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Lo que ellos persiguen y lo que la sociedad busca

28 de julio de 2017 a las 12:00 a. m.

A menos de un mes de las Paso, las elecciones de medio tiempo aparecen en el sentir popular como una carga pública a cumplir, y con algo de agobio, y no como una chance de ejercer la herramienta democrática que con mayor énfasis permite modificar el status quo desde abajo hacia arriba. En cambio, en el micromundo de la política, el clima es adrenalínico: más allá de que para esto y de esto, lamentablemente, viven nuestros políticos, estos comicios legislativos representan una especie de campeonato clasificatorio a las finales de 2019. Tal es el espíritu que impera en la provincia de Buenos Aires y en muchísima menor medida se refleja en el resto del país, en especial en provincias donde la lógica electoralista se rige por otros parámetros, no mejores, sino distintos.  

La importancia que le dan los políticos de la provincia de Buenos Aires a las legislativas no radica precisamente en el afán de llegar al Congreso para promover leyes que brinden soluciones a la sociedad. En principio buscan sumar bancas, pero especialmente gobernabilidad unos y posicionamiento para 2019, todos. 

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De las siete presidenciales realizadas a partir de 1983, en seis de ellas, la elección previa al fin de mandato anticipó la derrota o victoria de quien gobernaba en la presidencial siguiente. En una visión más larga, los cuatro presidentes no-peronistas electos antes que Macri desde el 17 de octubre de 1945, (Frondizi, Illia, Alfonsín y De la Rúa) todos entraron en crisis tras perder la elección en la provincia de Buenos Aires y tuvieron problemas de gobernabilidad después. Es por ello que ganar o perder la provincia de Buenos Aires es ganar o perder la elección nacional. No solo porque en este distrito está el 40 por ciento de los votos sino porque el efecto de la elección se nacionaliza.

Tomando las últimas cuatro elecciones de medio mandato, el triunfo de Duhalde para senador en 1999 en esta provincia, el de Cristina Kirchner en 2005 para el mismo cargo y distrito, el de De Narváez para diputado nacional en 2009 y el de Massa en 2013 definieron el efecto nacional, más allá de la suma nacional de votos, que fue a favor del gobierno nacional en las dos primeras y en contra en las dos últimas. Ello explica por qué la elección es importante, aunque no está en juego el control del Congreso, ya que aun haciendo una buena elección, el oficialismo seguirá necesitando negociar con sectores del peronismo para lograr acuerdos en el Congreso. El intento de neutralizar el efecto de un triunfo de Cristina en Buenos Aires, argumentando que Cambiemos tiene más votos que ella a nivel nacional o que esta fuerza ha ganado algunos legisladores, fue intentado por el kirchnerismo cuando De Narváez y Massa ganaron en Buenos Aires, pero no funcionó, no siendo eficaz para neutralizar el “efecto derrota” del entonces oficialismo nacional. De todos modos, la política no es una ciencia exacta y aquella derrota legislativa fue una de las pocas que no se tradujo en una derrota en las presidenciales siguientes, en 2011 cuando Cristina ganó con el 54 por ciento de los votos.

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Con estos antecedentes, ganar por un voto la provincia de Buenos Aires, será ganar la elección nacional. No son antecedentes que permitan un pronóstico matemático hacia el futuro, pero sí determinan percepciones políticas. Si la lista de Cambiemos encabezada por Esteban Bullrich gana, comenzará a percibirse a Mauricio Macri como un presidente de ocho años y si pierde, como uno de cuatro, aunque las cosas después puedan ser distintas. El presidente ya un año atrás asumió esta situación. En agosto de 2016, en su discurso de apertura del “Mini Davos” que se realizó en el Centro Cultural Kirchner, dijo: “Creo que vamos a tener una elección maravillosa, que va a confirmar la dirección que hemos elegido”.

Cuatro meses atrás manifestó que en esta elección se juega “su éxito o su fracaso”, en una suerte de apuesta al todo o nada. En febrero, la gobernadora María Eugenia Vidal dijo que se podía perder la elección en la provincia y que si ello sucedía no iba a estar en riesgo la gobernabilidad. Esta visión duró como estrategia sólo un día, ya que debió alinearse con la estrategia nacional centrada en “polarizar” la elección contra el kirchnerismo.  Entonces, el discurso de la mandataria viró hacia un “si ganan ellos, la corrupción vuelve”, llevándose puesta la lucha por ella encarada contra el narcotráfico y la mala policía.

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Pero la irrupción de Cristina en la puja electoral, además de plantear un “nosotros o ellos” ha puesto en compás de espera el rumbo económico.  

Han sido varias y coincidentes las señales políticas y económicas provenientes del exterior, sobre la importancia que adjudican a esta elección. Una semana antes que Macri viajara a Tokio, el embajador de Japón en Buenos Aires dijo que los inversores de su país esperaban la definición de la elección legislativa para tomar decisiones. Hace dos meses, los embajadores de Alemania, Francia e Italia ante nuestro país, en un seminario sobre la Unión Europea y Argentina plantearon en forma coincidente que los inversores de sus países temían un retorno del populismo en Argentina.

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No hay embajador de EE.UU. en funciones, pero el último que ejerció ese cargo, Noah Mamet, dijo que los inversores estadounidenses esperan las definiciones políticas de la elección para tomar decisiones. Lo mismo dijo sobre la importancia de la elección el editor para América Latina del Financial Times, uno de los diarios más importantes del mundo en materia de negocios. La decisión adoptada el 20 de junio por un banco de inversión (Morgan Stanley) de postergar la elevación de Argentina de mercado de frontera a mercado emergente por un año, tuvo la misma argumentación: esperar para verificar cuán sustentables son en el tiempo los cambios de política económica de esta administración. La semana pasada, el titular del Banco J.P. Morgan en Argentina -el mayor colocador de títulos argentinos- dijo que los inversores ven la elección “como un referéndum”, es decir como un sí o un no respecto del gobierno de Macri. 

Puesto en este contexto, las Paso del 13 de agosto y las generales de 22 de octubre adquieren otra significación, tal vez la más importante para la sociedad, que tiene intereses muy distintos de los de los candidatos y sus partidos. Aunque en el discurso no lo digan, ellos ven y van en busca de algo en estas elecciones mientras que la sociedad ve y va en busca de otra cosa. A la gente no le interesa el número de bancas ni el posicionamiento como a ellos; sí nos interesaría que quienes lleguen, legislen, que tanto hace falta, pero estamos desesperanzados de que eso suceda; de hecho, a ningún candidato se le ha escuchado una plataforma o proyectos que presentaría.

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Entonces, descartado el ideal, nos queda tomar estas elecciones como una renovación de credenciales al oficialismo o el comienzo de un camino hacia otro modelo. Al fin, con algunos matices, es lo único que nos están proponiendo.

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