Los ecos de la asunción presidencial y la tarea de construir gobernabilidad
El pasado domingo la asunción presidencial inscribió en la historia un hito más de la vida en democracia y más allá de apoyos o disconformidades representó un hecho sumamente significativo en términos simbólicos. Javier MIlei irrumpió en la esfera pública como un economista con perfil mediático que hablaba de teoría económica en medios de comunicación y se consolidó como un líder disruptivo que logró canalizar en su discurso electoral la expresión de un enojo por parte de la ciudadanía. También logró seducir a los jóvenes que entendieron el mensaje de "la motosierra" contra "la casta" como la alternativa de cambio para finalizar con el gobierno kirchnerista.
Superada la instancia electoral, lo que mostró el presidente fue un corrimiento de esa promesa de destruir todo lo conocido hasta el momento, para valerse de herramientas propias de la política y empezar a delinear los trazos medulares de un gobierno en el que la precisión quirúrgica, pareciera, va a resultar más eficaz e indispensable que la motosierra, que igualmente ya se puso en marcha con la implementación de las primeras medidas económicas. También quedó relegada la premisa de terminar con la casta y expresando una buena cuota de pragmatismo tendió puentes e incluyó en su equipo de gobierno a políticos de raza, además de financistas; dejó a varios funcionarios del massismo y del propio kircherismo en espacios estratégicos de gestión; y sumó a la fórmula presidencial de Juntos por el Cambio a su gabinete. Pero nada de ello supone la idea de un cogobierno, mucho menos de alianzas para compartir un poder que hoy aparece centralizado en la figura presidencial.
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Si algo mostró el acto de asunción del pasado domingo fue la preminencia de una figura que está construyéndose a sí misma y lo está haciendo ante los ojos de una sociedad que observa con cautela cada paso y analiza cada gesto. Será un gobierno en el que las gestualidades tendrán un peso específico real, porque deberán demostrar una coherencia entre el decir y el hacer, al tiempo que erigirse en testimonio de un modo de concebir la administración de la cosa pública. Lo que expuso la ceremonia de asunción es que hay un presidente en construcción. Parece haber quedado atrás el hombre exaltado al que tildaban de loco, para dar paso a otro que tiene por delante la titánica tarea no solo de defender sus ideas de libertad sino de constituirse en estadista para llevar adelante el programa de gobierno que prometió en la campaña y que ratificó en el discurso inaugural de su gestión. Independientemente de la calificación con la que seguidores o detractores juzguen su figura, lo que hizo al asumir es mostrar con claridad supina el peso de una herencia y el rumbo que tomará la gestión, que tal fueron sus propias palabras "no tendrá ninguna alternativa al ajuste".
Guste o no, es la primera vez que alguien dice verdades antipáticas a costa de rifarse su cuota de popularidad. Habló del impacto del enfriamiento de la economía, de la caída que sufrirá la actividad económica, del impacto que esto tendrá en términos sociales y económicos. Y si la información es poder, le transfirió a la ciudadanía esa información para empoderarla de un manto de verdad pocas veces visto en la política tradicional.
Durante la semana comenzó a conformarse el escenario que signará la hora de los próximos tiempos. Se sostuvo la premisa del ajuste que fue el anuncio de campaña y la propuesta que llevó a Javier Milei a obtener el 57 por ciento de los votos en las elecciones presidenciales. Nadie ignoró que estaba votando el ajuste. Nada hasta el momento traicionó ese contrato, salvo la precisión que indica que buena parte de ese inicial paquete de medidas recaerá más sobre la clase media que sobre la política. Resta saber cuánto perderá en términos de adhesión cuando el ciudadano de a pie pierda aún más su poder adquisitivo. El gran interrogante es cuánto está dispuesta a soportar la sociedad el sacrificio que le requieren sus gobernantes. Son muchos los interrogantes que se generan en torno a las chances que tiene la gestión presidencial de que las cosas salgan bien. Hay analistas más optimistas que otros, hay quienes sostienen que un gradualismo mayor hubiera generado menos dolor social. También están los que defienden a ultranza la idea de probar otras recetas cuando las anteriores siempre fracasaron.
Entre uno y otro extremo, está la sociedad, que transita entre la incertidumbre y la esperanza. Que sabe que las medidas que tendrán impacto en la macroeconomía, también afectarán la economía del bolsillo. A uno y otro lado de una grieta que aún existe, hay una sociedad que el pasado domingo vio a un presidente asumir y ratificar lo que había dicho en la campaña invistiendo a la palabra de credibilidad y de un valor. Honrar esa palabra es la inmensa tarea de un presidente en construcción, que no puede encandilarse con la popularidad que le confirió el mandato popular, ni puede transgredir esas convicciones que están en sintonía con lo que le exigirá la ciudadanía.
En la ceremonia interreligiosa que formó parte del programa protocolar de asunción, el rabino que intervino en representación de la comunidad judía interpeló a Milei sobre su pedido a Dios de cara al inicio de la gestión y éste reconoció que le pedía: sabiduría, templanza y coraje.
Esos y no otros serán los atributos que necesitará él, pero también las cualidades que deberán expresar el resto de los líderes, legisladores, gobernadores, dirigentes sociales y sindicales, para posibilitar la gobernabilidad, que no es otra cosa que tender lazos que habiliten la posibilidad de cumplir con la palabra empeñada, sin enojar, sin tensionar, sin dañar un tejido social sumamente frágil, sabiendo que de esas acciones dependerá no solo el éxito de un gobierno, sino la prosperidad de un pueblo que no soporta otro fracaso. La gran tarea es gobernar en paz. Y esa paz y esa concordia, hay que construirlas colectivamente.











