“Liber liberat” (del latín, “El libro libera”): una reflexión antes del inicio de clases

Por Norma López Faura
para la Redacción de LA OPINION
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El Palacio de Tribunales de la Ciudad de Buenos Aires, enclavado frente a la Plaza Lavalle, ofrece un espectáculo de aquelarre compuesto por transeúntes, vendedores ambulantes, piqueteros, abogados, periodistas y medios de comunicación que apostados donde pueden esperan la nota con alguno de los tantos personajes políticos y funcionarios involucrados en causas judiciales que, con sus distinguidos letrados, desfilan diariamente por allí.
Al hartazgo de la repetición, se suman constantes, interminables, confusas e irresolubles denuncias, contradenuncias, testimonios, ratificaciones y rectificaciones que culminan por sumir a la ciudadanía en un perplejo descreimiento y en una alarmante ignorancia de los hechos, con escasas posibilidades de acceder a la verdad.
A pocos metros de Tribunales, sobre la calle Libertad, se alza majestuoso un edificio en el que funciona la escuela pública Presidente Roca. Parece un templo con su estilo neogriego, pero es un símbolo de la educación popular, laica y para todos. Se inauguró en 1903 y fue obra del arquitecto italiano Carlos Morra y del escultor Giovani Arduino, que la engalanó con hermosas estatuas y columnas monolíticas de granito gris.
Hay que mirarla muy bien para percatarse que es una escuela y, además, pública. Forma parte de las denominadas escuelas-palacios que se construyeron en Argentina siguiendo el pensamiento sarmientino de 1849, que sostiene que nuestras escuelas deben ser construidas de manera que su espectáculo obrando diariamente sobre el espíritu de los niños, eduque su gusto, su físico y sus inclinaciones. Esa idea es la que explica el monumental edificio de la Escuela Presidente Roca en la Plaza Lavalle. Su construcción no fue un despilfarro ni un derroche de suntuosidad, es un edificio importante porque su propósito es importante y porque la arquitectura, de acuerdo con la teoría de Sarmiento, es una herramienta pedagógica. El edificio transmite valores pedagógicos. Enseña a la sociedad la importancia de la educación y enseña al niño que todos valoramos su formación escolar, por eso las escuelas deben tener los mejores edificios.
Pero hay algo más: en el frontispicio principal del edificio se puede leer, en enormes letras, Liber liberat. La frase traducida del latín significa El libro libera. Casi nadie repara en ella. Me pregunto si alguna vez los magistrados, los funcionarios, los gobernantes, los ministros de Educación, los gremios docentes, los responsables de las paritarias y, en fin, los ciudadanos comunes, han leído, interpretado y comprendido la enormidad de la expresión El libro libera. Pero, ¿de qué nos liberan los libros? Es pertinente la pregunta a escasas horas de dar inicio el nuevo ciclo escolar. El aula es un ámbito privilegiado donde se gesta la relación del niño con el libro, donde se la trunca o estimula, se la degrada o sacraliza.
De una iconmesurable atadura que nos libera el libro es de la ignorancia. Nadie es libre si es ignorante. El pandemoniun de episodios políticos, sociales y judiciales vividos recientemente en el país no necesita estrategas brillantes que aporten soluciones, ni periodistas avezados que interpreten los hechos, tampoco hacen falta colisiones políticas de última hora, secretarías de inteligencia más inteligentes, mensajes twiteros, discursos voluptuosos, destierros ni partidos judiciales. Antes que nada, necesitamos liberarnos, es decir, educarnos. El pueblo educado puede ver otra realidad, aspirar a otra forma de convivir en democracia, comprender los acontecimientos desde una perspectiva autónoma, sin condicionamientos. A un pueblo educado se lo gobierna, no se lo arrea; se lo respeta, no se lo persigue; se lo sirve, no se lo usa. La educación define la calidad de una auténtica democracia representativa integrada por ciudadanos a los que no se los puede engañar, sojuzgar ni manipular porque son personas libres, pensantes y formadas. Esos ciudadanos en crecimiento, mañana comienzan las clases y se les debe una educación de calidad mediatizada por los libros, el único antídoto eficaz frente a tanta violencia, tanto atropello institucional, tanta impunidad y tanta injusticia.











