Llegó el momento de un gran “mani pulite” en la Argentina
La asunción de un Gobierno que propone cambios en distintas áreas del Estado parece haber liberado los demonios de un país desgarrado por la corrupción, la tarea de los servicios de inteligencia, los carpetazos y la muerte de un fiscal de la Nación, que investigaba el peor atentado que se ha producido en nuestro país, la Amia.
Política, Justicia, la exSide, los servicios de inteligencia de otros países que colaboraban con la UFI Amia, todo se entremezcla en una suerte de entramado donde es muy difícil, a esta altura, saber quién miente y quién dice la verdad. Todo atado a una Justicia Federal que se va amoldando a cada nueva administración a fin de poder seguir traficando favores con el poder político.
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El caso de la muerte del fiscal Alberto Nisman sigue siendo un misterio: ¿suicidio?, como insiste la fiscal Viviana Fein o ¿asesinato?, como ahora cree la jueza Fabiana Palmaghini. Lamentablemente, la causa está atravesada por la política. Mientras gobernaba Cristina Kirchner, por presiones o por intercambiar favores, se apoyaba la teoría del suicidio del fiscal mientras que los querellantes, la exmujer Sandra Arroyo Salgado y sus hijas, reclamaban que se considerara el crimen del alto funcionario judicial. Esto en principio era conveniente al kirchnerismo, que quedó en la mira por esta muerte, ya que el fiscal había denunciado a la presidenta por pretender encubrir a Irán que era la pista que se venía siguiendo a partir de los informes de Inteligencia. Dos días antes de presentarse al Congreso por esta denuncia, aparece muerto en su domicilio. Ahora que el mandatario es Mauricio Macri y resulta que la Justicia se inclina más por la posibilidad de un asesinato. Lo que eventualmente podría convenir al macrismo para terminar de asestar un golpe político moral al grupo ultra K en el Parlamento. ¿Cuál es la verdad? ¿Quién tiene la razón? Posiblemente nunca lo sabremos, sencillamente porque se carece de lo empírico que hace a que algo tan entreverado por intereses se resuelva sobre la base de lo que efectivamente sucedió: todas las pruebas son obsoletas por las desprolijidades con que se manejaron.
Todo se hizo a la criolla; por impericia o con intencionalidad, ingresaron más de 20 personas a pisotear la escena del crimen (el departamento del fiscal), que parecía más una fiesta de cumpleaños que un espacio donde había que trabajar arduamente para encontrar las pruebas necesarias para esclarecer el caso. Todo se hizo mal, se movió el cuerpo, se toquetearon pruebas, funcionarios peor que aficionados, así que nada de lo hecho sirve realmente.
La instrucción de la fiscal Fein parece altamente defectuosa y aquí ingresa un personaje oscuro que, no obstante, ha revivido la causa: Antonio Jaime Stiuso, un exjefe de la Side por casi 40 años y sobre el cual volveremos enseguida.
Mientras aún gobernaba el kirchnerismo, Stiuso hace una breve declaración de cinco minutos, no aporta nada a la causa, firma su declaración y se va a Miami, atemorizado dice- por las acciones que podía encarar el entonces gobierno en su contra. Ya con Macri presidente retorna y declara por 14 horas; dicen que habló hasta por los codos y culpó a un sector cercano al kirchnerismo, como podía ser el grupo Quebracho, pero no aportó pruebas para apoyar su teoría.
Dos versiones y un mismo personaje que, vale la comparación, parece Edgar Hoover, el gran jefe del FBI norteamericano que estuvo en todos los gobiernos. Precisamente porque, en ambos casos, nadie se animaba a tocarlo porque conocía todo sobre cada político, en este caso argentino. Y temiendo carpetazos, ni políticos, ni jueces se animan a molestar a Stiuso. El sabe qué jueces cambiaron sentencias en contra por otras a favor, porque estaban esperando el nombramiento de su hijo en la Justicia en un cargo de cierta relevancia, conoce la corrupción de nuestro país y los personajes que se enriquecieron a costa del Estado, desde las épocas de la dictadura hasta la actualidad, pasando por todos los gobiernos.
Lamentablemente, y este es el telón de fondo, los servicios de inteligencia en la Argentina se han dedicado más al espionaje interno que externo. No pudieron prevenir el levantamiento de La Tablada en épocas de Raúl Alfonsín, ni los atentados a la Embajada de Israel en la Argentina, ni el feroz ataque a la Amia en Buenos Aires en tiempos de Carlos Menem. Tampoco nadie en la exSide intervino cuando de allí salieron los fondos, en épocas de De la Rúa, para pagar sobornos a los legisladores. Sin embargo conocen absolutamente todo de jueces, políticos y legisladores. Quizá por esta razón ninguna de las causas abiertas en su contra por enriquecimiento ilícito o contrabando agravado se mueven de los despachos. Nadie quiere un carpetazo de los exservicios de inteligencia.
Siempre al servicio del poder de turno, en el caso de Stiuso con Cristina, la relación se cortó con ella aun en la presidencia. Y el pato de la boda fue Nisman. Después de haber utilizado de un modo totalmente discrecional la pericia de Stiuso, especialmente para espiar a todos los opositores, Cristina se dio cuenta de que junto con Nisman iban a desobedecer la orden de no seguir la pista iraní en el caso Amia, según se había acordado en el memorándum. Entonces Stiuso es separado de la AFI (exSide), y quien hasta entonces era el más funcional de los empleados pasó a ser, en palabras de su jefe, Oscar Parrilli, un perverso y un mentiroso. Y agregó hace horas quien fue secretario de la Presidencia que a Stiuso hay que cuidarlo para que no le pase lo mismo que a Nisman.
¿Qué induce con este comentario? ¿Que a Nisman lo mataron y lo mismo le sucederá al exagente si sigue hablando?
Stiuso no se quedó quieto y después de declarar en contra de la expresidenta en el caso Nisman, quienes miran el programa Intratables en el Canal América, presenciaron cómo el espía apretó en vivo al exfiscal Luis Moreno Ocampo, dejando a todos en el piso shockeados, así como a los televidentes. Porque el apriete no fue lo importante, fue de poca monta, pero lo que quedó claro es que Jaime (como era su nombre en la exSide) vino para quedarse y quien lo moleste sufrirá el temido carpetazo. Es decir que tiene a jueces federales, políticos y demás figuras del poder, agarrados de donde más les duele.
La realidad es que estamos tocando fondo con tanta maraña de corrupción, acuerdos por debajo de la mesa, tráfico de favores, espías, causas que se cajonean y asuntos que no se investigan.
Quizás el caso Nisman, sobre el que por ahora hay mucho escepticismo respecto de llegar a la verdad, sea la punta del iceberg para que la Argentina revise no sólo la causa de la muerte del fiscal sino también qué pasó y pasa con nuestros servicios de inteligencia, que cuentan con fondos de los que no rinden cuentas y tienen una tarea secreta que excede las vinculadas con el interés nacional. Porque resulta que toda la corrupción que pretendemos descubrir, está allí en las carpetas del servicio, pero junto con dossiers de políticos y jueces.
Todo indica que ha llegado el momento de un gran mani pulite, es decir un destape que permita a la Argentina construir instituciones sobre piso firme y no sobre pies de barro. ¿Una gran Conadep pero de la corrupción?















