Los colombianos dieron la sorpresa, para quienes vemos el proceso desde afuera
El no que dio el pueblo colombiano al acuerdo de paz con las Farc a través del referéndum dejó a mucho con la boca abierta. ¿Cómo se van a oponer a la paz?
La sorpresa por el resultado fue mayúscula; mucha gente incluso creía que la consulta popular del domingo era poco menos que un trámite.
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Pero los colombianos, quienes pudieran tener algún contacto con ellos o quienes seguían más de cerca las tratativas sabían que esto podía pasar.
Es que quienes han padecido en primera persona el drama de la guerrilla primero y guerrilla más narcotráfico después tienen una visión distinta, no tan idílica, respecto de lo que implicaban los acuerdos de paz de La Habana, alcanzados entre el gobierno de Juan Manuel Santos y el comandante Timochenko de las Farc. Fueron cuatro años de negociaciones, que al fin se transformaron en papeles sin valor alguno por el momento, desde el momento en que la sociedad, dividida irremediablemente al medio, apoyó mayoritariamente el no.
Y marcamos claramente la diferencia entre el estupor de los extranjeros que daban por seguro que el proceso de paz se concretaría, para con los colombianos que, efectivamente, han padecido el accionar de la guerrilla más longeva de América Latina. Evidentemente los rigores de esta guerra -crímenes, miedo, poder desmedido que les ofreció la droga- entre gobierno democrático y las Farc no son tan sencillos de borrar. Mirando por TV los carteles de quienes apoyaban el no al acuerdo, leímos frases como Yo no entrego el país a los narcos, voto el no. Evidentemente, la mayoría del pueblo colombiano no creyó que este acuerdo, con los perdones a los crímenes de las Farc y el poderío económico que les daba el control de los territorios tomados, que seguirían, ahora, oficialmente en manos de la guerrilla, fuera beneficioso. Y si apartamos el asunto de los merecimientos y beneficios y lo ponemos en términos de los costos de una amnistía, tampoco el pueblo se queda tranquilo, parece. Es que la deposición de las armas no implica la falta de poder, mucho menos cuando el sustento histórico de este sector subversivo, que ahora pasaría a la legalidad como partido político, ha sido el narcotráfico.
Entre la resistencia de quienes no quieren que se beneficie de tal modo a quienes tanto mal han hecho y los que temen que el poder económico y territorial de las Farc devengan en un sector político que compre voluntades, se conforma este no que superó al sí por escaso margen.
Los pobres de Colombia, muy arraigados y clientelares como en el resto de Latinoamérica, son vistos como los posibles rehenes del dinero que manejarían las Farc y temen quedar en manos de un eventual futuro gobierno narco.
Con este resultado, el expresidente Alvaro Uribe, que siempre ha considerado a Santos un traidor, logró su venganza, si bien sería simplista creer que en Colombia se votó el no por apoyo a Uribe en repudio al actual jefe de Gobierno. Aunque en los efectos prácticos esa lectura de las urnas pudiese hacerse.
Hay otro aspecto no menor en esta consulta: el 60 por ciento de los colombianos pegó el faltazo a las urnas y no votó en la consulta, quizá por considerar que el acuerdo nada solucionaría y no querían ser parte del proceso. Del 40 restante los sufragios se dividieron en dos, con leve mayoría por el rechazo.
Evidentemente, los partidarios del sí creyeron que la palabra paz por sí misma tenía la fuerza suficiente como para que el votante no lo pensara dos veces. En este sentido, Santos, desesperado por figurar en los libros de historia como el presidente que logró los acuerdos en Colombia se olvidó que los grandes temas necesitan grandes consensos.
Y es así como terminó estallando la bomba del no en medio del proceso de paz, que ahora no sabemos al fin que destino tendrá.
La realidad demuestra que la mayor parte del país, compuesta por los que votaron no y los que se abstuvieron, no fueron capaces de cambiar en tan poco tiempo su juicio sobre los enemigos de toda la vida convertidos ahora en algo parecidos a unos héroes. No lo pudieron procesar en poco tiempo y las condiciones de la paz, con tal de llegar a un acuerdo, ofrecían a la guerrilla ventajas que no podían digerir. Hay heridas más profundas de lo que a simple vista parece en Colombia.
Incluso muchos de los que votaron el no, no son capaces de creer que los violentos guerrilleros se han arrepentido de pronto de todos sus crímenes y que no estaban dispuestos a repetirlos. Más teniendo en cuenta que el perdón jurídico y social en Colombia sería absoluto si ganaba el sí.
Esta cuestión de las miradas, quienes vemos desde afuera estos procesos y quienes los han padecido, no es la primera vez y no será la última que se produce. Lo mismo nos sucedió con el referéndum por el brexit en Gran Bretaña, donde ganó la consulta que los ingleses por mayoría no querían ser más parte de la Unión Europea. Y lo mismo podemos decir de las elecciones españolas, donde el movimiento de los indignados estaba tan extendido que ni en sueños se pensó, desde afuera, que la derecha gobernante podría volver a ganar los comicios.
Evidentemente no es lo mismo mirar por la ventana que estar en medio de la tormenta. Todos nos emocionamos con la firma de la paz en Colombia, pero los colombianos no tanto, y solo ellos comprenden las razones.
Ahora el presidente Santos, que había advertido no tener un plan B en caso de que pasara lo que finalmente pasó, esta misma semana convocará a todas las fuerzas políticas, en particular a los del no, para escucharlas, abrir el diálogo y determinar el camino a seguir. Y anuncia que sigue el cese al fuego mutuo con la guerrilla hasta que se busque una nueva salida a la paz. Por su parte, Timochenko hizo una lectura interesante del veredicto de las urnas: dijo que esto los desafía a demostrar con mayor vehemencia y claridad a la sociedad que están dispuestos a entrar en el juego democrático.
Santos anunció que no va a renunciar y que proseguirá las negociaciones en una nueva hoja de ruta hasta el final de su mandato, en 2018, y desde La Habana, el comandante Timochenko acompañó la decisión presidencial y adelantó que mantienen su apuesta por la paz y el diálogo. Agregó que lamentaba profundamente que el poder destructivo de los que siembran odio y temor haya influido en la opinión de la población colombiana. Es así: la gente no olvida ni perdona tan fácilmente, pero sobre todo desconfía.
La verdad que la palabra odio como crítica en boca del jefe de las Farc suena poco menos que una broma de mal gusto.
Con su respuesta inmediata, el presidente quiso controlar los efectos ampliamente negativos para su plan político mientras se multiplicaban las voces para exigir su renuncia.
Varios juristas y expertos constitucionales adelantaban anoche que Santos dispone de una vía alternativa a la renegociación: la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente. Pero la fuerza de los votos, es decir la participación directa del hombre de a pie, ha condicionado el acuerdo a futuro de manera indubitable.
El futuro no es claro para el proceso de paz en Colombia, no al menos en los términos en que estaba planteado.
Los partidarios del sí creyeron que la palabra paz por sí misma tenía la fuerza suficiente como para que el votante no lo pensara dos veces. En este sentido, Santos, desesperado por figurar en los libros de historia como el presidente que logró los acuerdos en Colombia se olvidó que los grandes temas necesitan grandes consensos.















