Leyes que educan
El proyecto de alcohol cero en conductores menores de 21 años consiguió no solo el apoyo unánime de los senadores bonaerenses sino ahora también la media sanción de Diputados. Según prevé una reforma al Código de Tránsito, los jóvenes bajo esa edad deberán manejar sin haber tomado ni una copa de bebida, para no estar en infracción, a diferencia de los mayores que tienen una tolerancia de 0.5 mililitros.
Los legisladores unificaron varias iniciativas que promovían restricciones al manejo y mayores exigencias en relación con el consumo de alcohol en la conducción de vehículos. Había propuestas de llevar tolerancia cero a todas las categorías y en todas las edades. Pero sectores del oficialismo -provincial y nacional- consideraban que no era necesario ese nivel de exigencia porque los accidentes producto de manejar alcoholizado eran en mayor medida protagonizado por jóvenes. Como lo vemos en Pergamino, sucede en toda la provincia. Tiene que ver con una realidad, tristemente inexorable: la mayoría de los jóvenes cuando sale de noche, bebe como parte de la diversión. En cambio los mayores le dan a la bebida alcohólica un uso y un espacio más ajustado a la lógica; esto es la sed, el disfrute, el acompañamiento de las comidas. Por tanto, un consumo tolerable a los efectos de una conducción responsable. Hay excepciones, como en todo, pero en términos generales es así.
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Sobre la base de esta premisa consensuaron una ley que ya comenzará a aplicarse donde la pipeta deberá marcar 0 para los menores de 21 años y para quienes son principiantes, o sea aquellos que recién obtienen el carnet a los 17 años, durante los dos primeros años de uso. Una contradicción, porque estos usuarios de licencias provisionales y limitadas antes de los 18 años, en teoría no pueden tener acceso al alcohol, pero en los hechos sabemos que no es así.
La reforma prevé para los infractores multas de hasta 86 mil pesos (veremos ahora cómo se llega a esa cifra); inhabilitación para conducir por un plazo determinado o quita de licencia; arresto (en los casos de reincidencia o resistencia a realizar la prueba) y también la concurrencia a cursos especiales de educación vial. El incumplimiento de esta última penalidad -dice la normativa- triplica el valor de la multa. Otra novedad que introduce el proyecto es el agravamiento de la condena, según el porcentaje etílico detectado al infractor. Antes era: hasta 0,5; sin multa; más de ese nivel, una sanción que podía llegar hasta los 43 mil pesos. Ahora, los legisladores proponen una escala que agrava la multa mínima. Si se detecta hasta 500 ml de alcohol, el juez podrá aplicar hasta un 25 por ciento más (entre 16.125 pesos y 43.750); si encuentran entre 501 ml y 1.000 de alcohol, le puede sumar el 50 por ciento (o sea que podría ser hasta 64.500 pesos) y si en la ingesta queda más de 1001 ml de alcohol en sangre el agravante hasta duplica la pena mínima y lo puede llevar a 86.000 pesos. En fin que si no lo hacen por responsabilidad, aunque sea háganlo porque la multa es tremenda que se les puede aplicar, parece el mensaje a simple vista de esta nueva norma.
Los importes de las multas son muy significativos, pero en este caso podremos coincidir en que el fin no es meramente recaudatorio. En realidad si vamos al fondo de lo que persigue el proyecto es claramente educador. Con penalidades que apuntan allí donde más nos duele a los argentinos, el bolsillo, el Estado intenta enseñar a los jóvenes conductores lo que no aprendieron en el seno familiar o no les dicta la conciencia. También es una manera de que los padres estén detrás de lo que hace su hijo por las noches, ya sea para controlar que no beba o bien para prohibirle el uso del auto si va a hacerlo. Porque a estas edades, quienes finalmente pagan son los padres. Así que si hasta ahora se despedían de sus hijos a la noche y los volvían a ver a la mañana sin más, es muy probable que a partir de esta normativa haya un involucramiento mayor en las actividades de los hijos, y eso es una buena noticia. Será a fuerza del temor y no por responsabilidad parental genuina, pero será.
Estas leyes que en principio suenan tan rigurosas han demostrado lograr cambios de conducta saludables, lógicos pero impensados en nuestra sociedad. Ya con los controles que hasta ahora se realizan, con un margen de tolerancia, se puede apreciar que ha cambiado la conciencia respecto de no tomar alcohol si se va a manejar, como sucede en muchos países del mundo que han ido reduciendo drásticamente los accidentes. Es común que en salidas de adultos se trasladen en un solo auto con un conductor que no bebe, o se recurra al remis. También, para complicar la economía de los restaurantes, es cada vez más frecuente ver mesas donde no hay una botella de vino. Y hay otro asunto en que se legisló de manera rigurosa y el resultado es notorio: el cigarrillo. Una década atrás era de lo más normal que bares y restaurantes tuvieran nubes de humo en sus ambientes. La postal de café y tabaco, o de una extendida sobremesa de charla, con ceniceros llenos desapareció por completo, a pesar de que en un principio se dudó de la efectividad de su cumplimiento. ¿Quién iba a decir 20 años atrás que después de comer no se podría fumar en un restaurante o que habría que pasar toda la madrugada en el boliche sin un pucho? Finalmente, los fumadores se adaptaron y hoy en día es inadmisible para cualquiera (fume o no) encienda un cigarrillo en un local cerrado. Y este cambio de conducta, que además de promover salud constituyó un aprendizaje de respeto al uso del espacio común, se logró sobre la base de una ley taxativa, extrema.
Al fin, todos sabemos lo que está bien y lo que está mal; lo que es peligroso y lo que es seguro; lo que beneficia a la salud y lo que la perjudica, pero solos, evidentemente, no sabemos accionar en el sentido que corresponde. Somos hijos del rigor, por eso este tipo de leyes, contundentes y con castigos ejemplares, terminan siendo educadoras.












