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Las madres de octubre

18 de octubre de 2015 a las 12:00 a. m.
Las madres de octubre
'' La pluma de Edna Pozzi para evocar a las madres. (ARCHIVO)

Hay madres del dolor y madres de luz, madres militantes, madres que trabajan y madres que abandonaron a sus hijos. Hay madres de la revolución y madres poetas y madres bailarinas, hay madres enérgicas que soportaron el dolor de los viajes de inmigrantes. También hay madres que dijeron adiós cuando apenas habían tocado la frente del hijo y madres encarceladas y madres de la dictadura. Y madres con un dolor de siglos acunando el cuerpo muerto de su hijo. Hay madres del satén y la rosa y madres de agua lavandina, hay madres que responden a un oscuro mandato de Dios, el evangelio del sacrificio y la superación de su naturaleza terrenal, naciendo a través de los siglos con la letra más segura del alfabeto. 

Tengo presente a la madre que se levanta al alba para salir a trabajar en bicicleta o en motoneta, sonrientes y bellas, sonriendo a pesar de todo… a pesar de todo. Son las que me han asombrado a través de los años, no porque fueran trabajos indignos, sino porque representan la libertad y en ocasiones sufren al ser mordidas por la opinión pública “otra quimera”. Y los chicos nacen en las buenas y en las malas, los chicos para los que ellas enarbolan una bandera de madrugadas rotas para hacer flamear en un país de ensueño que nunca llega. Que se esconde en los bosques, en las oficinas públicas y en los centros del saber. 

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Los gringos que me criaron preservaron mi vida para la faena de la escritura y entonces aprendí que hay otra manera de estar en el universo del otro y era volar junto a ellos, hacerme carne con ese amor maternal que estalla de ternura y de comprensión. No en vano mi abuela crió catorce hijos y nietos y dijo un día: “Mientras habla la madre, todos escuchan”.

Vengo oyendo a través de los años y tratando de escuchar la canción entrañable, madres que son la historia del poema como yo quise hacerlo y no pude. Esa patria del poema que, en muy contadas ocasiones, llegó hasta la puerta de mi desolación.

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Hay madres que son un puñado de resplandores que uno descubre en un seto de amapolas o bajando triunfales las vanaglorias de la luz más intensa. Esa madre de uno sorprende usando sombreros tan especiales como las Cataratas del  Iguazú, algo líquido y soleado. Hay madres que “no pasaron de largo” ante el sufrimiento o la amenaza de las fuerzas oscuras. Madres que se han muerto sobre un jazmín porque  siempre les gustaron las flores del Cabo, no hubo sitio para ellas, no hubo recompensa, ni alborozo, ni abundancia de afectos. Madres que se quedaron solas, de las cuales ya nadie habla, y los chicos crecieron y a veces se acuerdan de que una mano temblorosa se mueve al final de una calle de tierra.

Hay una madre que en los días que corren se encuentra sitiada por la violencia y una tras otra van pagando quién sabe qué errores de los otros, madres que fueron mujeres que ya avizoraban, desde el nacimiento, el fin espantoso de un cuchillo o de una bala. ¿Existe en el mundo una oración para ellas que no sea o mejor dicho, que no se trate del martirio y la agonía? No existe, porque nuestra capacidad de piedad nos ha convertido en un discurso reseco para explicar lo inexplicable.

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Todos los días son días de la madre, llevan el mismo entrañable y doloroso afecto que va directo a los corazones, todos los días hay que respirar la secreta travesía de las rosas de octubre, todos los días hay que amarrar con mano firme las sogas de una deshilachada primavera. Todos los días son como el día de la madre y alguien dice en un país neblinoso ¡soy la madre señor, no soy cualquier cosa, ni tampoco un alarido sin sentido!

Todos los días en el retrato y la canción que no existe, la madre hace verdad el mundo opresivo, esperando la última respuesta y por eso no está ni bien ni mal que la madre reciba flores ostentosas y música.

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Esa es la madre y para referirme a ella yo trato, inútilmente, de que se entienda que su pérdida es terrible y por eso sonrío con esfuerzo, pero sonrío, mientras el respeto por las madres y la ternura  que tengo por ellas se convierta en la mejor línea que he escrito en su homenaje.

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