Llegó el segundo semestre y no se produjeron los milagros anunciados
Y llegó el segundo semestre. Esto no tendría nada de extraordinario si no fuese por la enorme expectativa que generó, frente a la crisis económica que vivimos, la esperanza que el Gobierno transmitió respecto de este período. Fue leit motiv de campaña y se repitió hasta el hartazgo desde el comienzo de la gestión.
Como todo discurso cautivador, pensado para concitar el voto primero y la complacencia luego, tuvo más visos de ilusión que de realidad, o mejor dicho de realismo. Repasando los decires del oficialismo, vemos que otra muletilla remanida es la pesada herencia para describir el pésimo estado en que recibieron el país. Pues justamente, si todo estaba tan mal y no hay dudas al respecto- poner como plazo seis meses para que se advirtiera la mejoría que supondría el cambio fue plantar una vara demasiado alta, si es que realmente creyeron que era posible y no fue solo un ardid proselitista.
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Hoy, habiéndose cumplido los primeros seis meses de gestión, el segundo semestre se transformó en un boomerang que podría afectar la credibilidad del gobierno en general y del presidente Mauricio Macri en particular.
Es que fueron tantas las veces que el Gobierno repitió que durante la segunda mitad del año el país iba a estar mucho mejor que ahora todos estamos esperando que suceda una especie de milagro. No se logró que la inflación bajara ni que la economía creciera como pronosticaban, tampoco las inversiones se multiplicaron de manera exponencial. Estas eran las creencias del Gobierno, quizá un poco infladas para que el ciudadano de a pie mantuviera la expectativa, sobre todo en momentos en que se debían aplicar las políticas más antipáticas, como las adecuaciones de tarifas. Era necesario hacerle ver a la gente tanto el porqué de los aumentos (adjudicándolos a las malas decisiones del gobierno anterior) como también enmarcar esos ajustes en una política económica que, más temprano que tarde, acompasaría ese esfuerzo.
Ya se escuchan los replanteos del Gobierno. El presidente del Banco Central, Federico Sturzenegger, opina que la previsión original de que la inflación bajaría el 25 por ciento anual empezará a suceder recién en abril del año que viene. Reconoce que fueron demasiado optimistas, pero sostiene que van en el buen camino.
Posiblemente los cálculos tan optimistas partían de dos premisas que resultaron falsas: una es que la situación en que encontraron el país era mucho más compleja de lo imaginado, había alguna que otra bomba de tiempo que desactivar y el costo resultó alto. Incluso los números del manoseado Indec kirchnerista indicaba porcentuales falsos respecto del crecimiento, no sólo de la inflación. Así que ya, de entrada, se tejió una hipótesis desde una falacia. La otra es que los empresarios no respondieron como se esperaba y en cambio aceleraron su impulso alcista de precios, con total desaprensión al cambio de Gobierno que se produjo en el país y al clima de negocios que recrea el macrismo para ellos.
Si bien en la microeconomía el Gobierno no logró cumplir con lo prometido, en el plano macro viene muy bien: consiguió el pago a los fondos buitre y con ello la obtención de créditos a tasas razonables para la Nación y las provincias. El problema clave para el macrismo es, claramente la economía doméstica.
¿Si hubiese sido posible, con alguna medida, lograr controlar la inflación para esta fecha? Es muy fácil decir que no con el diario del lunes en la mano. Algunos sostienen que la adecuación de tarifas podría haberse hecho gradualmente y de ese modo evitar duplicar el efecto de estos aumentos sobre la inflación al amortiguar los incrementos de segunda generación, que son los que se registran en los bienes y servicios una vez que sobre ellos recayeron los primeros aumentos. Por ejemplo: si un bar pagaba 2.000 pesos por mes de gas y ahora debe abonar 12.000, es inevitable que tomar un café pase a ser ostensiblemente más caro. Sin embargo, en la óptica del macrismo estaba pasar el mal trago todo junto y lo antes posible: todo junto para acusar el golpe de una vez y lo antes posible para que la sociedad distribuya las culpas también al kirchnerismo y su pesada herencia; más adelante la culpa sería toda del actual gobierno.
Entre una y otra postura, hay una realidad y es que este oficialismo no tiene timing, le falta cintura política, especialmente en lo que refiere a la oportunidad y la forma de comunicación de los anuncios. Dicho en otros términos, no tiene tacto. El sinceramiento de las tarifas fue hecho con desaprensión y desacierto, sin medir consecuencias sociales y sin planificación, desde la frialdad de los requerimientos numéricos y pretendiendo acomodar de un plazo lo desacomodado por años, especialmente en relación con los subsidios. Por eso se vieron luego en la necesidad de comenzar a emparchar, no solo por recuperar la empatía ciudadana sino por la propia inviabilidad de las cifras que arrojaron las facturas de los servicios.
Macri siente que son injustos con su Gobierno, que a solo seis meses le exigen demasiado y no le reconocen lo hecho, por ejemplo, con el pago de sentencias y actualizaciones a jubilados y la ampliación de beneficio de los planes sociales que mantuvo, cuando todos decían que los eliminaría. Pero quien con convicción y fervor provocó estas críticas es el mismo Macri, al haber enarbolado una bandera que no pudo sostener. Al final, lo que se logró -que no es poco- termina opacado por lo que acabó siendo una utopía o una promesa incumplida, según se lo quiera mirar.
Así y todo, su imagen positiva la viene sacando bastante barata. Y en esto han tenido mucho que ver las constantes revelaciones de la corruptela kirchnerista. Temporalmente es imposible asociar el aumento de tarifas al estallido judicial y mediático de causas, aunque algunos se empeñen en decir que fue todo armado para hacer el estrepitoso ajuste. En realidad, el tarifazo fue antes. Y luego se sucedieron los hechos por todos conocidos con López, Pérez Corradi, De Vido, que vinieron de perillas a Macri para su imagen. El clima social naturalmente puso su mirada en los bolsos, las cuentas en Suiza y los desvíos del Fútbol para Todos y, en lugar de hacer números para ver cómo llegar a fin de mes, se puso a sacar cuentas de cuánto dinero se habrán robado del Estado en los últimos 12 años. Cuando se le estaba poniendo difícil por los tarifazos, la aparición de los bolsos con dólares implicó un sedante para el público y surtió más efecto que un discurso explicando en qué situación se encontró el país. Mucha gente comenzó a mirar al kirchnerismo como el responsable de lo que nos sucede.
Llegó el segundo semestre, nada resultó como estaba previsto. En su lugar sucedieron otras cosas, algunas buenas e inesperadas como el pago a los jubilados. Otras malas y supuestas, como el deschave de la corrupción K. La síntesis es que seis meses es muy poco tiempo para plantear metas tan complejas partiendo desde un punto incierto. Fue un error o un ardid, quién sabe, pero dio resultado porque Macri es el presidente.















