y los recovecos, basada en un estilo clientelar, que permite en forma efectiva cambiar favor por voto. Es el caso del voto cadena o del voto espejo y otras jugadas con las cuales los feudales de las provincias se aseguran que el voto ha sido para su lista. El robo de boletas en el cuarto oscuro que es más antiguo que el sistema mismo y tantas otras maniobras que son posibles con el voto manual con boleta de papel.
La negativa de los gobernadores tiene que ver con no querer dejar este sistema, no con que no los convenza el propuesto. Sencillamente porque es el modo de votar que tenemos lo que les garantiza la permanencia. Todos lo sabemos, más aun los habitantes de las provincias que los padecen, solo que ahora quedaron en evidencia. Evitaron la implementación, pero delataron sus convicciones.
No podemos negar que hay provincias educacionalmente rezagadas, donde el progreso y las mejoras nunca llegan. Y casualmente es allí donde los gobernadores se han enquistado por décadas. Es decir: un gobernador sume a los ciudadanos en el atraso, no cumple sus promesas pero ¿vuelve a ganar una y otra vez? No gana por su gestión, tampoco por la penetración territorial de su partido; gana porque el sistema de votación lo hace posible.
Más allá de la derrota del oficialismo que deberá agudizar la mirada respecto de cómo establece las relaciones con los mandatarios provinciales, quienes aprovechan el lobby para obtener prebendas y obras, pero luego no retribuyen con el apoyo, entreteniendo al Gobierno con espejitos de colores hasta que llega el momento culminante y ahí sacan las garras y la ley no sale, como sucedió en este caso.
Lo que viene sucediendo desde hace décadas con la boleta de papel y lo que vimos últimamente en Tucumán, donde aún no estamos seguros quién ganó. Comicios envueltos en todas las peores mañas turbias a que se presta el sistema tradicional de votación remiten a la duda respecto de mandatarios que pasan décadas y décadas en el poder, junto a sus familiares (hermanos, esposas, hijos). ¿Ganarían irremediablemente las elecciones con un sistema electrónico o solo se mantienen a flote porque votamos con la lista sábana de papel?
La verdad es que la pregunta resulta ociosa, porque la posición de los mandatarios provinciales ha dejado claro con su postura que su supervivencia depende, en mucho, del sistema electoral que se aplique.
















