La sumisión y el corporativismo ganaron la contienda política
Apesar del trabajo de las consultoras profesionalizadas en sondear qué piensan los argentinos sobre tal o cual tema o dirigente político a través de encuestas con alto rigor metodológico, o bien intentar estimar el resultado de una elección, prácticamente nadie pudo anticipar lo que ocurrió en las Paso. Ni siquiera los máximos referentes del frente gobernante, entre ellos el presidente, la vicepresidente y el gobernador de la provincia de Buenos Aires, pudieron anticipar el temporal: mansamente e ilusionados con el triunfo se concentraron en el bunker para seguir el avance del escrutinio y cuando asomaron los datos de las urnas comenzó la pesadilla. El oficialismo sufrió un golpe que lo tiró a la lona y lo dejó inmerso en una crisis que no pudo contenerse a nivel interno sino que trascendió institucionalmente: la Argentina se quedó sin gobierno durante una semana por una disputa entre la vicepresidenta y el presidente que terminó resolviéndose, claramente, a favor de la primera.
El conflicto de poder por la falta de acuerdo sobre la fecha y la profundidad de los cambios en el equipo ministerial de la Nación, una jugada que debía hacerse en forma inmediata según la vicepresidenta mientras que el jefe de Estado buscaba postergar hasta las elecciones de noviembre, paralizó peligrosamente al "Estado presente", una figura discursiva favorita. Ese Estado que según sus dirigentes del momento dice estar presente tiene un país sumergido en la pobreza y la indigencia sin una hoja de ruta con dirección hacia una sociedad más justa e igualitaria que sea fruto de un modelo de desarrollo y crecimiento inclusivo.
Las mas leidas de Opinión
Inteligencia Artificial: el reto que enfrenta la humanidad
Estar educados para el nuevo mundo de las finanzas
La crisis social que subyace a las decisiones del poder
La naturalización de la pobreza en los actos de gobierno
Salir de la intolerancia, la trampa de este vertiginoso Siglo XXI
Las miserias de la política emergieron sin maquillaje con cartas públicas, mensajes en Twitter o audios que se viralizan con calificaciones inaceptables para lo que representa el cargo del presidente. "Mequetrefe, enfermo, ocupa" son calificativos que se quedarán en la escena pública durante un tiempo para contextualizar cada decisión (o indecisión) del actual jefe de Estado, vaciado de poder, cuestionado en términos absolutos, con una palabra desautorizada y sin credibilidad alguna.
La puesta en escena del presidente en La Rioja el sábado de la semana pasada, junto a un puñado de gobernadores, fue necesaria para reconstituir un mínimo de capital político por parte de la más alta magistratura de la Nación. Había que hacerlo porque nadie a esa altura, una semana después de los estrepitosos resultados, tenía en claro cómo salir a hablar en público sin hacer referencia a la encarnizada pelea de los días previos. A propósito, fue una disputa desigual en la que la vicepresidenta se encargó de golpear y el presidente, exclusivamente, de soportar esa presión hasta que finalmente cedió. Fue una rendición sin condiciones de una persona tan agobiada como atormentada, sin poder de decisión, sin estructura política para resistir.
Uno de los tantísimos interrogantes fue qué diría Alberto Fernández al tomarles juramento a los nuevos ministros que desde esta semana lo acompañan en la misión de revertir el resultado electoral o al menos buscar una derrota honrosa. Qué diría en la apertura de esa ceremonia en el Salón Blanco de Casa Rosada sobre lo que sucedió la semana pasada, sobre las decisiones que tomó o más precisamente tomaron por él. Tal vez admitir con que "esto es lo que quería Cristina" sería, sinceramente -el concepto de moda en el universo K, lo más acertado en lugar de forzar aún más un poco creíble y ya exprimido relato.
La incorporación de viejos lobos de la política, muy cuestionados por acciones y declaraciones pasadas, es un intento por revivir la gestión y achicar la derrota electoral. Pero la cicatriz de esta alocada última semana será imborrable, y a través de ella hemos descubierto lo peor de la política y de los políticos, que venden su alma por un poco poder.
El costo político es el ganador en la derrota del Frente de Todos. Con un presidente sumiso, desautorizado y atacado por sus pares. Con Cristina Fernández, acorralándolo. Lo que el kirchnerismo y La Cámpora dicen y hacen contra Alberto Fernández es agresión psicológica. ¿Tanto dominio tiene de sí mismo como para no estallar? ¿Qué hay detrás del acuerdo con Cristina para ser un obediente cansino? La vicepresidenta le pide a Alberto que honre el puesto que ella le dio. Por fin, la concentración de poder de quién manda se manifiesta nítidamente.
Prepárese la oposición porque se avecina un fuerte ataque frontal del Frente de Todos, con mucho gasto en propaganda y dinero para conseguir votos. La mejor defensa de la oposición sería ejecutar una estrategia indirecta: tener paciencia, no confrontar, no chicanear, presentar soluciones. Juntos tampoco tiene una estrategia ni planes para construir. ¿Qué piensan hacer si fueran nuevamente gobierno? ¿Improvisar? ¿Hacer un ajuste cruel? ¿Ir por la derecha en vez de adoptar el progresismo para lograr justicia social y mejor distribución de la riqueza? Podría ser el momento de convocar a un gran acuerdo político para debatir y consensuar, desde ya, principales temas que definan el proyecto de una Argentina mejor.
El desorden en estampida, las críticas, los reproches que se observaron en el gobierno nacional después de la derrota, con innumerables voces disonantes de fieles que demandan, demuestran la desesperación por sobrevivir, cargando el peso de la culpa en el presidente. Lo que se vio en las Paso se repetirá, como un "deja vu", en noviembre. El electorado cambió. Los signos evidentes, como hechos irrefutables, significan rechazo. Una elección con resultados antes impensados, con muchos votos negados al Frente de Todos en la clase media baja, entre los jubilados, jóvenes sin trabajo, pequeños comerciantes y personas en la pobreza que, aun recibiendo planes sociales y otras ayudas económicas, confirmaron que el dinero no todo lo puede comprar.












