Las implicancias de cualquier ajuste que pretenda comenzar por la ciencia
El resultado de las Paso ha puesto el escenario electoral de cara a octubre patas para arriba y obligado al conjunto de las fuerzas políticas a reubicarse. Este reordenamiento no termina de cristalizarse, pero comienzan a escucharse discursos y propuestas que indican no sólo cuál es el tono que adoptará la campaña electoral, sino algunas de las políticas que impulsarán los candidatos a partir del 10 de diciembre si resultan ganadores.
Uno de los aspectos que más inquieta en el contexto de los esbozos que se muestran ante la opinión pública de lo que podrían ser los programas de Gobierno es el vinculado a la política nacional en materia de ciencia y tecnología. Nadie discute que la magnitud del Estado es enorme y que se ha transformado en un gigante al que cuesta mucho alimentar. Esto hace necesario implementar reformas profundas, pero cualquier anuncio que vaya en la línea de recortar presupuestos en el terreno del desarrollo científico, resulta por lo menos un retroceso con consecuencias conocidas.
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La "motosierra" que amenaza con implementar el candidato libertario y sus declaraciones públicas respecto de su intención de cerrar el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) por entender que el organismo tiene más empleados que la Nasa, encendió luces de alarma porque ningún avance científico puede mensurarse sólo tomando variables económicas.
Argentina ya vivió el tiempo en que a los científicos se los mandaba a "lavar los platos" y también experimentó los recortes en ciencia y tecnología cada vez que la impericia de la política desencadenó en severas crisis económicas que exigieron feroces ajustes. Este país ya vio como sus científicos emigraban por falta de oportunidades.
Hace unos días una masiva convocatoria en defensa de la ciencia argentina puso de manifiesto lo que esta propuesta electoral genera en el ámbito científico. Y aunque es cierto que desde el Gobierno nacional se intentó politizar la cuestión tiñendo el "abrazo simbólico al Conicet" con expresiones militantes, el espíritu de la movida fue legítimo porque el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas concentra buena parte de los profesionales que hacen ciencia en el país con un concepto ideológicamente plural y convoca a los investigadores más prestigiosos en distintas áreas disciplinares, muchos de ellos reconocidos internacionalmente precisamente por la calidad de su formación y la pertinencia de sus investigaciones . La soberanía en términos de conocimiento tiene en esta institución uno de sus pilares y eso se ve amenazado en el discurso político que parece imponerse en este tiempo.
Es cierto que los avances científicos son la resultante de procesos casi siempre silenciosos y que estas cuestiones se ganan la tapa de los diarios solo cuando se producen hallazgos novedosos. Pero la tarea es cotidiana y requiere de un fuerte sostén institucional para mantenerse en el tiempo. Muchos de los logros son a primera vista intangibles, pero están ahí, transformados en realidad y entrelazados con una innumerable cantidad de instituciones y empresas producto de la sinergia que la ciencia tiene con otros estamentos de las propias comunidades.
Nunca como hoy lo que suceda con el Conicet será un tema cercano a esta geografía. La comunidad de la región está llamada a estar atenta porque lo que ocurra con la política científica y tecnológica en el país impactará local y regionalmente. La existencia de la universidad pública en el territorio y el funcionamiento desde hace varios años de un centro de investigación de triple dependencia en el que confluyen investigadores de distintas disciplinas, hará que las medidas que se tomen a escala nacional, tengan necesariamente consecuencias cercanas. Son muchos los investigadores que se han radicado en la ciudad a partir de la creación del Centro de Investigación y Transferencia del Noroeste Bonaerense (Citnoba), una estructura funcional de dependencia compartida entre la Unnoba, la Universidad Nacional de San Antonio de Areco y el Conicet, que está dando sus primeros pasos, pero reúne a profesionales cuya agenda de trabajo en el campo de la investigación está asociada directamente a problemáticas locales o de impacto regional.
Más allá de este espacio particular, la ciudad tiene una larga tradición en materia científica y conoce del valor de la ciencia. La presencia del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, donde también trabajan investigadores y becarios del Conicet; el Instituto Nacional de Enfermedades Virales Humanas "Doctor Julio Maiztegui" donde se desarrolla una actividad científica reconocida mundialmente por su trascendencia en el campo de la salud; y más recientemente la Unnoba con el Citnoba, son apenas algunos de los ejemplos que muestran como la política científica y tecnológica del país se instala en los territorios y los transforma. Ningún discurso electoral debiera poner en jaque la continuidad de sus acciones, legitimadas además socialmente.
Lejos de la efervescencia de los discursos, de las frases grandilocuentes que se instalan y generan debate, tal vez llegó el tiempo de establecer acuerdos, y consensuar qué se está dispuesto a hacer bajo el argumento de "achicar el Estado". Son lo suficientemente grandes las estructuras de la política como para tener que comenzar por la salud, la educación o la ciencia, porque precisamente sobre la base de ellas se edifica el desarrollo y la posibilidad cierta de un futuro con soberanía. Tal vez es tiempo de instalar nuevamente en la conciencia colectiva la frase del premio nobel Bernardo Houssay, curiosamente fundador del Conicet, que decía: "La ciencia no es cara, cara es la ignorancia" y transformarla en una consigna.













