Lo que la Pascua nos dejó
La Pascua es la celebración más importante de las iglesias cristianas, en la que se conmemora la resurrección de Jesucristo al tercer día de haber sido crucificado. En rigor, el término proviene del hebreo y del griego y significa paso, salto.
La Semana Santa recrea la Pasión de Cristo y por tanto debiera ser un tiempo de introspección y de revisión de los valores sobre los cuales se sustenta el dogma mismo del cristianismo.
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Sin embargo, cada vez más la fecha se vive como el fin de semana largo que habilita el descanso y pone en pausa la agenda laboral. Sin que el mensaje de la Pascua ocupe el lugar central ni en la sociedad ni en la intimidad de las familias. Salvo las lógicas excepciones de quienes viven estas fechas de acuerdo a su verdadera significación simbólica que tienen.
Hace no mucho tiempo, el Viernes Santo era un día de duelo. Y esto se traducía en el sentir popular. Los medios de comunicación, por ejemplo, no emitían música. En lo doméstico las casas no se barrían porque había muerto Jesús. Y el Sábado de Gloria se vivía con otro ánimo a la espera de la resurrección, ampliamente celebrada en Pascua.
Todo este ritual de enorme valor para el credo católico parece haberse transformado con el imperativo de los tiempos actuales. Y lo que la Pascua deja parece tener poco que ver con su verdadera esencia.
Valen como ejemplo las cifras que año a año se difunden respecto del movimiento turístico que se da en esta época del año. Aunque con bolsillos menguados por la crisis, en esta oportunidad fueron más de dos millones de argentinos los que eligieron viajar aprovechando la Semana Santa y pocos lo hicieron a destinos con connotación religiosa. De acuerdo con datos difundidos por la Cámara Argentina de la Pequeña y Mediana Empresa, si bien las cifras fueron inferiores a las de años anteriores, fue importante el volumen de turistas por los distintos lugares.
En los medios de comunicación y en las redes sociales, en tanto, el mensaje de Pascua ya no resulta central más que para acompañar el ritmo de las compras de los productos que se consumen en este tiempo sagrado. Poco se dice y menos se reflexiona sobre lo que significa el paso de la muerte a la vida y lo que este concepto podría recrear en términos tanto individuales como colectivos.
Sin ir más lejos, el propio mensaje papal en esta oportunidad no puso tanto énfasis en lo que representa la Pascua para los cristianos como sí lo hizo en interpelar a los gobiernos de varios países latinoamericanos para instarlos a salir de las crisis.
Con un marcado anclaje en la realidad y con un discurso más propio de un líder político que religioso, Francisco eligió referirse a la situación política y social de países como Venezuela y Nicaragua y exhortar para que implementen acciones capaces de poner fin a las injusticias sociales, a los abusos y a la violencia, en el marco de una crisis que perdura y se profundiza.
Del mismo modo, el máximo exponente de la Iglesia Católica se lamentó y urgió a los líderes políticos a sanar divisiones y dar a la población la ayuda que necesita. Y con la mirada puesta en el conflicto de Oriente Medio llamó a garantizar la paz del mundo.
Y así, la Pascua pasó sin más. Como un fin de semana en el que hubo pocas reflexiones sobre el verdadero sentido de introspección que implica esta fecha tan cara al sentimiento cristiano. En un tiempo de crisis en el que el mensaje evangélico hubiera sido un bálsamo para muchos en una sociedad que no la está pasando bien porque la crisis deja consecuencias.
La Pascua pasó dejando el sabor de aquello que siguiendo el imperativo de la hora, distrae la atención de lo importante.
En la Pascua se viajó. En la Pascua se puso la lupa sobre los problemas urgentes del mundo. En la Semana Santa casi todo fue esparcimiento, como si lo espiritual solo hubiera quedado reservado para la intimidad de algunos hogares o al interior de las iglesias. Quizás sean celebraciones que comienzan a vivirse con las claves de inmediatez de la época. Solo que vividas y sentidas así no dejan demasiado espacio para la introspección, imprescindible para repensar las problemáticas e intentar caminos para resolverlas. No ocupó la escena pública una verdadera reflexión sobre el concepto de sacrificio en función del bien común, tan necesario como urgente. Tampoco un mensaje de esperanza en ese paso imprescindible que como país nos ayude a embarcarnos en un proyecto de construcción colectiva y que en lo individual nos brinde herramientas para renovar la fe en un tiempo por venir que resulte mejor y que permita con una fe nuevamente estrenada poner en acto los pilares que sostienen la creencia religiosa, lejos del dogma y cerca de esa fe puesta en acto que nos permite ser cada día mejores personas como individuos y como comunidad.













