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Los “chalecos amarillos”: quiénes son y qué representan en el escenario mundial

15 de enero de 2019 a las 12:00 a. m.

La revuelta que los llamados “chalecos amarillos” protagonizan desde el 17 de noviembre ha despertado la simpatía y una cierta comprensión de una mayoría de ciudadanos franceses. Pero pocos hasta ahora, incluidos periodistas, se han atrevido a denunciar la deriva violenta, complotista, antijudía y filofascista de muchos de los protagonistas del movimiento de protesta.

La movilización callejera, que tuvo su motivación en el reclamo la anulación de la subida del precio del combustible (más bien en una política para cambiar de combustibles fósiles a otros renovables, como la electricidad), ha instalado a Francia en un ambiente de polarización y desconfianza. El acoso a políticos, periodistas y policías, unido a episodios de racismo y antisemitismo, señala una evolución preocupante. El discurso del odio se ha situado en el centro del movimiento y amenaza con emponzoñar el resto del mandato de Macron. Pero sería un error reducir la lectura del movimiento de los chalecos amarillos a su costado más antipático: el malestar que expresan es real y tiene raíces profundas, van mucho más allá de un aumento de menos del 1 por ciento de los combustibles.

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Macron, acusado de gobernar con arrogancia desde que ganó las elecciones de 2017, parece haberlo entendido. Las medidas para aumentar el poder adquisitivo, que se cifran en 10.000 millones de euros, y la apertura de un gran debate nacional donde los franceses de a pie podrán exponer sus reclamos, son un primer paso.

En diciembre, intentando apagar el “fuego amarillo” con un cheque de 10.000 millones de euros, Emmanuel Macron solo ha conseguido que estudiantes y sindicatos se sumen al “colectivo” de los chalecos amarillos, al tiempo que agravó los problemas de los déficits y la deuda pública. “El problema de fondo es la inexperiencia de Emmanuel Macron. Se ha metido él solo en la boca del lobo. Y, ahora, vaya a saber usted cómo consigue salir del hoyo”, expresó con meridiana claridad Segolene Royal, quien fuera ministra del expresidente François Hollande.

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Las muy distintas sensibilidades de los portadores de chalecos amarillos comenzaron muy pronto a contestar estas concesiones del presidente.

Desde la extrema derecha, Marine Le Pen, presidenta de Agrupación Nacional (AN, exFrente Nacional, extrema derecha), afirmó que la política presidencial sigue siendo fiel a la “mundialización salvaje”. Según un estudio sociológico publicado por el vespertino “Le Monde”, entre un 7 y un 9 por ciento de los chalecos amarillos se consideran ellos mismos de derecha o extrema derecha.

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Desde la extrema izquierda, Jean-Luc Mélenchon, presidente de Francia Insumisa (FI, extrema izquierda), comenzó denunciando las “migajas” de una subida de 100 euros mensuales del salario mínimo, esperando que la revuelta social “continúe creciendo”. Según el mismo estudio sociológico publicado por “Le Monde”, entre un 15 y un 17 por ciento de los chalecos amarillos se consideran ellos mismos de extrema izquierda.

Un 33,1 por ciento de los chalecos amarillos no se consideran ni de izquierda ni de derecha, pero tienen una visión muy negra de la evolución política y social de Francia: no se sienten representados por los sindicatos ni por los partidos políticos; se consideran víctimas de un modelo político poco representativo y se dicen dispuestos a seguir protestando.

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Esta divergente composición del grupo reclamante, sumada a las agresiones y disturbios que se han visto en las calles, dificultan una deliberación sosegada, pero sería equivocado clasificarlo todo a un problema de orden público. Las medidas económicas, la organización de ese gran debate y la necesaria restauración del orden público serán insuficientes si el presidente no aborda las causas de algo que lleva décadas gestándose.

De los Estados Unidos de Trump al Reino Unido del Brexit, los síntomas son comunes a muchos países desarrollados: una erosión constante de la percepción que tienen las clases medias de sí mismas, la realidad de la desindustrialización combinada con las incertidumbres de la robotización, el aumento de la de-sigualdad entre ricos y pobres y entre las grandes metrópolis y la periferia vacía, la desconfianza ante las élites y el cuestionamiento de la democracia representativa. Las soluciones tampoco pueden ser únicamente nacionales. Lo describíamos ampliamente en nuestro editorial del domingo último: es una variante planetaria lo que está sucediendo; lo que se ve es un gran desprecio de las instituciones, tanto de parte de gobernantes como pueblo, dando lugar a emergentes totalitarios surgidos de la propia democracia de las urnas. Sencillamente porque la gente los vota, a pesar de sus manifiestas ideas.

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La división de la Unión Europea, y la simpatía de algunos supuestos socios de París por los chalecos amarillos, evidencian lo complicado que será la tarea y marcará en parte la campaña para las elecciones europeas de mayo. Miembros destacados del Gobierno italiano han apoyado el esfuerzo de algunos chalecos amarillos por socavar las instituciones democráticas de un socio comunitario e incluso provocar la caída del presidente francés. Las declaraciones de Luigi Di Maio, vicepresidente de Italia y jefe del Movimiento 5 Estrellas, y de Matteo Salvini, ministro del Interior y hombre fuerte en Roma, no son anodinas.

Macron y sus aliados europeístas no deben ceder el terreno a los extremistas que buscan en la revuelta una palanca para conquistar el poder o destruir a otros gobernantes de la Unión Europea. Deberán hacerlo sin ignorar el mensaje de descontento que expresan en las urnas millones de votantes. El futuro de la Unión se dirime en el respeto de los métodos democráticos y de las normas del Estado de derecho, y también, en la capacidad para afrontar una cólera común sin atajos populistas ni autoritarismos.

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