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Las encuestas, cada vez más falibles

04 de agosto de 2023 a las 12:00 a. m.

Los teléfonos celulares de muchos chaqueños reciben estos días, a cualquier hora, llamadas de números que no se pueden identificar. Se trata, en la gran mayoría de los casos, de encuestas que intentan reflejar el estado de ánimo y las preferencias del electorado en un momento determinado. Es una foto, algunas veces borrosa y en otras ocasiones más nítida, que sirve para indagar sobre el humor social y medir el grado de aceptación o rechazo hacia uno u otro candidato. Son, por cierto, una herramienta muy útil en un contexto electoral. Pero no son infalibles.

En las últimas elecciones celebradas en la capital de Córdoba y la provincia de Santa Fe, todas las encuestas estuvieron muy lejos de dar en el blanco. En el primer caso, los sondeos daban como seguro ganador al candidato de Juntos por el Cambio, Rodrigo de Loredo, con una holgada ventaja de siete puntos de diferencia por encima de su competidor, Daniel Passerini, de Hacemos Unidos por Córdoba. Fue exactamente al revés. Se impuso Passerini, curiosamente, con ese mismo porcentaje. En Santa Fe, en tanto, los sondeos previos anunciaban una elección muy pareja entre Carolina Losada y Maximiliano Pullaro, en las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias de Juntos por el Cambio. Pero los resultados definitivos confirmaron una amplia diferencia a favor del exministro de Seguridad santafesino. No es la primera vez que las encuestas patean fuera del arco -si se nos permite el término futbolístico-. Tampoco será la última. Es que el oficio de escudriñar la mente de los electores se ha vuelto, con el paso de los años, cada vez más difícil. Al parecer, lo que está sucediendo es que quienes contestan con entusiasmo y dicen claramente a qué candidato apoyan, tanto en los sondeos telefónicos como en las encuestas en el territorio, es decir cara a cara con los encuestados, son -en la mayoría de los casos- personas que ya tienen definido su voto, ya sea por adhesión a un partido o por rechazo a ciertas figuras de la política. Esa gran porción del electorado, que se podría definir como "independiente", se esfuerza por mantener su intención de voto lejos del radar de los encuestadores. Es un fenómeno que está presente en muchas democracias. Basta mirar con lo que ocurrió en las recientes elecciones celebradas en España donde ninguna encuesta predijo lo que finalmente sucedió. ¿Esto significa que son herramientas que ya no se deben utilizar? De ninguna manera. Más allá de los aciertos y errores, en una sociedad democrática las encuestas son un elemento clave para diseñar mejores estrategias de campaña, conocer el posicionamiento de los diferentes actores del proceso electoral y definir candidatos, entre otras cosas. Hay que tener en cuenta que el encuestado puede no decir la verdad o, directamente, responder a una pregunta que no comprendió bien. Es por eso que los sondeos más serios tienen detrás un arduo trabajo para definir cómo se tomará la muestra, el nivel de confianza de la misma, además de asegurar un buen entrenamiento de los encuestadores, entre otras medidas que se deben adoptar para reducir el margen de error.

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Por otra parte, los responsables de diseñar las encuestas enfrentan el desafío de saber detectar y abordar a un elector que, gracias a las nuevas tecnologías, cada vez recibe más información a través de medios tradicionales y de redes sociales. Para el consultor español, Antoni Gutiérrez Rubí, una encuesta no es otra cosa que una fotografía de un momento determinado, por eso debe ser interpretada no en forma aislada, sino en un contexto. Dicho de otra manera, hay que ver la película y no solo el fotograma. Sobre este asunto, el especialista observa que es fundamental que se preste especial atención a las señales que pueden anticipar cambios en las preferencias y en la intención de voto. En algunas circunstancias un candidato puede tener gran aceptación del electorado hasta que sucede algo imprevisto que hace cambiar la percepción de los electores sobre esa figura política. De todos modos, hay que decir que la mejor encuesta es la presencial, siempre y cuando esté acompañada de elementos de control suficientes y confiables. Esta modalidad, afirman los que saben, puede aproximarse más a la realidad del electorado que las encuestas automáticas que hace un programa informático llamando por teléfono a los votantes. Pero tanto unas como otras pueden equivocarse con sus predicciones.

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