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Logrados los avances institucionales, es hora de luchar por la vida de las mujeres

08 de marzo de 2016 a las 12:00 a. m.

Hoy celebramos el Día Internacional de la Mujer, una discriminación positiva que nace de las luchas libradas con el cuerpo y con la mente que fueron necesarias para lograr la igualdad con el hombre en cuanto a derechos civiles en todas sus expresiones: institucional, social, laboral e incluso familiar.

La desigualdad entre géneros es tan antigua como el mundo, sobre la cultura del hombre proveedor y la mujer abastecida y responsable puertas adentro de los hijos. Esto se tradujo en mayores derechos para el primero y sumisión para la segunda, desestimando en el mismo axioma la educación de los hijos, relegándola al status de función menos importante.

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Fueron siglos de tensión contra la formación patriarcal que subordinaba a la mujer, considerada incapaz a los efectos legales. Cuando se integraba al mercado laboral era sólo para tareas domésticas en modo de explotación, claramente.
Recién a fines del Siglo XIX principios del XX la lucha por sus derechos llevó a la conformación de movimientos feministas que logran en 1925 que se sancione la Ley Nº 11.317 que reglamentaba el trabajo femenino e infantil, y en 1926 la Ley Nº11.357 de Derechos Civiles de la Mujer, aunque en forma muy limitada.
Hubo que llegar a mediados del Siglo XX para ir cambiando la condición de la mujer con la ley del voto femenino que consagra sus derechos cívicos, puesto en práctica por primera vez en las elecciones nacionales del 11 de noviembre de 1951. Pero no fue el único logro de ese momento, porque también bajo la iniciativa de Eva Perón, la Constitución de 1949 fijó la igualdad jurídica en el matrimonio y en la patria potestad y, años después, en 1954 el gobierno de Perón sancionó la Ley de Divorcio Vincular.

Era la primera vez que la mujer podía ser, legalmente la “madre” de sus hijos con derecho a decidir también sobre su crianza, aunque de hecho el padre dejara a los niños a cargo de la esposa. Estas disposiciones fueron derogadas por la dictadura de 1955, como sucedió más tarde con otros gobiernos dictatoriales y retornarían durante el gobierno de Raúl Alfonsín.
En las últimas décadas, la lucha y participación de las mujeres en instancias institucionales y organizaciones sociales logró un significativo avance en la legislación y la concientización de la sociedad. Al mismo tiempo, en el mundo se producían novedades importantes con normas que fueron incorporadas a nuestra Constitución Nacional. Tal el caso de las normativas internacionales que pusieron a la mujer en otro lugar de la sociedad, como la Convención de la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer, y su jerarquía constitucional con la reforma de 1994, y la aprobación de la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres.
Por otro lado están las disposiciones nacionales, como la reforma constitucional de 1994 que avanza en este sentido al reconocer los derechos de las mujeres y establecer el principio de igualdad real de oportunidades entre varones y mujeres con la incorporación de cupos obligatorios de mujeres en diferentes espacios públicos.
Otras leyes de la época se fueron enmarcando en ese nuevo rumbo como la Nº 24.417 de Protección contra la Violencia Familiar, de 1994 o la Nº 25.087 de Delitos contra la Integridad Sexual, de 1999. Así como normativas más estrictas contra la trata de personas, la ley de fertilización asistida.

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En el plano institucional, político y laboral ha sido muy importante el avance de las mujeres buscando siempre el plano de la igualdad. En la Argentina han llegado a la Corte Suprema de la Nación, a la presidencia de la Nación, las hay funcionarias de los más altos cargos, legisladoras, gobernadoras e intendentas. En la cuestión laboral en el plano privado aún subsisten diferencias salariales entre hombres y mujeres, cobrando a veces hasta un 15 por ciento menos por su condición de mujer. La maternidad –o estar en edad de tener hijos- aún en estas épocas suele ser desalentador para lograr un empleo, lo que no sucede con el hombre. Incluso habiendo leyes que hoy protegen a ambos sexos ante un embarazo con prácticamente la misma licencia. 

Se ha avanzado mucho, especialmente en el plano de la conciencia: hay aceptación general y normativa de que civilmente los hombres son iguales que las mujeres en derechos, obligaciones y, sobre todo, capacidades potenciales. Por eso, cuando aparece la excepción a la regla que nunca falta y una mujer se ve avasallada en sus derechos, basta con que lo denuncie y el ámbito correspondiente (Justicia laboral, de Familia, Comercial, Policía), cualquiera sea, atenderá su reclamo y dará el curso que corresponda.
Es decir que, si bien no hay que descansar y sostener las conquistas, hoy las mujeres pueden estar tranquilas de que nadie las va a discriminar ni amedrentar  y si ello sucediera, la misma sociedad la respaldará. En cambio, a pesar de todo esto, no hay método que hasta ahora haya resultado efectivo para proteger lo más elemental de la mujer: su vida. Esta es la lucha del Siglo XXI.

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El número de muertes de mujeres por su condición de tal, es decir en un marco de violencia, crece sin solución de continuidad. Las jóvenes mendocinas en Ecuador y ¿el más reciente? un caso en Castelar, en que una joven madre fue apuñalada 17 veces delante de sus hijos son dos expresiones de este flagelo por el que todavía hay luchas pendientes. Habiéndose avanzado muchísimo en la cuestión laboral y social de las mujeres, es en este tema en el que mayor énfasis se debe poner. Porque en ello verdaderamente se va la vida de las mujeres y es el aspecto en que está más vulnerable.

Y el camino de esta lucha se transita por el Congreso y la Justicia: leyes adecuadas y efectivo cumplimiento. 

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A fines de 2012 se convirtió en ley una modificación al Código Penal, que agrava las penas por femicidio. Pero la letra fría de la ley no resuelve los problemas de violencia doméstica ni de los asesinatos intrafamiliares. En la Argentina cada 31 horas, una mujer muere por violencia de género, según datos de 2015. Y en todos los casos, inexorablemente, había denuncias previas  e incluso restricciones vigentes de los matadores. Sucede que la acumulación de denuncias y violaciones de restricciones no hacen a una pena de cumplimiento efectivo; es decir que el agresor no es debidamente castigado hasta el homicidio y está siempre merodeando sin mayores consecuencias. Una modificación sobre esta cuestión merece la lucha de todos los organismos que defienden a la mujer: hay que lograr que la ley tome cada golpiza como un intento de femicidio, porque eso es precisamente lo que es.

Y otro tema por el que luchar es por el sostén económico para víctimas de la violencia de género, para que no sea la imposibilidad de darle de comer a los hijos lo que mantenga a una mujer conviviendo con su agresor. Pasa más de lo que podemos suponer que mujeres que ya habían logrado órdenes de exclusión del agresor permanecen con el atacante.

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Se ha avanzado mucho: hay comisarías de la mujer, hogares de tránsito anónimos para guarecer a las víctimas, botones antipánico. Quizás penas más severas en el amplio intervalo de violencia que hay hasta desencadenar en un femicidio y lo más importante: asistencia psicológica y psiquiátrica para víctimas y agresores. Siempre con el fin de atender las señales y evitar llegar a la tragedia de la muerte.

Por eso en este nuevo recordatorio del Día de la Mujer, vemos importantes logros y fragrantes retrocesos, haría falta llegar al equilibrio, que mientras se incorporan derechos se logre también preservar la vida.

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