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Lo que no se hizo o se mal hizo siempre se termina pagando

05 de noviembre de 2016 a las 12:00 a. m.

Lamentablemente, en términos de administración, se trate de un país, un comercio o una familia, lo que no se hace y lo que se mal hace, en algún momento, se termina pagando.  Todos los despilfarros terminan en ajustes, cada uno lo sabe por experiencia propia; decidir en sin ahorro previo encarar un viaje de placer implica que al regreso habrá cuotas que pagar y una tarjeta de crédito que se salió de control. La solución es ajustarse en los gastos para poder cumplir con las obligaciones. Lo mismo sucede con un negocio, con un país.

En la Argentina el populismo que vivimos los últimos años, distribuyendo riqueza que no producíamos, además, nos llevó a la actual situación de ajuste. Que tampoco es el que se pretendía porque la no generación de riqueza fabricó ciudadanos Estado-dependientes a los que hoy, en tanto no llegue el crecimiento, no se les puede sacar un plan ni los subsidios en los servicios. 

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No es agradable la etapa de ajustarse el cinturón. Es el tiempo de las privaciones, de no poder darse gustos, lo que a cualquiera le provoca un estado de ansiedad y angustia. A nivel país, son momentos en que la sociedad sufre, cada uno de acuerdo a sus posibilidades, siendo los más vulnerables y la clase media la que se lleva la peor parte porque además de lo que debió haberse hecho y no se hizo, también estamos pagando lo que se hizo mal, aunque en el momento preferimos –como sociedad- fingir que todo estaba bien. Como cuando estamos en pleno viaje y no queremos pensar en lo que nos espera al regreso. Tal es el caso de la emisión monetaria, que fue utilizada para gastos sin control y nos llevó a una inflación que recién el año que viene parece que comenzaremos a domar.

Ante este panorama, aunque la hizo en tono de crítica, es muy buena la apreciación del diputado Héctor Recalde: “Es el presupuesto del ajuste y el endeudamiento”. ¡Claro que lo es! ¿Qué otra cosa cabe sino ajustarse y pedir prestado para empezar de nuevo luego del malgasto realizado? 

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Hemos llegado a un punto en que el Fondo Monetario Internacional (FMI) advirtió que “el impacto adverso de la transición económica fue mayor de lo previsto” y corrigió a la baja su previsión del nivel de actividad en el país para este año, “que cerrará con una contracción de 1,5 por ciento”. El ajuste de los precios relativos en el primer semestre de 2016, tras la depreciación del tipo de cambio y el alza de las tarifas de los servicios públicos, ha acelerado la inflación y perjudicado el consumo privado, porque como decimos, lo que mal se hace se termina pagando como camino para corregirlo. Las nuevas estimaciones del organismo sobre el PBI 2016 son más pesimistas. En abril pronosticaba un retroceso de 1 por ciento para todo el año. Ahora temen que la caída en el PBI sea finalmente de 1,5. Es decir, decrecimos y más de lo esperado.

Los argentinos, según indican todos los sondeos tenemos dos preocupaciones claras: una es la economía y su vínculo con el empleo, donde nos debatimos como sociedad entre soportar lo que sabemos que tenemos que soportar para corregir las deformidades que no nos permitieron crecer en los últimos cuatro años y las demandas a la actual gestión para que, de cualquier modo, nos proporcione un mejor pasar. 

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Y la segunda cuestión es la inseguridad, un área en la que sucede algo similar a la economía: no se han hecho las cosas que se debía oportunamente, o se las ha hecho mal y eso también lo estamos pagando ahora. Dicho esto en términos metafóricos y literales.

Además de pagar con vidas lo no actuado, estamos pagando ahora, todo junto, las inversiones no realizadas a su tiempo. Y así, no hay fondos que alcancen, menos cuando el origen es uno solo, la recaudación, para cubrir también otras áreas vitales como la salud y la educación.

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Hoy hay policías que pertrechar, armas que comprar y balas para que se puedan entrenar y no salir a la calle siendo un peligro para ellos mismos y para la sociedad, en lugar de una protección para todos.  Hay que invertir en tecnología, para combatir con las mismas armas que el narcotráfico y la trata, en capacitación y en formar más y más agentes porque depurar la Bonaerense de sus bolsones de corrupción implicará que las huestes quedarán diezmadas.  

Si todo esto se hubiera hecho a su tiempo, de manera paulatina pero constante, los costos se hubieran amortiguado y, sobre todo, la lucha contra el delito en todos estos años, no se hubiera cobrado tantas vidas. Nuevamente vale la comparación: si en casa vamos reparando el daño a medida que aparece, si vamos actualizando los artefactos de a uno siguiendo el cambio tecnológico, estar al día y con una casa en condiciones no será tan costoso como esperar que todo esté derruido y obsoleto para ponernos al día.

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En este plan de hacer lo que se dejó que hacer, también le tocará al PRO encarar las inversiones antipáticas, las que soslayadamente desnudan la realidad que se ha querido ocultar: hay que construir cárceles y alcaidías. Sí señores, tenemos cada vez más delincuentes, en los últimos años no hubo ningún momento en que los índices delictivos hayan bajado, aunque en algún discurso lo hayan dicho. Haber construido prisiones en este tiempo hubiera sido igual a decir que había crecido la delincuencia. Por eso, y porque es más simpático inaugurar escuelas y hospitales, no han habilitado una nueva cárcel ni ampliación de las ya existentes desde el año 2002.

De 34.040 detenidos en 1999 se pasó a 69.060 en 2014, según las últimas cifras proporcionadas por el Sistema Nacional de Estadísticas sobre Ejecución de la Pena. Esto quiere decir que en los últimos 15 años prácticamente se duplicó la cantidad de presos en el país.

Este aumento ha traído aparejados el hacinamiento en las prisiones y un deterioro de las condiciones de vida de los presos, incluidas las muertes violentas, sobre todo en la provincia de Buenos Aires, donde la situación es dramática.

El Sistema Penitenciario es un desastre por eso la gobernadora debió hace unos días relevar la cúpula completa. No en vano en los últimos tres años se escaparon de prisiones y alcaidías bonaerenses 1.198 detenidos.

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En territorio bonaerense, en 2015, se alcanzó la mayor población privada de libertad en la historia de la provincia.

Son poquísimos los presos que actualmente estudian primaria, secundaria o universidad, estando la mayoría sin nada que hacer todo el día, más que conspirar y pensar qué van a hacer cuando salgan.

Una vez que se toma la decisión de hacer cárceles, comienzan los problemas porque ningún vecino del país quiere tener una alcaidía, una comisaría y menos un penal cerca, como hemos visto incluso en Pergamino.  La realidad es que todos pedimos más seguridad pero ninguno de nosotros queremos tener cerca de nuestra casa, quinta o campo, una cárcel. Son los problemas con los que se encontrará el Gobierno, una vez que logre los fondos (que no son pocos) para construir penales que eviten el hacinamiento y las condiciones inhumanas de los detenidos.

Tanto en la economía, como en la inseguridad y en tantos otros temas derivados de los años pasados, lo que no se hizo y lo que se mal hizo, finalmente se paga, lamentablemente con el esfuerzo de todos, o de los mismos de siempre. Todo junto y sin anestesia.

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